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RAFAEL SARAVIA
León

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T ras los atentados terroristas perpetrados estos días en Francia, contra el semanario Charlie Hebdo, uno retoma la dolencia que se va vivificando en este siglo XXI de los fundamentalismos atroces. Hablaba el gran pensador Alba Rico de una nomenclatura más acorde con la realidad. Y más por miedo a lo que pueda pasar que a clarificar, nos introducía el término fascismo como ideología que acrecienta esta clase de ataques terroristas. Y efectivamente así es. Sin duda estamos ante una realidad fascista que se retroalimenta con la efusividad de los contrarios. El odio a lo islámico que fomentan los fascistas de la ultraderecha europea es el caldo de cultivo para los fascistas yihadistas.

Un atentado así no tiene nunca explicación posible. Cualquier razonamiento que se quiera hacer está fuera de la comprensión cívica. Sabemos que el yihadismo fascista, ese que tiene homólogos en todas las religiones por ser fundamentalismo radical que coarta libertades, jamás atenderá a los derechos de mujeres y hombres plurales que piensen diferente. Pero es más una cuestión de radicalidad que de religión.

En España se nos rasgan las vestiduras por este atroz atentado contra la libertad de expresión. Pero no somos conscientes que de alguna manera, la libertad de expresión tiene fronteras tan difusas y amplias que el miedo campa hasta en países que se consideran paradigma de la libertad. Nuestro caso es claro y peligroso también. Tenemos la vergonzosa sentencia a Javier Krahe por quemar un crucifijo, tenemos imputado a Facu Díaz por un sketch cómico en La Tuerka, tenemos la recientemente aprobada Ley Mordaza y tantos casos más que atestiguan la debilidad de la libertad de expresión en España.

Esto no hace comparable el daño que supone asesinar a 16 ciudadanos en el ataque a Charlie Hebdo, pero sí nos hace reflexionar hasta donde estamos dispuestos a aguantar el extremismo que ahoga la libertad humana.

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En Francia, país como ningún otro en Europa en cuanto a convivencia de musulmanes con laicos y otras religiones, este atentado fascista del yihadismo radical (sé que es redundante, pero nunca sobra el énfasis en estos casos) hace que grupos fascistas de la derecha política gala se froten las manos para intentar corroborar, de manera peregrina, sus fatales y banales argumentos en torno a inmigración, religión y raza. No seré yo quien defienda a ultranza el Islam. Creo que la mayoría de las religiones –incluida la Católica- adolecen de modernización en sus lecturas y actualización en los derechos fundamentales de los seres humanos. Pero sí que creo que es importante diferenciar Islamismo y Yihadismo. La mayoría de la comunidad islámica ha condenado estos atentados, y es de recibo respetar ideologías y no mezclar términos. Decía Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo». Por ello, «yo sí que soy Charlie». Creo imprescindible ante estos hechos brutales, no generar más alimento para el fascismo. El Islam no tiene la culpa de lo que generan sus radicales.