Publicado por
rafael saravia
León

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Sigo agosteando estos días con la firme intención de sacar la belleza de unos momentos que se mueven con un tempo mucho más pausado. Fíjense que no hablo de cansancio y calor para el hastío, hablo de pausa para beber con otra sed la cosa diaria que nos mueve.

Intento marcarme el propósito de la enmienda vital que le quiero dar a la luz del verano y me salen daños diarios a este intento de belleza. La calma, incluso la ausencia de conmoción en el atávico destino que supone la soledad para el encuentro con nuestro yo más profundo, se ven menguadas por realidades que ni siquiera en la profundidad del mar, buceando y escuchando sólo la respiración personal, el esperma encendido de las holoturias, la explosión insignificante para el universo de ese movimiento leve y necesario para el todo de un caballito de mar, acaso el masticar nutricio de los peces... decía, que ni siquiera en esa experiencia de aislamiento para ser de nuevo un ser sin el vestido íntegro de la arrogancia humana, uno puede escapar del desastre y la intemperie que genera el ser y el estar en esta sociedad recolocada en un caos que no recompone el orden natural de las cosas.

Escucho que pese a las noticias de bajada del paro, hoy se trabajan 6 millones de horas a la semana menos que hace casi 10 años. Esto no sería problema si fuese porque nos hemos dado cuenta que con la tecnología actual el hombre puede volver a revolucionar la vida social apelando a una jornada laboral de 6 o menos horas —sí, también hace un siglo parecía una locura pedir 8 horas de trabajo y un salario cuando se trabajaban 12 a cambio de poco más que la comida de la familia—. Pero no es por eso que se trabajan menos horas, es porque la vida sigue con el antiguo plan de enriquecerse lo máximo a costa de lo que sea.

También se constata que hay 1,6 millones de trabajadoras menos que de trabajadores, volviendo a las cavernas de la desigualdad y dejando sin la libertad necesaria a un colectivo que parecía que iba a sacar la cabeza y acercarse a la igualdad... pero no. Siguen siendo ellas las peor pagadas, a las que menos contratan y en definitiva... a las que menos les dejan acceder a la libertad e independencia que todos merecemos.

Por todo ello, uno se ahoga y esconde un ratito del mundo. No se rinde, pero sí piensa que a veces fuera del ruido uno alcanza otra paz más necesaria, menos llena de cosas que no valen para casi nada. Hoy comprendo a mi amiga y poeta Idoia Arbillaga cuando se sumerge en busca de pecios sin nombre, cuando desconecta el ruido y se pone a volar bajo el agua. He vivido la experiencia y deseaba no salir, deseaba incluso dejar mi propia respiración a un lado y ser silencio y presión que te ubica y te desprende.

Sin duda, uno necesita deshacerse en un nuevo caos, o como dice el maestro Robe Iniesta: «Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas,/ se paró el aguacero ahora somos flotando dos gotas, / agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor,/ me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor».

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Ya saben: volar... volar.