Diario de León

Manolete: un siglo del mito que revolucionó la tauromaquia

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javier lópez | madrid

- Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete en los carteles, es uno de los nombres más importantes de la España del siglo XX, un héroe de la posguerra elevado a leyenda eterna del toreo, siempre recordado, más ahora que se cumplen cien años de su nacimiento y 80, en agosto, de su trágica muerte en Linares (Jaén). Su corta vida, de lo más novelesca, solo puede ser entendible en el contexto en el que se desarrolló, aquel marcado por el hambre y las penurias, el pesar y el dolor de una España herida y resignada a sufrir carencias. Su propio semblante, de apariencia tristona, alicaída, casi enfermiza, su extrema languidez derivada de una dolencia hepática que arrastraba de nacimiento, fueron fiel reflejo de una época negra en la historia de España, de una sociedad acostumbrada a vivir con la cabeza agachada y necesitada de héroes a los que idolatrar para mitigar tanto sufrimiento.

Un dios terrenal

Y uno de esos dioses terrenales fue el «monstruo» cordobés, encumbrado al olimpo del toreo, el «IV Califa», gracias a un concepto revolucionado marcado por el hieratismo, la naturalidad, la sobriedad y un tremendo valor, un torero con magnetismo dentro y fuera de la plaza y con un extraordinario halo de misterio.

Su verticalidad en los cites, la manera de embarcar a los toros siempre con la muleta retrasada, la solemne forma de ligar los pases, sin darse importancia, y su plausible manera de manejar la izquierda y, sobre todo, la espada, hicieron de él todo un ídolo de masas en los 40.

Huérfano de padre desde muy temprana edad, no le quedó otra que buscarse la vida para sacar a su madre y a sus cinco hermanas adelante. Con 12 años pega sus primeros capotazos en la cordobesa finca Lobatón. La vida de Manolete estuvo muy ligada a la de la España de la época, de ahí que, tras debutar con picadores en la antigua plaza de Madrid, la Tetuán de las Victorias, en 1935, su carrera sufrió un obligatorio parón con la Guerra Civil.

Fue histórico su brindis de un toro al que fuera primer ministro británico Winston Churchill, lo que dilapidaba la etiqueta que le habían impuesto de ‘franquista’.

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