Los paisajes del alma de Michèle Mariette, en la galería Ángel Cantero

La artista Michèle Mariette. DL
marcelino cuevas | león
Michèle Mariette es una artista parisina que vive en Salamanca. Ya ha visitado varias veces León con sus cuadros y ahora vuelve, después de tres años, para iluminarnos con sus paisajes cargados de color en la galería de Ángel Cantero.
La veterana pintora francesa escribe sus paisajes en el aire, en el espacio, su caligrafía es minimalista y sus argumentos son los rincones pequeños, los lugares en los que nadie se fija, los fragmentos del paisaje que a pesar de pasar inadvertidos contienen siempre una enorme belleza.
Michèle Mariette ha creado toda una teoría alrededor de sus lienzos.
«Hay, al principio de toda obra, -dice- un plano mental frágil, una construcción visual de lo más elemental, basada en una imagen, sentida y recordada, pero sin llegar nunca a dar el paso de un esquema sobre papel. Pasada esa etapa inicial, donde manda la voluntad y el querer, hay que abandonar la facilidad de la narración para saltar al abismo y superar la anécdota. Entonces se deja uno guiar por la obra misma, en vías no calculadas, inciertas, dudosas pero vividas. A veces el mecanismo se paraliza y recurro a elementales bocetos de acuarela, garabatos que rompen con el bloqueo y me permiten volver a ver».
La pintora tiene pues una larga cocina para realizar sus obras y solamente con la pausada elaboración es capaz de crear unas imágenes fugaces que parecen salidas de la improvisación, de la impresión de un momento.
«Busco -explica- las transformaciones de lo real en la rapidez de la pincelada y en el color, que transforma, es amplio, no encierra pero sí envuelve, esconde o hace nacer. El sujeto solo es un pretexto, lo que sí interesa es cómo resolverlo, con formas esquemáticas, casi abstractas, yuxtaponiendo las pinceladas espontáneas, pocas pero decisivas. La narración está entonces sublimada, el acto de pintar no sigue una dirección consciente, es un dejar fluir sin interrogarse acerca del cómo o del porqué».
Y todo para llegar a la síntesis, a la acumulación de emociones, a una escritura colorista que nace del alma. «No se trata -explica la pintora- sólo de adquirir técnicas y conocimientos, se trata de seguir, de saber expresar un diálogo interior. Es el buscar una atmósfera, constantemente, con movimientos, zonas de profundidades, algunas densas, otras diluidas, es una manera de ordenar un caos, con soluciones inesperadas, la mayoría de las veces».