Adiós al último emperador del cine
Fallece a los 77 años el director italiano Bertolucci, que en su filmografía supo fundir compromiso político e imágenes.
Imagen de archivo del director italiano Bernardo Bertolucci en el Festival de Venecia. CLAUDIO ONORATI
oskar belategui | bilbao
«Sigo tratando de reinventar el cine con cada película que hago. Y no estoy solo», declaraba Bernardo Bertolucci a este periódico en 2003, cuando presentó en el Festival de San Sebastián Soñadores , una película en la que, de nuevo, reivindicaba la vigencia de la utopía. Antiguo discípulo de Pasolini, autor de crónicas del desencanto adolescente, de historias freudianas de perfiles operísticos y de suntuosos frescos históricos, Bertolucci fue un lobo solitario que se defendió con uñas y dientes del orden cinematográfico mundial impuesto por Hollywood. El último maestro del cine italiano ha fallecido este lunes a los 77 años en su casa del Trastevre romano.
El personaje Bertolucci, resume el diario italiano La República , fue «poeta, documentalista, director, productor, polemista, autor por excelencia del cine italiano, estrella del cine internacional». Su coherente trayectoria representa un resumen del pensamientos activo de las cuatro últimas décadas: el paso del intelectual y visceral de los 60 al nuevo pensador conformista, estratégico y multimedia del siglo XXI. En los albores de su carrera profetizó: «Sé que voy a hacer un cine no religioso, laico, burgués y de conciencia desdichada». Acabó ganando nueve Oscar con El último emperador’
Comprometido con la izquierda
Pequeño burgués nacido en 1941 en Parma y criado a la sombra de un padre poeta y crítico de cine, Bertolucci siempre supo combinar unos ideales comprometidos con la izquierda y una actitud desconcertante en relación a su actividad artística. Su variopinta filmografía ha tenido como nexo en común el interés constante por la política y la historia. El gusto por la caracterización psicológica de los personajes sin recurrir a los tópicos psicoanalíticos al uso y su cinefilia empedernida marcan asimismo películas que no son meros vehículos ideológicos, sino recreaciones intencionadas de una realidad manipulada con sabiduría. El entramado político sentimental que constituyó el telón de fondo de su primera etapa —Antes de la revolución , La estrategia de la araña , El conformista— dio paso a algo así como el cine de arte y ensayo para amplias minorías. El último tango en París , en 1972, encerraba en un piso parisino a dos amantes que se dejaban la identidad en la puerta. Ni siquiera sabía uno el nombre del otro. Un viudo desesperado y una veinteañera hipnotizada se entregaban sin condiciones en una obra maestra sobre el vacío y la desolación, que la censura española convirtió en hito de la memoria colectiva del tardofranquismo: sus secuencias de sexo (entonces se decían que eran reales) obligaban a ir en procesión morbosa a San Juan de Luz y Perpiñán.
Novecento (1976) demostró la ambición desmedida de su autor, que empleó 18 millones de dólares en trazar un fresco épico, social e histórico de la historia de Italia en el siglo XX a lo largo de casi seis horas.
Los críticos más pazguatos se quedaron solo con la lucha de clases, representada por la historia de amistad entre un terrateniente y un campesino nacidos el misma día (Robert de Niro y Gérard Depardieu). Un melodrama trufado de escenas memorables construido sobre la oposición de dos mundos, el campesino y el burgués, y que fundía la forma operística propia de Verdi (el filme se dividía en dos actos) y el teatro didáctico: la música de Morricone y las banderas rojas lograban que el público saliera del cine henchido de orgullo obrero.
A principios de los 80, Bertolucci encontró irrespirable el aire de Italia, asqueado del hedor a corrupción. Y partió hacia países en los que, según confesión propia, «todavía no hubiese llegado el consumismo»: China, Magreb, Nepal, Bután...
El cine de Bertolucci supo pronto desembarazarse de sus referentes y enfrentarnos al espejo de nuestras miserias morales e históricas, ya sea un chaval heroinómano enamorado de su madre en La luna o un fascista que no duda en envilecerse para medrar en El conformista . «Vivo obsesionado por el miedo de llegar a realizar solo la imitación de mí mismo», reconocía a este periodista en 2003. «He amado a demasiados directores que, en cierto momento, han empezado a hacer la misma película y a repetirse una y otra vez. El manierismo de uno es el final». La Italia de Salvini se quede más huérfana todavía.