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León

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Crítica de televisión mikel labastida

Por qué tiene que morir la gente?, se plantea una cliente de la funeraria Fisher. «Para hacer la vida importante. Ninguno de nosotros sabe cuánto va a vivir. Por eso tenemos que hacer que cada día importe», le responde Nate Fisher, uno de los dueños del negocio. La conversación se produce en un lugar en el que la muerte se cuela cada día y se sienta a la mesa de los que allí habitan. Y se tumba en sus camas, y merodea por los pasillos, y aguarda paciente recostada en su sofá. Y provoca lágrimas, desata lamentos encendidos y justifica actos motivados por el nerviosismo. A los Fisher, la familia que regenta la funeraria, más que la muerte les inquieta la vida. Porque vida y muerte, aunque sean términos antagónicos, siempre caminan de la mano. Uno conduce al otro.

Hace trece años la cadena americana HBO estrenaba la serie que hasta el momento mejor se ha acercado a la muerte. Y también a la vida. En A dos metros bajo tierra todo está teñido de luto desde el primer momento, pero no asfixia. Cada capítulo comienza con un fallecimiento inesperado.

Casi todos lo son. El primero será el del patriarca del clan, en un accidente de tráfico que va a trastocar a cada uno de sus familiares: a su esposa la liberará, al hijo mayor le va a obligar a convertirse en pródigo, al segundo a enfrentarse a quién es en realidad, y a la más pequeña a empezar a escoger caminos por los que perderse. Sus vidas vuelven a comenzar tras una muerte. Como la de todos los desconocidos que tocan a la puerta de su hogar para enterrar a un ser querido y para intentar seguir viviendo con ello. Hablamos de la muerte, nos enfrentamos a ella y en ocasiones (como este fin de semana) la recordamos y celebramos. Pero nadie nos enseña a asimilarla, a convivir con ella, ni a tratarla con naturalidad. ‘A dos metros bajo tierra’ se ocupó de quitar trascendencia a este acontecimiento y a dársela a otros que a veces nos pasan más inadvertidos. A los pequeños gestos, a las palabras que no decimos, a los silencios que no valoramos. A dos metros bajo tierra duró cinco años, suficientes como para dejar un poso irremplazable entre todos aquellos que la vimos y la vivimos. El tiempo, además, pasa bien muy por ella. Cualquier excusa es buena para recomendarla. Incluso para obligarla.

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