Diario de León

Un paseo por los siglos

■ La Biblioteca Nacional atesora más de 33 millones de objetos. Es uno de los lugares de conocimiento más importantes del mundo
■ La institución renueva sus sistemas de conservación y seguridad con las técnicas más avanzadas en detección de fuegos y siniestros
■ El Beato leonés de Fernando I y Sancha es uno de los 25 tesoros que alberga

Teresa Mezquita, directora del Departamento de Manuscritos, muestra una de las espléndidas ilustraciones del Beato de Fernando I y Sancha, que perteneció a San Isidoro y hoy está en la Biblioteca Nacional.

Teresa Mezquita, directora del Departamento de Manuscritos, muestra una de las espléndidas ilustraciones del Beato de Fernando I y Sancha, que perteneció a San Isidoro y hoy está en la Biblioteca Nacional.

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PACHO RODRÍGUEZ | MADRID
León

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Un silencio que abraza. O el calor del sosiego. Como en cualquier biblioteca del mundo. Pero esta es la Biblioteca Nacional de España. Un lugar por descubrir y para descubrir, pasen los siglos que pasen, en toda la extensión de la palabra. O como pasa ahora, por ejemplo, que se estrena en Madrid un triángulo amoroso de Lope de Vega, titulado Mujeres y criados, en pleno 2015, que, cuentan las noticias, precisamente encontró un investigador de Barcelona en esta institución cultural de máximo nivel y prestigio internacional. Allí reposa también el conocido como Beato de Facundo, por el nombre del copista, o Beato de Fernando I y Doña Sancha, aunque lo de reposo habría que interpretarlo como una custodia activa en la que se garantiza al máximo es su conservación.

Los que hacen de esta historia mayúscula algo útil son los profesionales que velan por el capital cultural de este centro bibliográfico de referencia situado al lado de la plaza de Colón de la capital y que, si por su aspecto externo es una imponente propuesta, por lo que lleva dentro es, sin exagerar, la historia escrita de la Humanidad. Un lugar de entendimiento en donde los expertos que allí trabajan reciben a Diario de León con disposición y profesionalidad, y destilan pasión y respeto, y un rigurosísimo cuidado que sorprende al visitante profano en la materia, que ya desde que entra en esas salas históricas, sólo para acceso a profesionales e investigadores acreditados, se sorprende por un orden que no es excepción sino algo cotidiano. Por eso, pasear o escuchar, con el Beato leonés como telón de fondo, es un pretexto para asistir a un monumento humanista que construyen cada día quienes allí trabajan.

El Beato de Facundo es un buen ejemplo, ya que se trata de una de las referencias que figuran entre las de más de valor de la Biblioteca Nacional, y por ello recibe un tratamiento y cuidado, extensible a un seguimiento constante, que hace que su pervivencia esté asegurado en términos de excelencia. Sólo con decir que es una de las 25 obras más valiosas que hay en la Biblioteca Nacional, según los expertos, es corroborar lo trascendente de su presencia.

Junto al valor, que no hay ni que presuponer en un conjunto que se calcula de 33 millones de objetos contenidos y catalogados en la Biblioteca Nacional, se impone el que aporta lo humano. Por eso, que en una visita estén presentes como guías: Teresa Mezquita, directora del Departamento de Manuscritos, Incunables y Raros; Arsenio Sánchez, del equipo de restauradores de la Biblioteca Nacional, y Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales de 2013; y Fuensanta Salvador López, directora del Departamento de Preservación y Conservación, es un lujo y una descarga de sabiduría comprometida en lo que hacen. Y junto a ellos, en una mesa, descansa el Beato de Facundo. Ellos son una representación de excepción de los hombres y mujeres que susurran a los libros en todas sus acepciones para asegurar todo un legado histórico y cultural.

Escribir sólo a lápiz

Más allá del proceso técnico, absolutamente pautado, tanto en la conservación, restauración, clasificación e investigación, que uno se imagina más compartido entre compañeros no sólo de este centro de referencia, se impone el saber cómo es el día a día, tanto del que está como el del que entra. «En la sala sólo se permite escribir a lápiz», dice al poco de llegar Teresa Mezquita. Y esa sala es la Cervantes, donde se ve a investigadores en un silencio que domina la jornada, y en la que en las mesas los estudiosos tienen su ordenador a un lado, sus apuntes, y alguno de los ejemplares únicos de la biblioteca, que han solicitado para su consulta. Ahí quietos, aunque parezca mentira, en cualquier momento puede que hallen alguno de esos datos que hacen que la historia y el conocimiento avancen. Todo tiene su miga, aunque también hay que dejar paso a facilitar que no sea un coto cerrado: «Un historiador o un periodista, cualquiera que tenga el carné de investigador puede entrar en el fondo de, por ejemplo, cómo llegó el Beato a León. En este caso, por su valor, es de una protección extra. Sólo se puede consultar con un permiso especial. También ten en cuenta que está todo digitalizado en Internet. O sea, que es útil hacerlo in situ sólo para gente muy especializada», remarca Mezquita. De esta manera, el investigador que toma un manuscrito tiene que justificar por qué quiere consultar el original. «Todos estos requisitos no quieren decir que no tengamos una política abierta en la materia, pero es que es muy importante lo que hay. Y, por otra parte, hablamos de sentido común», matiza y deja claro que aunque eruditos lo que también les apasiona es la propia divulgación del valor de lo que se traen entre manos. Y aunque hay que retenerse para no pensar en esas películas y best sellers, thriller históricos tan de moda, no deja de conmover que en la conversación salga el nombre del Cantar del Mío Cid manuscrito por Per Abat, presente en la Biblioteca Nacional. O tener al lado a ese Beato de Facundo que vive como un rey de libros, y que junto a los otros 21 que están en España, hechos aquí todos menos uno, constituyen piezas únicas. Hablamos del 1047. Y la precisión de Mezquita es clarificadora: «No pontifico. Yo no sé nada. Es bibliografía que está ahí», afirma con la modestia de los sabios.

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