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León

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Opinión | boquerini

Nunca se había visto en otra. Risto Mejide frente a las activistas de Femen, las mujeres que protestan con los pechos desnudos y que tanto dan que hablar con sus acciones reivindicativas. El martes quien estuvo En la caja (Cuatro) fue el propio Risto, que reflexionaba en voz alta cómo había sido su encuentro: «No comparto la letra pero comparto la música de Femen, que es la de la desobediencia civil», decía como colofón. Un encuentro áspero, Mejide con la cargante superioridad del escéptico que lo sabe todo, que les soltó en cuanto pudo que había sido novio de una actriz porno, y las feministas que se pintan sus consignas en el cuerpo, con una mezcla de ingenuidad y radicalidad poco convincente mostrando una jerarquía, entrenamiento cuasi militar, completamente intransigentes.

El cuadro resultó antipático por ambos lados y, claro, la audiencia se fue en busca de mejores ofertas, quedándose en un ridículo 5,2% de cuota de pantalla. Mal comienzo. Esta mirada de En la caja a Femen tuvo algo de documental y algo de descubrimiento. Él intentaba averiguar cómo se organiza un grupo de media docena de chicas para, con un presupuesto de 300 euros, ser capaces de organizar una acción de protesta tan espectacular como aquella de la tribuna del Congreso, cuando interrumpieron la sesión gritando contra el proyecto de ley del aborto. Tuvo una visibilidad enorme en todos los medios. Y ellas le intentaban explicar quiénes son, en qué consisten sus principios y de dónde nace esta forma de protesta. Quedaron en tablas. Pero hubo una evolución de Risto a lo largo del programa. El inicio fue tenso. Risto se enfrenta a Lara, la líder de Femen en España. «No te habla, te adoctrina. Si no has entendido eso, te trata de imbécil», decía. Pero conforme va conociendo al grupo, va dejando de lado sus prejuicios. Lo mejor fue cuando Mejide acompaña a las activistas a un mercadillo a comprar unas bagatelas, y él, todo caballerosidad, machismo, o con lástima por los pobres presupuestos de ellas, vaya usted a saber, acaba pagándoles los 10 euros que costaba lo que querían. ¡Qué momento! El borde de Risto convertido en un pedazo de pan con corazón. Eso sí que resultó entrañable.

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