Diario de León

Cuando el Corral de Villapérez se hizo Instituto

Los pupitres de San Marcos. Trae más consecuencias errar una vez que acertar ciento. Después de haber permanecido siete cursos en el convento de San Marcos, el Instituto Provincial de León hizo mudanza, decisión que hoy puede calificarse de desacertada.

Alumnos en el laboratorio del antiguo edificio de los escolapios en el Corral de Villapérez. ARCHIVO

Alumnos en el laboratorio del antiguo edificio de los escolapios en el Corral de Villapérez. ARCHIVO

Publicado por
PEDRO VÍCTOR FERNÁNDEZ
León

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Fue en el verano de 1855 y contaba con 8.000 reales concedidos por el Ministerio de la Gobernación —del que dependía— para costear el traslado. Previa subasta para levantar los entarimados de las cátedras (aulas), transportaron sus enseres y los montaron en el antiguo convento de los Padres Escolapios, una propiedad del Ayuntamiento que cedía al centro. El Instituto quedaba así instalado dentro del recinto amurallado, en un edificio rectangular de plano geométrico, provisto de tres plantas, baja, principal y superior, construido en 1770, de 1.016 metros cuadrados.

Mariano D. Berrueta, que padeció las deficiencias de la nueva sede en el s. XX, nunca aprobó el cambio: ««El error costó al Instituto no pequeña penitencia de vivir desde octubre de 1855 hasta junio de 1918 en pésimas condiciones, y acabó por costar al Estado un millón de pesetas para construir el nuevo –y tercer- edificio»».

Situado en una calle de no más de cuatro metros de anchura, la conocida como Corral de Villapérez, tenía una galería de 31 m. –su mejor dependencia, según testimonios- donde esperaban los alumnos a sus respectivas asignaturas. El patio, de 31x12 m., tampoco reunía requisitos, con perímetro de tapial, hundido con respecto a la calle, provisto de un pozo negro y retretes abiertos al mismo, rodeado de casas también de tierra prensada. Para entrar al edificio había que bajar un gran escalón, indicio del grado de humedad que debió de sufrir su planta baja. Los pasillos, de baldosas, recibían tímidamente la luz a través de puertas y ventanas. Allí colocaron –se lamentaba Berrueta- a 100 alumnos en cátedras cuya capacidad era para 40. Tal vez el catedrático exageraba un poco la nota, porque el alumnado oficial no llegaba a 200.

Cinco años después se pavimentó la calle y se pensó en la ampliación del edificio con una casa aneja y otra del marqués de Salvatierra. El proyecto fracasó. Al parecer, el marqués vigilaba de cerca sus negocios y quería que en el lote de expropiación de las fincas entrara también la iglesia parroquial, enclavada en su propiedad.

Resignados a aquel caserón, las reparaciones constituyeron una sangría económica constante. Además, tras 1860 contaban con dos cátedras nuevas, las de Agricultura y la de Dibujo Lineal y Adorno, ascendiendo la matrícula oficial a 183 alumnos. No llevaban ni diez cursos en el caserón de los escolapios cuando la Diputación Provincial —institución que corría con casi la totalidad de los costes— se vio obligada a aprobar nuevos arbitrios para el sostenimiento del centro, en concreto 24 maravedíes por cántaro de vino procedente de fuera de la provincia, que se consumiera en la capital, sustituyéndolo así a la sobrecargada carne (2 maravedíes por arroba).

Edificio maltrecho

Los bebedores de pitarras gallegas o castellanas apuntalaban con su querencia etílica el maltrecho edificio. Dos años antes, el arquitecto provincial, Francisco Julián Daura, había agotado el presupuesto del centro al emplear 11.700 reales en arreglos de fachada y entrada principal, además de la construcción de cimbras en puertas y ventanas. Adecentar el edificio era, sencillamente, una pretensión sin fundamento y el presupuesto quedaba siempre agotado por las reparaciones. Había, además, que pagar a los profesores, los subalternos, el personal auxiliar y los materiales educativos. La plantilla estaba constituida por 11 catedráticos, 2 auxiliares, 1 conserje, 1 portero, 1 administrativo y 1 mozo de aseo.

