LA ENTREVISTA

«El escenario es como una droga dura... muy dura»

ANTONIO BARTRINA / CANTANTE DEL GRUPO MALEVAJE

La veterana voz del grupo madrileño Malevaje, Antonio Bartrina. RAQUEL P. VIECO

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Pacho Rodríguez | león

Cantante casual, lo que estaba claro es que Antonio Bartrina no se iba a dedicar a la canción ligera. Aunque igual él añadiría un «o sí», que habría que indagar en una posible alma gallega, de la que no hay pistas. Esa, de la duda necesaria que parece manejar con destreza. Lo que se sabe es que el mundo fue y será una porquería: «El mundo no ha ido a mejor, y el ser humano igual es un error de la Naturaleza», suelta. Con estas premisas, que son más conclusiones de hoy, Antonio Bartrina no se iba a dedicar a la balada empalagosa, él, que las engatusaba, dice, a base de canto. Además, en la calle de la Palma de Madrid, donde pasó su infancia, su padre se dedicaba a la electrónica, y siempre había algún aparato encendido, léase tele o radio, que emitía sin parar hasta que otro por reparar lo sustituía. Es decir, que sonaba música a tutiplén: mucha clásica, zarzuela y mucho tango, que también oía en casa de sus abuelos. Pero él era fotógrafo y un día se convirtió en el cantante de Malevaje, el grupo que en la España de la movida le puso nombre propio al tango. Celebró 20 y ahora celebra 30 años en el Gran Café (mañana sábado a las 22.00 horas, entradas a 18 euros en taquilla, 15 las anticipadas). «Si ya lo he contado todo», anima poco al principio. Tiene disco pendiente y le da pereza discográfica. Se despide con un abrazo que sabe a buen tipo.

—‘Tangos’ y ‘Margot’ fueron sus cartas de presentación a mediados de los ochenta. Ahora celebra tres décadas de Malevaje... ¿Cómo se cumplen años con las ilusiones intactas?

—No lo sé. Grabé, en noviembre hará dos años, un directo en el Fernando de Rojas (Bellas Artes, de Madrid). Hay que mezclarlo y ponerlo a punto para editarlo. No tengo muchas ganas, ni hay mucha salida a los discos. No hay mucho aliciente. Lo tengo que hacer y lo haré este verano. Quiero que salga después del verano. Ahora que parece que la cosa va un poco mejor.

—Ya en los 90, con ‘Envido’, ‘Con su permiso, don Carlos’, ‘Va cayendo gente al baile’... ¿Es cuando le cogen de verdad el pulso al tango?

—Cuando llegó Oswaldo Larrea empezamos a hacer nuestros temas en condiciones. Los músicos eran todos del rock y del pop. Ahora tengo músicos que saben hacer música de tangos. Pero por Malevaje ha pasado mucha, mucha gente.

—También, observando su trayectoria, lo que surgen son nombres señeros de los años ochenta y noventa, de una cultura que luce y lució. El leonés García-Alix, Gabinete Caligari, Ulises Montero... ¿Esa huella humana le sirvió para ser quien es ahora?

—Alberto (García-Alix) nos ha hecho portadas y somos amigos casi desde niños. Claro que tengo buenos recuerdos de todos esos nombres. Siguen siendo amigos todos los que no se han muerto. En mi caso, lo que soy como músico es lo que escribo y canto. Y cuando escribo lo hago sobre la vida, porque la música sale de la vida.

—¿Podría apuntársele como acierto el ser un músico de la movida que no hacía música de la movida?

—Nosotros no queríamos ni hacer un grupo. Yo cantaba cuando me mamaba o quería conquistar a una chica. Un amigo que tenía un bar me dijo que tenía que cantar. Fernandito y Edi se sumaron y montamos una hora de tangos. Y ahí nos propusieron grabar un disco. No teníamos ni idea de hacer otra cosa más.

—Y si era fotógrafo, ¿hubo un momento concreto en el que tuvo que decidir por qué decantarse: por la música o por su profesión?

—Nunca me planteé ser músico, ni tener un grupo. Ahí se lió la cosa. El escenario es verdaderamente una droga dura, muy dura. Y me gustaba mucho esa vida de viajar, de ligar. Y me sigo divirtiendo. Es una vida muy plena. Y si encima vives de eso...

—¿Y si hablamos de Malevaje, por ejemplo, en Argentina?

—Durante un tiempo, en Francia tocábamos cada poco tiempo. En Buenos Aires me quieren mucho también. ¡Me dieron la orden del Porteño! Canto allí, y les gusta. Y me lo agradecen.

—¿Y esas letras del tango? Siempre hablando de golfos, de borrachos, de infidelidad, amor, desengaño...

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—En su día me compré un diccionario de lunfardo (jerga de los barrios bajos de Buenos Aires). Me sabía las canciones y las cantaba pero en realidad no sabía qué decían. Luego, a eso de los 16 años, empecé a entender lo que cantaba. Lo diré siempre: los tangos no hablan de otra cosa que no sea la vida.