Chana, su cicerone leonés
JESÚS F. SALVADORES
«Era alto como una torre, muy alto, muy grandón. Lo había invitado a pasar unos días el ingeniero asturiano Arturo Escandón, que conoció a Rosalía de Castro, al balneario de las caldas de Nocedo para curar algo de la garganta». Así se refería Leonardo Morán, el inolvidable Chana, dueño de la taberna de La Vecilla que así sigue llamándose, a aquellos días de 1973, cuando conoció a Camilo José Cela y se encargó de descubrirle las bellezas naturales del alto Curueño.
Campeón de lucha leonesa, ganador de varios torneos de bolos, cartero, minero —en Matallana, Turón, La Vasco, Sabero y Figaredo—, y operario durante ocho años en una importante factoría textil alemana, Chana subía todos los días el pan y el correo a Nocedo y fue allí donde le presentaron a Cela, que buscaba una especie de sherpa local. «Me acuerdo de que era mandón, muy autoritario», contaba al Diario en 2002, con motivo de la muerte del Nobel. Le reclamó sus servicios de forma rápida y apresurada y Chana, que no se quedaba atrás en cuanto a arrestos, le espetó: «¡Eh, oiga, tranquilo, que el coche es mío!».
«Era muy guasón, mucho, y escribía, escribía sin parar en un cuaderno que traía, con una pluma estilográfica. Escribía muy rápido y preguntaba sobre todo lo que veía, sobre cómo se llamaba ese puerto o ese monte, o qué había sucedido en estos pueblos durante la guerra», rememoraba. «Se reía hasta de las piedras, lo pasamos muy bien los dos durante aquellos días», contaba Chana, ya fallecido, y destacaba su tremendo apetito, que asombró a la concurrencia de la casa de comidas de lo alto del Puerto.
Y no se enteró de que era escritor, y de los grandes, hasta que días después le llegó un ejemplar de La colmena , firmado y con la dedicatoria: «Para el mejor cartero de España».