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RAFAEL SARAVIA
León

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Hace apenas unos días Jack Kerouac hubiese cumplido noventa y cinco años. Su camino de este a oeste y de norte a sur, cruzando las fronteras de su imaginario y las reales, fueron ejemplo de posibilidad y libertad plasmadas en un libro que sigue alumbrando a muchos nostálgicos y a nuevos visionarios jóvenes. Recuerdo algunos fragmentos que me hacen saber que la libertad es un camino largo y suntuoso, y que sin duda pasa inexorablemente por el amor a algo que está más allá de la tenencia de cosas. «Todos nos tendían la mano. Habían bajado desde las sombrías montañas y desde las alturas a tender las manos hacia algo que pensaban que podía ofrecerles la civilización sin imaginarse la tristeza y pobreza y decepción de esta».

La solidaridad, la buena intención y el compromiso con el suelo que pisamos es un fundamento que todavía pesa, más allá de la generación beat, la que vino después con sus lisérgicos movimientos de paz y amor y la que tendrá que venir después de esta vorágine depredadora que llevamos viviendo desde los ochenta hasta nuestros días.

En el camino me doy cuenta de lo mucho que queda por hacer y los pocos esfuerzos reales que se dedican de manera comunitaria a conseguirlos. El tema de de la desigualdad es uno de los pilares fundamentales. No creo que haya ninguna política excelsa. Las cuotas en programas me repatean porque igualan fuera de la valía. Pero la realidad es que estamos preparados para hacer microchips de tamaños diminutos y progresar tecnológicamente de manera veloz y no hemos conseguido que a una persona se le premie, censure o valore por lo que hace, no por su condición de macho o hembra con un color de piel más claro o más oscuro y unas afinidades sexuales más o menos estándares.

Tal vez ese sea el problema, lo estándar. Tener que ser y estar en el lugar que te ofrecen. Salirse del camino es una acción penada por el colectivo que no sabe crecer como conjunto sin menospreciar la riqueza individual. Recuerdo en el día de hoy a Hipatia, también un día como hoy ella marcó el curso de la historia. Hace XXV siglos que ella fue asesinada por un colectivo que siempre quiso normalizar coartando las libertades individuales y asumiendo que un hombre está por encima de una mujer, que una fe está por encima de otra y que el pensamiento y el estudio hacen peligrosos a los individuos.

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Hoy, en este camino que no se detiene, cuando apenas han pasado tres meses del nacimiento de este año, más de veintidós mujeres han perdido la vida por el antojo de un hombre. Poco ha cambiado desde Hipatia hasta nuestros días. Salarios, lugares de poder y conductas cotidianas hacen que el camino todavía esté por andar. La evolución en lo importante siempre avanza más despacio. Lo importante es no olvidar y, como dijo Kerouac: «Todavía nos quedaba mucho camino. Pero no nos importaba: la carretera es la vida.».