‘¡Mira! ¡Ahí está el de nuestra tierra!’
Los turistas que cada vez en mayor número recibe la Catedral tienen un reto: encontrar el escudo de su provincia. Están todos.

La vidriera correspondiente a la provincia leonesa, en una imagen que refleja todos sus detalles.
Frente a la fachada de la Universidad de Salamanca se agolpa la gente en búsqueda ya ritual e inevitable de la pequeña pero famosísima rana, y miran y remiran, y se alegran cuando la encuentran, y permanecen quietos hasta que no la localizan y retratan. Ocurre también en la catedral nueva de la ciudad hermana con ese astronauta que levita en la ingravidez de la piedra de Villamayor y que resulta, a un tiempo, tan extemporáneo como evocador. Son detalles curiosos que sirven de excusa para que el visitante fije la mirada —durante algo más de tiempo— en monumentos llenos de lecturas y mensajes, que los familiarizan con ellos y que incluso tienen la capacidad de conseguir que prenda el interés por otros elementos del conjunto.
La Catedral de León es también un inmenso joyero en el que arquitectura, escultura, pintura, vidriera, forja, labra y orfebrería quedan engarzadas en un edificio único, todas con sus propias particularidades y secretos, y desde el dado de la Virgen polícroma a la leyenda escrita en la espada de la alegoría de la portada norte («justicia es dar a cada uno lo suyo», define en latín), pasando por el Locus Appelationis de la entrada principal o el típico carro chillón que pintó el maestro Nicolás en el retablo central, son muchos los puntos en los que posar la mirada. Todo ello con permiso del afamado topo que se comporta como el equivalente leonés —aunque más visible— del anfibio charruno.
Pero son las vidrieras de la Pulchra, ese conjunto que por antigüedad, extensión y variedad está considerado el más importante del mundo, las que atraen y remansan las miradas de forma directa e ineludible, y en ellas reside el singular reto que se les plantea a los visitantes de la Catedral, con mayor peso desde que la llegada del AVE está atrayendo a la ciudad a más gente de otros territorios del país: el de encontrar el escudo de su provincia. Porque en el triforio están todos reflejados.
Ésta es su historia
«Las vidrieras del triforio fueron recompuestas y completadas por el taller de restauración que a tal efecto fundara el arquitecto leonés Juan Bautista Lázaro, responsable de las obras de la Catedral entre los años 1892 y 1907 —cuenta uno de los mayores expertos en el templo, José Manuel Rodríguez Montañés—. Raimundo Rodríguez, en su Pulchra Leonina. Guía para visitar la Catedral de León nos dice que éstas se hicieron, en concreto, en 1899. Entre los artistas que intervinieron, el mismo autor cita al vidriero catalán Antonio Rigalt y a los pintores Guillermo Alonso Bolinaga y Alberto González. Las firmas de este último la encontramos en casi todas las vidrieras del triforio de la zona del presbiterio, y casi todos dejaron sus nombres en la vidriera de la Capilla del Carmen, con la fecha de la solemne reapertura del templo, el año 1901».
Pero, ¿por qué razón se colocaron, y por qué precisamente en ese lugar? «Es probable que, salvo los del hastial occidental y los brazos del crucero, estos ventanales del triforio no llegasen a cerrarse con vidrios originalmente, y quedasen cegados y bajo la cubierta de las naves laterales. Precisamente las que lucen bajo el rosetón de Poniente conservan en buena medida sus vidrios medievales, que la heráldica nos sitúa entre el siglo XV y el XVI», dice, y continúa relatando el coordinador del programa didáctico El Sueño de la Luz que la reforma hecha por Lázaro de las cubiertas de las naves bajas «liberó el triforio, haciendo necesario elaborar vidrieras para esos vanos. Decidieron entonces continuar con la serie heráldica que les ofrecían las conservadas, ampliando los escudos familiares con otros de provincias, ciudades y pueblos de León. Por su ubicación, se establece un nivel intermedio, a modo de bisagra, entre los asuntos terrenales de los ventanales bajos y los escatológicos de los altos. Desconocemos si en la época medieval fue esa la intención, o simplemente pareció el lugar idóneo para ubicar las armas de los principales benefactores de la Pulchra...»
De hecho, en el transcurso del programa didáctico El Sueño de la Luz —cuando fueron accesibles unas plataformas elevadas a 15 metros que permitían una estupenda vista de estas vidrieras—, Rodríguez Montañés notaba que a la gente le llamaban la atención estas series de escudos («¡Mira! ¡Ahí está el nuestro!, oían). «Sí, y hay que tener en cuenta que fueron muchos, 200.000 visitantes entre 2007 y 2013. Resaltaban sobre todo los símbolos de Barcelona, Zaragoza y Valladolid, bien visibles desde la estructura elevada. Para situarlos nos ayudó mucho un panel que colocamos en el frente de la plataforma, y tan útil era que acabamos aprendiendo la ubicación de las provincias más demandadas». En este punto el historiador recuerda una anécdota que afecta a la imagen de una provincia limítrofe: el acceso a la plataforma, al realizarse por un vano del triforio, obligó a desmontar uno de los escudos, concretamente el de Palencia, por eso los guías «nos adelantábamos a las preguntas confesando el hecho, prometiéndoles que su pronta restauración lo devolvería a su sitio en breve…», comenta Montañés.
La conversación con este experto pone en cuestión lo mucho que se está prolongando la reapertura de El Sueño de la Luz, sobre todo teniendo en cuenta el tremendo éxito que cosechó al permitir contemplar, desde una posición privilegiada, el primer templo leonés. «En realidad nunca ha terminado del todo —reflexiona—. Las restauraciones, con breves pausas, se han mantenido. Otra cosa es que este programa se entienda como un conjunto de restauración y difusión, y en el segundo apartado sí que se ha producido una cesura, desde nuestro punto de vista bien desafortunada. Pudimos abrir la puerta a 193.334 visitantes, pero sabemos que ni mucho menos esos eran todos. Confío que aquella semilla, en tan buen terreno y pese al clima, terminará por volver a germinar».
Y vuelve a echar la vista arriba y no puede por menos que susurrar: «Me fascina el riesgo asumido por la arquitectura de esta catedral, está concebida casi como si fuera un puro marco para el vidrio.. Hay algo de alquímico y de mágico en las vidrieras, que por cobrar sentido al ser atravesadas por la luz, modulan los espacios y convierten cada visita en única...».