Así veían León los ‘agüelos’

Colorea fotos antiguas. Y el resultado de la labor que realiza Antonio Alaiz logra humanizar nuestro pasado. .

Así vio Ángel Rodríguez en 1905 la plaza del Grano. El coloreado de Antonio Alaiz resalta, por ejemplo, elementos de la indumentaria popular leonesa.

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e. gancedo | león

Cuántas veces habrán soñado los leoneses con viajar en el tiempo. Quizá para cambiarlo, para saber dónde se falló o para contemplar parajes y monumentos que la necedad humana se encargó de destruir por completo. Es, claro está, sueño común a todos los hombres, pero en las tierras repletas de huellas del pasado el tirón del ayer siempre se deja sentir con más fuerza. Pues bien, no ha inventado una máquina como la de la novela de H. G. Wells pero Antonio Alaiz consigue, a su manera, abrir una pequeña ventana al León del ayer. ¿Cómo? Coloreando fotos antiguas. Se considera sólo un aficionado pero el resultado es, cuando menos, muy llamativo. Acostumbrados a pensar el pasado de la capital y comarcas sólo en blanco y negro y escala de grises, Alaiz nos devuelve el León que captaron las retinas de nuestros mayores: el ocre del adobe, el rojo de las tejas, los brillantes azules y verdes de la indumentaria tradicional... todo se humaniza y se acerca.

«Empecé a pintar fotos hace año y medio y siempre dentro del grupo de Facebook ‘Quedamoe en el reloj de Santo Domingo’, de donde he tomado todas las imágenes que he coloreado —explica—. Gracias a las aportaciones de este grupo y especialmente a Wenceslao Álvarez Oblanca conocí la obra de los fotógrafos Amós Salvador Carreras y Ángel Rodríguez, del que me fascinó la presencia de tipos humanos en su ambiente y la calidad de sus fotos en los primeros años del siglo XX».

Profesor de Literatura, este leonés hace hincapié en que su formación en el programa de edición Photoshop, que emplea para estas labores, «es básica, y se basa sobre todo en el método ensayo-error», aunque, como los resultados gustaron en el citado grupo, continuó. «En mi caso se trata de tiempo, práctica e intuición», asegura.

También le motivó conocer los coloreados que hicieron los propios fotógrafos leoneses ‘clásicos’, como Gracia, Winocio o Rodríguez. «De hecho, una de las primeras cosas que hice fue volver a colorear la foto de Gracia de las mujeres paseando por la Condesa. Tengo una pequeña colección de postales antiguas de León y comprobé que a algunas de ellas se les trataba de dar salida coloreándolas, aunque a veces de un modo un poco chusco, eso me llevó a mejorarlas un poco». Preguntado por el tiempo que tarda en ‘pintar’ imágenes, responde Antonio Alaiz que, dependiendo de la complejidad, «cada una me puede llevar entre una y cuatro horas. He coloreado unas cien fotos de León y sigo pensando que aunque es cierto que el color les da una nueva vida, lo impactante ya está en el original, especialmente cuando aparecen seres humanos».

‘pioneros’ del color

Y en cuanto a si se siente, en parte, ‘heredero’ de aquellos artesanos que en el pasado se dedicaban —tan pacientemente— a poner color a negativos y celuloides, algo mucho más común de lo que se cree, reflexiona: «La historia del coloreado de fotos es casi paralela a la propia historia de la fotografía, y también la polémica de si se debe o no colorear...». «La fotografía en color apenas tiene 70 años y muchos puristas piensan que el auténtico arte, en este medio, es el del blanco y negro —recuerda—. Al contrario que en el cine, donde se considera algo excéntrico y muy puntual el uso del blanco y negro, en fotografía ha aumentado y mantiene su prestigio. La obra de Salgado, por ejemplo, no sería lo mismo en color, y a mí me parecería una aberración añadir color a sus fotos. Con la fotografía antigua es distinto porque ese coloreado a mano ya forma parte de la propia historia del medio e incluso las imperfecciones se disculpan porque nunca fueron perfectas en su tiempo».

Antonio Alaiz siempre fue aficionado a retratar amigos, familiares, paisajes y monumentos. «Era de los que tenían un cuarto oscuro donde hacía copias de 7x9 para todos. Y pienso ahora que en aquellos años setenta y ochenta debería haberme dedicado a hacer más fotografía urbana en León, personas y edificios, aunque solo fuese para ver cómo hemos cambiado y los disparates urbanísticos que se han cometido», lamenta.

«Hasta los cinco años jugué en el corral de San Guisán, y luego en los soportales de Santa Ana. Fui de la ultima generación que tuvo que licenciarse de Filología Hispánica en Oviedo y hace treinta años que vivo en Canarias, donde ejerzo como profesor de Lengua y Literatura. En verano e invierno viajo a León y me gusta ejercer de leonés por el mundo», cuenta, y añade que su grupo de Facebook y la lectura de blogs tan populares como ‘Cosinas de León’ «me ha permitido saber datos e imágenes que ignoraba completamente, además de encontrarme con nueva gente, todos muy interesantes y unidos por el cariño a León (... y por los desayunos en el París), y también a tratar con conocedores profundos de nuestra historia reciente y pasada».

En cuanto a la causa del reciente y creciente interés en torno a las fotos antiguas, Alaiz cree que tiene mucho que ver con la era digital, cuando todo el mundo lleva una cámara en el bolsillo. «Sí, actualmente se hacen y se suben a las redes cientos de millones de fotos al día, estamos saturados de imágenes buenas, regulares y pésimas. El auge de la fascinación por las fotografías antiguas, también a disposición del usuario gracias a las múltiples bibliotecas digitales, radica precisamente en la novedad que tanto se persigue en estos tiempos, en la recuperación del pasado, y en que se agranda aún más aquello que sólo posee la fotografía: captar la magia de un segundo en la vida de las personas».

Retratos de la ciudad

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Pero Alaiz también ha realizado otro tipo de montajes que llama ‘Viajes en el tiempo con Google’ (pueden contemplarse, en el álbum de ese título, en el citado grupo de Facebook), en los que inserta una foto antigua de León en una captura de Google Maps. «El histórico de este programa, que tiene sólo doce años, ya permite observar cambios urbanísticos importantes, así que no te digo nada si nos trasladásemos a los setenta o a principios de siglo. Ese joven viajero del tiempo vería plazas y calles con más árboles, observaría la intensidad de las relaciones entre los vecinos, la libertad de los chicos jugando por los barrios y más allá, y la ausencia de pintadas; y percibiría como el whatsapp de aquellos tiempos era siempre mirándose a los ojos, de viva voz y en carne y hueso».