CULTURA ■ PATRIMONIO
La muralla, de ‘vecina’ molesta a filón turístico
Un historiador revela que la destrucción «acelerada e implacable» de las puertas de la fortificación leonesa obedeció a motivos especulativos más que a la pretendida modernidad
Cubo encerrado entre La Rúa y el palacio del Conde. SECUNDINO PÉREZ
ana gaitero | león
Como la muralla de León «no hay otra igual en Europa». Y sin embargo es maltratada y poco aprovechada turísticamente. Lo dice el historiador experto en arte Emilio Morais, quien conoce muy bien el monumento y ha estudiado a fondo la destrucción de sus puertas acaecida entre mediados del siglo XIX y principios del XX.
Una fortificación de casi tres kilómetros, entre la muralla romana y la cerca medieval, que resiste, en opinión de este profesor de la Universidad de León, gracias «a los edificios, unos civiles, otros religiosos, que durante siglos se apoyaron en ellas tanto por el exterior como por el interior del recinto».
«La muralla de León está muy bien construida y eso ha impedido su destrucción total», añade Melquiades Ranilla, arquitecto que redactó el plan director del monumento. De no ser por la buena factura y los excelentes materiales de la obra, la ciudad apenas conservaría su rastro.
Es el monumento más grande y uno de los menos conocidos de la capital aunque se está incoporando a su oferta turística, con la reciente apertura de tramos paseables en la Muralla romana, en concreto en los tramos de Ruiz de Salazar (vandalizado de manera obstinada) y el más resguardado de la casona de Puerta Castillo.
En cuanto a la cerca medieval, los esfuerzos realizados enrestaurar y recuperar varios tramos paseables, no se han visto compensados con acciones que las pongan en las rutas del turismo o contribuyan a su difusión como patrimonio de la ciudad. «Sigue siendo un espacio marginal», apostilla Ranilla.
Además de sus casi tres kilómetros de longitud, la fortificación leonesa es una de las más singulares de Europa por contar con dos amurallamientos, el romano, con sus 70 cubos y las sucesivas reformas, y el medieval, que amplió considerablemente el recinto campamental de la Legio VII, de 570x350 metros, expandiendo la ciudad intramuros hacia el sur.
Las mayores agresiones a las murallas se han ejecutado en el último siglo y medio con el beneplácito cuando no el empeño municipal. La demolición de sus puertas se realizó además sin oposición alguna. «Ni intelectuales, instituciones o ciudadanos manifestaron mayor interés por salir en defensa de las puertas con valor histórico o artístico», reseña una investigación del profesor de la Universidad de León Emilio Morais.
Ni siquiera la Comisión de Monumentos, creada en 1844, atemperó la fiebre destructora que, afortunadamente, no tuvo las dimensiones que en otras ciudades. La única entrada que se salvó fue Puerta Castillo, cuya construcción original ya había sido sustituida en el siglo XVIII por la que se conserva en la actualidad coronada por la estatua de Pelayo. Fue la Puerta Decumana o septentrional del campamento romano.
Según el profesor leonés, la pérdida de la función defensiva tras las guerras carlistas, la ruina de algunas estructuras, la mejora de las condiciones higiénicas y del tráfico, así como la seguridad y la ansiada modernización de la ciudad no fueron los únicos motivos de la demolición. La supresión de los derechos de puertas de las ciudades, es decir, el cobro de impuestos también parece que avivó la fiebre demoledora.
A todas estas razones, el historiador añade «el interés especulativo por liberar espacio para nuevas construcciones y revalorizar solares y edificios antiguos». Los escombros y cantos de la muralla destruida se usaron para pavimentar calles como La Palomera.
No hubo un plan de destrucción, «estaba claramente en el ánimo de la clase dirigente» y la piqueta actuó de manera «acelerada e implacable» desde que en 1850 el Ayuntamiento de León accedió a la primera petición formal para franquear el postigo del Rastro. Las entradas a la ciudad habían sido clausuradas para frenar los asedios carlistas. El duque de Frías fue el impulsor del derribo de esta entrada que fue acompañada de la destrucción de parte de la muralla contigua.