Fachada del desaparecido edificio de los escolapios. ARCHIVO

Fachada del desaparecido edificio de los escolapios. ARCHIVO

Un ejemplo de aquellos dispendios lo constituye el curso 1866-67. Gastos totales: 142.800 r.eales ingresos por derechos académicos: 25.000 reales; déficit que tenía que cubrir la Diputación leonesa: 117.800 reales, o sea, el 82,4%. Los caudales se custodiaban en un arca de 3 llaves, de las cuales una estaba en manos de la junta inspectora, otra del director y otra del secretario. ««Verdad es –señalaba el secretario- que siempre resultan poco menos que inútiles todos los gastos que se hagan para reformar este vetusto edificio, miserable y raquítico, y mejor sería pensar en la construcción (de uno nuevo) a las necesidades, cada día más crecientes, de la enseñanza, al decoro de la misma y al de la provincia de León»».

Pero la educación es poder. Quien enseña ejerce un control sobre el grupo y los políticos del Estado liberal mantenían los institutos como correas de transmisión de su poder en provincias. La máxima, aunque en escrita, se resumía en un bajo presupuesto, pero una misión elevada. Los catedráticos oscilaban ideológicamente entre neocatólicos y krausistas, así que tratarían de inocular en sus pupilos criterios universales unas veces y particulares otras.

Grandes acontecimientos

Bajo el tejado de aquel caserón, que amenazaba ruina, el centro vivió acontecimientos nacionales de marcada carga política, como la expulsión de Isabel II, la I República federal, el regreso de Alfonso XII, la pérdida de Cuba, la Guerra de Marruecos o el asesinato de Canalejas. Sabemos que en 1868 se retrasó el comienzo de curso por los hechos de septiembre y que la libertad de enseñanza trajo consigo una relajación en los exámenes, que los catedráticos se fueron imbuyendo de diferentes ideologías y que varios de ellos se negaron a jurar la Constitución de 1869. Debieron de existir tiranteces en el claustro entre sectores encontrados.

La unidad de doctrina se quebró definitivamente en la Restauración y de las sombrías aulas del Corral de Villapérez fueron saliendo alumnos con futuro prometedor, hijos de la élite local y provincial que ocuparían los puestos principales en la Administración y las empresas, además de prometedoras profesiones liberales: J. Crisóstomo Torbado, Emilio Menéndez Pallarés, José Nogales, Julio Eguiagaray Mallo, Publio Suárez Uriarte, Agustín Alfageme, Moisés Panero, César Pérez de Santiago… En 1887 las Cortes aprobaron una disposición que aliviaba el esfuerzo económico de la Diputación leonesa. El pago de nóminas del profesorado de segunda enseñanza correría a cargo del Estado, cuestión que el ministro Montero Ríos aplicó de inmediato por tratarse de una vieja reivindicación del gremio docente.

León tenía alumbrado de quinqués de petróleo y las nuevas tecnologías se abrían paso en las estancias más necesitadas. En 1888 se instaló alumbrado eléctrico en algunas dependencias y había calefacción de carbón en las cátedras. La electricidad llegó primero al aula de dibujo, con 8 lámparas de 10 bujías cada una y dos bujías más para alumbrar claustro y portería. Convivieron durante muchos años viejas y nuevas fuentes de energía, sin que las últimas acabaran de desplazar a las primeras. De hecho, el viejo caserón nunca tuvo agua corriente.

Antes de acabar aquel siglo, la escalera principal comenzó a hundirse —metáfora local, tal vez, de la crisis finisecular—, provocando la alarma en la ciudad. El edificio se volvía más lóbrego por momentos, los libros permanecían en armarios con alambradas y el conserje criaba, como suplemento a su mísero sueldo, gallinas y conejos en el patio. También se tambaleó la techumbre del observatorio meteorológico, conocido por todos como el Gurugú, referencia al monte legendario junto a Melilla.

La visita de Romanones

La paciencia —hija de la resignación colectiva— obtuvo frutos después de casi medio siglo y el 29 de mayo de 1901 visitaba el centro el ministro del ramo, conde de Romanones, que declaró lo que era evidente: ««Si el contenido es bueno, el continente es muy malo». Aquella visita institucional supuso el germen de un nuevo y magnífico edificio. El claustro nombró con prisas una comisión para solicitar apoyos de sociedades, instituciones y corporaciones leonesas y el remoto sueño colectivo fue tomando cuerpo.

Resultó decisivo el impulso de los diputados Fernando Merino, Antonio Molleda y Gumersindo Azcárate. En 1904 quedó aprobado el concurso abierto para la construcción de un nuevo edificio, está vez ubicado en la antigua plaza del ganado, en la calle Ramón y Cajal. Se había aprobado el proyecto de los arquitectos José Luis de Oriol y Emilio Gª. Martínez, destinado al que sería Instituto General y Técnico de León, con un presupuesto de 740.626,35 pesetas y que se estrenaría en 1918. Pero esa es otra historia…

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