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RAFAEL SARAVIA
León

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Dijo Fiodor Dostoievski que el verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor.

Pero hace falta algo más para que el dolor sea empatía. Este atentado atroz en Francia ha puesto de manifiesto un daño perdurable que llevan sufriendo las poblaciones de Irak, Afganistán y Siria mucho tiempo. Su calvario no ha sido comprensible hasta que, este pasado viernes, el grupo terrorista Isis se proclamase autor de los 129 asesinatos perpetrados en París.

La conmoción une en el duelo, pero ha de despertar la reflexión para conseguir otra manera de convivencia. Isis no surge espontáneamente de la nada. Isis surge de la connivencia neoliberal de los países de occidente. La financiación de este grupo terrorista está ligada a las potencias mundiales que hoy lloran la masacre francesa. Pese a que opine que las religiones son uno de los peores males de la humanidad, esto no tiene que ver con ellas. La mayoria de los damnificados por Isis son civiles musulmanes.

Isis mata principalmente musulmanes. Los refugiados sirios, y los que no han podido huir, son las víctimas mayoritarias de este grupo que se financia vendiendo petróleo a bajo coste a las multinacionales occidentales. En poco más de cuatro años casi un cuarto de millón de muertos y casi diez millones de desplazados nos dan cuenta de que ésta no es una guerra santa como otros intentan hacernos creer. Ésta es una guerra geoeconómica donde el flujo de capital está por encima de vidas humanas e incluso de ideales concretos.

Las grandes potencias mundiales y ciertos medios de comunicación sostienen esta farsa en la que la palabra «seguridad» se vicia para convertirse en un negocio tan importante como el de los hidrocarburos. Hoy sabemos que la guerra de Irak y Afganistán fueron motivadas por el control petrolífero y el desarrollo de una economía armamentística que hay que alimentar a costa de civiles. España ha multiplicado un 4.000% su industria militar en poco más de una década; piensen si era necesario.

Estos días amanecemos con titulares que promueven bombardeos masivos. Las fotos y los discursos fortalecen la idea de que hay que protegerse, armarse contra un mal que nos acosa. Pero la solución no pasa por aumentar ejercitos, intervenciones militares y controles civiles de población.

Ningún dirigente apunta opciones de inversión en capital en zonas devastadas de Siria, en apoyo logístico y económico para que la población civil de Siria tenga la fortaleza para autogobernarse en democracia.

Ningún dirigente asume con valentía un control ético, transparente y justo del desarrollo energético y armamentístico. Isis sería de esta manera fácilmente desmontable, pero no se ganaría tanto dinero. Ahí radica el problema: ganar dinero o ganar estabilidad mundial. Necesitamos gobernantes valientes que abogen por lo segundo.

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Por eso, al igual que tantos musulmanes, yo me sumo al grito de no en mi nombre.