Diario de León

Pablo García. músico

«Recuerdo con cariño esos veranos en León, sórdidos y familiares»

Pablo Und Destruktion llega hoy al Gran Café, a las 22.00 horas, en un concierto que se antoja sea una musical ciclogénesis explosiva. El gijonés presentará los temas de su nuevo trabajo discofráfico, titulado ‘Vigorexia emocional’.

El artista gijonés Pablo García, que hoy actúa en el Gran Café para presentar su nuevo trabajo discográfico.

El artista gijonés Pablo García, que hoy actúa en el Gran Café para presentar su nuevo trabajo discográfico.

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PACHO RODRÍGUEZ | LEÓN
León

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La distancia perfecta, en la sala idónea para lo que hace y propone el gijonés Pablo García, y en el mejor momento para asistir al directo de una de las irrupciones mas sonadas de los últimos años. Circula el asturiano por los caminos más sórdidos de la belleza y lo contrario. Y por los sentimientos, por una poesía social nada engolada, por la actitud escénica que hace que cobre sentido pagar una entrada para ver un concierto. Su Vigorexia emocional, título de su último disco, es uno de esos trabajos que pese a haber repercutido, merecería mas espacio. Tras un 2014 tan fructífero en el que despachó tres discos, 90 conciertos, «y mucha menos pasta que el salario mínimo», matiz importante, su apuesta por vivir de la música se mantiene intacta entre tanta ingratitud económica. Todo lo contrario de lo que le ofrece su cada vez más numeroso público.

—Un nuevo gran disco, conciertos para dar y tomar, excelentes críticas... ¿La vida es bella o contamos la verdad del músico?

—Hay que contar la verdad de la escena musical. Los conciertos más rentables en los que he participado son los de garajes, casas okupas o asociaciones culturales que hacen una labor tan altruista por la cultura. Hace poco toqué en el teatro Lara de Madrid. Y es una gran experiencia, un lugar al que interesa llegar como músico. Se llenó, pero lo que gané lo tuve que utilizar para pagar deudas. No me quedaron ni 20 euros para mi... La precariedad musical actual es extrema.

—Artísticamente, en cambio, el reconocimiento que recibe es total. ¿Se siente querido al menos por la escena indie?

—Yo no pertenezco a la escena indie. Me pueden gustar otras muchas cosas. Me gustan las canciones clásicas, el punk, el ruidismo, la psicodelia.

—Hay muchos que opinan que porque ha llegado a un lenguaje propio, a tener un discurso, aunque suene cursi, el éxito será tan contundente como merecido. ¿Lo cree así?

—No lo sé. Se trata de tener un discurso, sí. Pero también de tener influencias. Si para escribir es obligatorio leer, para componer tiene que se obligatorio escuchar mucha música.

—¿Cuando compone siente alguna presión?

—La música es como la alquimia. Juntas metales y ves si con un poco de suerte puede salir algo valioso. En mi caso, más que hacer algo muy mío, prefiero que tenga algo de popular. No quiero el individualismo extremo de los centros de arte contemporáneo.

—¿Y en qué se inspira?

—Miro, escucho, leo... Veo temas que me interesan. La verdad es que llevo un tiempo bastante inspirado. Es un poco como el amor. Son sortilegios que a veces surgen, pero que luego pasan. Mis músicos después escuchan las canciones. Son consejeros, no mercenarios.

—¿Y su público opina de las canciones, supongo, al final de los conciertos? ¿Cómo es ese contacto directo tan engorroso?

—La inmensa mayoría van a darte la enhorabuena. Pero el segundo grupo, muy cerca del primero, que son como un lobby, estos son borrachos y cocainómanos dispuestos a dar la chapa.

—A todo esto, ¿le gusta tocar en festivales?

—Creo que no estoy hecho para ellos. Tocan muchos grupos, la gente está muy borracha y drogada, y sólo algunos festivales puntuales se preocupan por la música. Prefiero salas, teatros o algún festival pequeño. Como espectador tampoco voy a festivales.

—¿Teme que se utilice o manipule su vocación de opinador y su compromiso social o político?

—A veces peco de ingenuo, pero el que tiene que tener cuidado soy yo. Mis opiniones se basan en el cambio permanente. Y los músicos pasamos de héroes a villanos en cualquier momento.

—¿Qué recuerda de sus estancias leonesas?

—Mi madre era del primer pueblo después de Pajares. Hacía bandera de cazurra y veraneábamos sí o sí en Villadangos. Íbamos a León, a ver la Catedral, a la Virgen a comer... Me gustaba mucho tener ese mundo paralelo leonés, sobre todo en Villadangos. Era raro. Había un puticlub. Las putas bañándose en la piscina y los paisanos, que iban de putas, bañándose con la familia. Recuerdo con cariño esos veranos en León sórdidos y familiares.

Lugar: Gran Café. Calle Cervantes, 9.

Hora: 22.00.

Entradas: 8 euros.

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