«Sin la palabra seríamos animales estúpidos»
La escritora Francisca Aguirre se alza a los 88 años con el Premio Nacional de las Letras por su «poesía machadiana».
Imagen de arcivo de Francisca Aguirre Benito. ISMAEL HERRERO
miguel lorenci | madrid
Francisca Aguirre Benito (Alicante, 1930), Paca para todos, es la última ganadora del Premio Nacional de las Letras Españolas, concedido cada año por el Ministerio de Cultura y dotado con 40.000 euros. Es el segundo gran premio institucional que recibe esta poeta de alma limpia y verso claro, a quien llena de orgullo que el jurado destaque la «clarividencia machadiana» de su poesía. Viuda del poeta y flamencólogo Félix Grande, hija del pintor Lorenzo Aguirre «a quien mató Franco», a esta bondadosa y vitalista poeta le indigna «todo lo que tenga que ver con el dictador». Y desde luego que sus restos permanezcan en el Valle de los Caídos. El jurado celebró su poesía como «la más machadiana de la generación del medio siglo». La sitúa «entre la desolación y la clarividencia» y entre «la lucidez y el dolor». Seduce al lector «susurrando, más que diciendo palabras situadas entre la conciencia y la memoria», según destacó el acta.
«Agradezco de corazón que digan que mi poesía está cerca de la de Machado», se ufana Aguirre. «Es mi eje, mi príncipe azul, mi norte. Es un pensador muy real, dueño al tiempo de una imaginación deslumbrante», dice de Machado. «Para mí, como para Félix Grande, Machado condensa esa mezcla extraña de cultura, cabeza y pensamiento bien entendido», plantea. Pero destaca «sobre todo que se ocupara de los demás». «La conciencia que nos deja de que el otro es importante, de que no se puede vivir sin pensar que los demás sufren, se alegran y mueren como todos, es lo que más alegría me da», resume risueña al otro lado del teléfono.
Ganadora del Premio Nacional de Poesía en 2011 con Historia de una anatomía , que le dio antes el premio Miguel Hernández, el Nacional de las Letras es el galardón más relevante de su carrera. Pero confiesa tener «una sensación curiosa ante el premio». «Que se lo den a una mujer es una alegría para todas; algo muy bueno, y con ellas lo comparto» asegura. «Han necesitado tanto tiempo para darse cuenta de que la mujeres, además de leer y escribir, cometíamos esa cosa rara que es pensar, que de pronto nos den premios así comienza a ser algo natural», ironiza. «Galardones como este ayudan a pensar a las mujeres que lo imposible es posible y eso ha sido la primera alegría», dice.
Es hija del pintor Lorenzo Aguirre, «un hombre muy culto, un pintor extraordinario y un intelectual de enorme valía a quien mató Franco», se duele. Explica cómo su progenitor compartió celda con Miguel Hernández y fue fusilado por los franquistas en 1942. «Me indigna todo lo que tenga que ver con el dictador» repite Paca Aguirre, que dedicó a su padre los poemarios Trescientos escalones e Historia de una anatomía .
«La poesía me ha dado todo lo que he podido arrancarle», agradece esta «fanática de la lectura».
Poesía eterna
Machado es su dios, pero se confiesa también rendida admiradora de César Vallejo, Garcilaso, Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, «a quienes he leído hasta caerme». «La poesía, tan eterna como el teatro, tiene la misma mala salud de hierro que garantiza su vida inagotable», señala. «El poema es un regalo que no sabes por qué te hace la vida. No quiero ser presumida ni pedante, pero he tenido la suerte de adorar la música y la palabra desde muy niña». «Mi familia no tenía un duro pero disfrutaba de la música. Y luego llegó el regalo de la palabra, que es el contacto con los otros y la materia del poema», señala. «Sin la palabra seríamos unos animales estúpidos, mucho más de lo que lo somos ahora», asegura recordado «como en casa leíamos en voz alta a Vallejo, Cernuda o Neruda».
«Me gusta que a al gente le guste lo que escribo», se ufana a renglón seguido. Se acordó «mucho» de su difunto marido, el poeta Félix Grande, «pero le dedico el premio a mi hija Guadalupe que está muy viva y coleando». «Su padre me dio una doble alegría: me permitió aprender de su grandeza como poeta y me regaló esta hija maravillosa», se felicita antes de tomar con ella, también poeta, «un vinito para celebrar el premio». Atleta de fondo en la poesía, debutó en 1971 con Ítaca, versos que merecieron el premio Leopoldo Panero. Entonces ya era una adulta que se movía con ritmo de perezoso el mundo de la creación. Tardó «muchísimo tiempo» en darle el visto bueno a aquel poemario. «Mareé la perdiz hasta que creí que siete años después estaba suficientemente adobada», bromea. Ha mantenido desde entonces ese lento caminar en búsqueda de una voz poética propia».