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Los demonios que guardan la Catedral
Numerosos relieves, cuadros y esculturas representan la figura del diablo en el templo leonés como una «catequesis viva».
Detalle del ‘Juicio Final’ de Luis de Mongastón —1638—. Se trata de una copia del cuadro de Miguel Ángel que luce en la Capilla Sixtina, dentro de los museos vaticanos de Roma. Los demonios atormentan a las almas que han rechazado
PABLO RIOJA | LEÓN
‘Padre de la mentira’ o ‘príncipe de este mundo’ son sólo algunos de los ‘títulos nobiliarios’ que desde hace siglos ostenta la figura del demonio, uno de los personajes más representados en el arte, la literatura y el cine. Recurrente no hace tanto como elemento para atemorizar a las masas, hoy muchos —incluso dentro del seno de la Iglesia— niegan su existencia real atribuyéndolo a un mero símbolo inventado por el hombre con el fin de representar todas las maldades que atormentan al ser humano. No opinan lo mismo exorcistas como el padre Juan José Gallego Salvadores, el sacerdote leonés que ejerce su labor en la diócesis de Barcelona o el recientemente fallecido Gabriele Amorth cuyas tesis defienden que «la principal victoria del diablo es habernos hecho creer que no existe». Sea como fuere, casi el 100% de los templos leoneses esconden algún ángel caído entre sus muros, aunque la catedral y su museo se llevan la palma.
Esculturas, cuadros, relieves... cualquier elemento servía para «catequizar» sobre el bien y el mal. Y es que, lejos de lo que las creencias populares se empeñan en repetir, «la presencia del demonio en el arte no buscaba atormentar a los fieles sino advertirles de un peligro real que las sagradas escrituras recogen desde el Génesis hasta el Apocalipsis», como recuerda Máximo Gómez Rascón, director del Museo Catedralicio de León y uno de los pocos expertos capaces de detectar la presencia de estos ‘demonios de la guarda’ en las obras de tantos artistas.
Gran parte de los diablos que ‘viven’ en la seo leonesa pasan totalmente desapercibidos al gran público, como una metáfora perfecta de quien desea estar pero sin ser descubierto. Una de las representaciones más recónditas descansa en la sillería del coro. Allí, mientras un fiel confiesa sus pecados, padece la tentación del demonio —que revolotea detrás de él— para que le robe al religioso una bolsa con dinero. Y pocos metros más allá, también en la sillería, aparece la caída de Satán y sus ángeles al infierno momentos después de revelarse contra Dios. Más explícitos son parte de los motivos en piedra que decoran las puertas de San Francisco y la Virgen Blanca, donde con un pequeño ejercicio de paciencia enseguida aparecen estos seres de oscuridad atormentando a las almas que en vida rechazaron la luz.
Pero no sólo los pecadores reciben tentaciones. Si hay algo que deja patente esta particular visita al museo de la catedral es que una de las víctimas favoritas del demonio han sido desde siempre los santos. Desde san Bartolomé —quien según la tradición expulsó al demonio Astaroth de un templo donde éste vivía dentro de una estatua— hasta san Cipriano y sus tentaciones, pasando por santa Cristeta —que se la representa embarazada y portando una vela símbolo de la vida mientras el demonio trata de soplarla—. «Para satanás resulta una victoria más sublime si logra vencer a un santo, que vive por y para dar gloria a Dios, que a cualquier otro hombre», recuerda Rascón.
San Miguel —patrono y protector de la Iglesia— es otra de las imágenes que más pueden contemplarse en el arte catedralicio. «Se le suele representar con una lanza y pisando la cabeza de lucifer, al que trata de frustrar todos sus planes malignos, o bien con una balanza pesando las buenas acciones de los hombres al tiempo que el demonio tira de ella hacia abajo para que sean las malas las que decanten finalmente el futuro de esa alma». Aunque sin duda alguna, el principal enemigo humano de los demonios ha sido desde siempre la Virgen María. «Tenemos varias esculturas y pinturas que evocan a la Inmaculada Concepción y un demonio o dragón de siete cabezas que trata de devorarla». De las muchas joyas pictóricas que decoran las paredes del museo, una de las de más bella factura es el Juicio Final de Luis de Mongastón. Se trata de una copia exacta del que luce en la Capilla Sixtina (en el Vaticano, Roma) y recoge el conocido pasaje bíblico del juicio final, un momento clave para todos los seres humanos que, tras la segunda venida de Jesucristo —según marca la tradición católica—, se verán cara a cara con Dios para dar cuentas de las acciones buenas y malas que cometieron a lo largo de su vida. La sentencia de ese juicio dictaminará qué almas pasan a disfrutar de la eternidad en el Cielo y cuáles deciden hacerlo en el Infierno.
Pese a las múltiples formas que cada artista ha utilizado para representar al diablo en la iconografía a lo largo de los siglos, todos ellos coinciden en una cosa; Dios le vence en toda batalla.