LA OBRA DE GAUDÍ

Un año para celebrar que Botines dura 125

Ayuntamiento de León y la Fundación España-Duero quieren convertir 2018 en ‘el año de Gaudí en León’

El San Jorge cuando fue restaurado. RAMIRO

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León

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verónica viñas | león

Los malos augurios no se cumplieron. La Casa de Botines no sólo no se ha caído, sino que está a punto de cumplir 125 años. El Ayuntamiento y la Fundación España-Duero —que gestiona el museo en que se convirtió el edificio diseñado por Gaudí en marzo— quieren aprovechar este aniversario hacer de 2018 ‘el año de Gaudí en León’.

La idea es que uno de los tres monumentos que Gaudí construyó fuera de Cataluña —además del Palacio Episcopal de Astorga y El Capricho de Comillas— ponga la mirada en León, sobre todo la del potente turismo asiático. El Ayuntamiento se encargará de ‘vender’ Botines en su propia web, en el exterior y como miembro de la Ruta Europea del Modernismo/Art Nouveau European Route, mientras que la fundación creará un ‘carnet de amigos’ que permita el acceso anual a precio reducido de las personas nacidas o empadronadas en esta ciudad.

Lo cierto es que el ‘castillo medieval’ que el arquitecto español más internacional erigió en León, cuesta al año 350.000 euros. Así que el museo, que ya supera los 80.000 visitantes, necesita muchas ideas para hacer rentable el edificio que Gaudí levantó en un solo año, entre 1891 y 1892, como recordó ayer el portavoz del equipo de Gobierno municipal, Fernando Salguero,

Si múltiples obstáculos impidieron a Gaudí concluir el Palacio Episcopal de Astorga, la construcción de la Casa de los Botines —como se la conocía en el siglo XIX— fue todo lo contrario. No hubo problemas de presupuesto, entregas ni cobro. Los empresarios Simón Fernández Riu y Mariano Andrés, propietarios de un comercio de tejidos, encargaron la construcción de un comercio-vivienda al arquitecto catalán.

Con aspecto de castillo burgués nórdico o victoriano, en él no intervino ningún contratista local —a diferencia de Astorga—, sino los constructores catalanes Padrós y Alsina, junto a Juan Munné, autor de una espléndida obra de carpintería, así como Antoni Cantó, artífice de las 365 ventanas —una por cada día del año—. Igual que en Astorga, Gaudí visitaría la obra en muy contadas ocasiones. La lejanía del arquitecto y la modernidad de la obra provocaron una fría acogida entre la población.

Sin embargo, a la indiferencia inicial seguiría la desconfianza y después la admiración. Al elevarse de las esquinas una torres colgantes, que le confieren un aspecto de castillo de cuento, los niños cantaban: «¡La casa de los Botines se cae, se cae...!». Esta misma impresión era compartida por los arquitectos locales, que estaban convencidos de que aquello no podía sostenerse.

Cuando Gaudí se enteró, llegó a anunciar: «Quiero que me envían esas críticas por escrito, para enmarcarlas y colocarlas en el vestíbulo de la casa cuando esté acabada».

También resultó polémica la colocación de la escultura de Sant Jordi matando al dragón, en una pose poco habitual, ya que en la iconografía tradicional San Jorge monta su caballo. El molde se realizó directamente sobre el escultor Lorenzo Matamala Pinyol vestido con una camiseta ceñida por un cinturón. El dragón se copió uno de los reptiles que ya se había utilizado como gárgola en la Sagrada Familia de Barcelona. Dentro de la escultura, en un tubo de plomo, se guardaron testimonios del fin del siglo XIX, monedas y los planos originales, una auténtica rareza, ya que, como explicó en León una de las mayores autoridades en Gaudí, el investigador japonés afincado en España Hiroya Tanaka, este genio empleaba maquetas en lugar de planos.

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El Museo Botines tiene pendiente, precisamente, una exposición de Tanaka, que lleva 40 años dedicado a levantar planos de todas las construcciones de Gaudí. La muestra inédita de Tanaka, experto en los códigos y la simbología de Gaudí, coincide con el 125 aniversario de la terminación de Botines y los 150 años del inicio de relaciones diplomáticas entre España y Japón.