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minorías absolutas rafael saravia
León

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H acía muchos años que un hombre afín a la querencia de ser hombre, con todas las bajezas y desperdicios que puede significar tal condición, no conseguía la conmoción natural y abrupta que genera un poeta en toda su extensión. Muchos somos los aspirantes a la ejemplaridad y la sublimación que la palabra concede al que la esculpe con verdad, pero son pocos, muy pocos los que consiguen Ser —así, con mayúsculas— habiendo renunciado a cualquier fluorescencia artificial del reconocimiento estratégico del poder.

Hoy me enfrento con la impotencia del que quiere definir el agua con las herramientas que la intentan sostener y encarcelar. Se me escapa por tanta superioridad entre los dedos, el alma, las resbaladizas vías de la profundidad y la conciencia que generan los versos de un poeta que agranda la historia del siglo XX con su conjunción ideológica en favor del disenso y la pluralidad vital.

Estoy hablando del estertor profundo que me ha generado la lectura de la poesía completa de Erri de Luca. Sólo ida. Poesía completa (Seix Barral, 2016) ha sido una entrada con énfasis en el mundo de los que avanzan a sabiendas de la pérdida, pero sabiéndose ganadores de lo único que poseen con veracidad: la dignidad.

Erri no ha sido nunca una voz estridente. Como él apunta en este libro, aprendió muy pronto que la escritura era más potente que la voz, y por ello consiguió darle un valor extremo al acto de ejercer la verdad en cada palabra que ofrecía en un libro, en una entrevista, en una proclama. Su conmoción y respeto por la dignidad como única riqueza personal imposible de sustraer y mercadear, le hicieron avanzar en la escritura con un respeto que poquísimos escritores han ejercido con tanta rotundidad. Desde Antonio Gamoneda no había conocido a alguien con la intensidad puesta en el oficio de no ganar. En la condición de ser constructor de caminos que sólo tienen ida. Que no regresan porque no hay sentido de cambio más que a través de la memoria no olvidada.

Leo los poemas de Sólo ida y siento, a la manera en que menciona la experiencia del comandante partisano Ante Zemljar, encarcelado y privado de sol y de todo lo que no es él mismo, que un rayo de luz, como un verso breve, entra en mí iluminando demasiados oscuros inciertos. Leo a Erri de Luca y siento que hay una verdad que destrona los resquicios de lo que «debe ser», de lo que «conviene ser» para entrar en la oposición y el contrapoder que defiende al uno a pesar del todo con el mismo ímpetu que una madre a un hijo, con la misma exigencia que un dios a su creación.

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Erri de Luca hace la cuenta: «huésped fijo en casa de la revolución». Yo también las hago con su escritura. Entra de lleno en los lugares incómodos que compañeros como Vallejo, Whitman, Pasolini, Neruda, Lorca o Gamoneda labraron. Él dice que no es poeta, por eso tal vez asome con más libertad y verdad que la mayoría. Él es quijote, lo opuesto. «Lo opuesto tiene un solo artículo de la constitución: / haz a cada uno aquello que te gustaría que te hicieran». Erri es un camino sólo de ida. Imperdible.