Un año después se decreta el estado de ruina del Arco de Ánimas, que sucumbe bajo la piqueta con el parabién municipal. «Estas dos decisiones fueron el origen de un rápido movimiento destructor que afectó en poco tiempo al resto de las puertas», explica Morais.
Entre 1851 y 1856 se aprueba la demolición de cinco puertas medievales (Ánimas, San Francisco, Santa Ana, Peso de la Harina, Santo Domingo) y dos más entre 1864 y 68 (Sol y Moneda). Puerta Obispo fue la última en ser destruida. Aguantó hasta 1910. «Fue la que más tiempo resistió porque era la más monumental, pero, sobre todo, porque permanecía oculta en terreno catedralicio», abunda el profesor.
También cayó bajo la piqueta municipal un tramo de muralla en la calle Santa Cruz alegando motivos de higiene en 1865. El postigo del Oso, que se abrió en el siglo XIV para comunicar la plaza del Conde con la calle Azabachería por entonces bulliciosa vía comercial y de artesanos, fue demolido en 1869 bajo motivos de seguridad y decoro. En los documentos que maneja el investigador consta que es «un postigo estrecho y que ofrece fácil albergue a malhechores durante la noche», lo que le convertía en un «lugar indigno» en el centro de la ciudad.
El cubo romano cercano al postigo fue derribado por un particular, Felipe Quirós, que era propietario de la vivienda colindante. Esta acción destructora fue premiada con una indemnización de tres mil reales a mayores que lo que se le pagó por la casa por lo que le supuso de ahorro en demolición a las arcas públicas. El Ayuntamiento de León fue el principal impulsor del proceso destructor del recinto amurallado justificando la pérdida patrimonial «con la excusa de la renovación urbana y la coartada de poner a León en el siglo XX con la apariencia de ciudad moderna», subraya el investigador.
La única oposición la encontró en Puerta Obispo, una construcción del siglo XVI-XVII que se había cimentado sobre la Puerta Principalis Sinistra del campamento romano (sus restos se pueden ver en la cripta de la Catedral).
La restauración de la Pulchra Leonina en 1901 con la idea de Demetrio de los Ríos de dejar libre de edificaciones al monumento gótico dictó lasentencia de muerte de la histórica puerta.
De los Ríos era el vicepresidente de la comisión provincial de Monumentos, pero no tuvo miramientos hacia la edificación renacentista que unía la Catedral con el palacio episcopal. En 1883, la comisión llegó a la conclusión de que «las estructuras lindantes con la catedral carecían de valor artístico y podían suprimirse». Delante de la puerta renacentista había un caserón poco presentable.
Motivos «históricos, artísticos, de higiene, de facilidad de tránsito, de conveniencia de la catedral, desahogo de las oficinas allí establecidas, de seguridad por el peligro de las maderas y otras muchas aconsejan reclamar el inmediato derribo de tan feo edificio», decretó el alcalde, Alfredo Barthe.
El obispo se opuso y como respuesta obtuvo una campaña de prensa que animó aún más la demolición de ‘su’ puerta. El derribo no sólo se ejecutó aquel año de 1910; tampoco se respetó la indicación de la Comisión de Monumentos de conservar los restos con «mérito arqueológico, histórico o artístico».
Después de haber resistido durante siglos, las murallas entraron en un período de decadencia que, en palabras del historiador leonés, llega hasta hoy «aunque ahora las instituciones tienen el deseo de revitalizarlas atendiendo a su indudable interés patrimonial», admite.
La muralla de León fue declarada monumento nacional en 1931, lo cual no impidió que cuatro años después fuera derribada la corona del cubo de la calle Conde de Rebolledo alegando motivos de seguridad y la salvación del cubo. Han pasado 87 años y el Ayuntamiento ha tenido que intervenir ante la amenaza de ruina de los edificios que se apoyaban sobre sus cantos. Y cayeron unos cuantos.