Diario de León

Luis Mateo: «El humor es un elemento de lucidez»

Una semana cervantina. El día 23 el escritor leonés Luis Mateo Díez recibe el premio Cervantes en Alcalá de Henares. Dos días después, llega su nueva novela, ‘El amo de la pista’, y un fotolibro sobre sus recuerdos, ‘Los días y las cosas’.

El escritor leonés y premio Cervantes Luis Mateo Díez, que publica otra novela. BENITO ORDÓÑEZ

León

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—La ‘semana cervantina’ incluye actos todos los días, ¿es muy sacrificado ser premio Cervantes?

—Como es algo que complace tanto, tan importante y tan agradable, se sobrelleva sin sacrificio. Toda la organización que hay alrededor es muy buena.

—También este mes sale su nueva novela, ‘El amo de la pista’, ¿de qué trata?

—Sí, es una coincidencia, porque la novela estaba programada por Alfaguara para abril. Es una fábula sobre la mistificación. Es la historia de uno de esos personajes míos, un chico huérfano, que vive un tanto desamparado. Es un joven propicio a que lo líen. También hay un personaje que llega a la ciudad y viene a buscarlo para una gran aventura en la que hay acontecimientos que cambiarán su vida y casi el destino del mundo. Es una fábula sobre alguien que cae en manos de un gran mistificador. Tiene un punto humorístico y realista y misterioso.

—¿Qué podemos hacer con esos grandes mistificadores?

—La fábula tiene una lectura más allá de ese tono de aventura estrambótica. Por debajo es una fábula sobre un mundo en el que vivimos donde hay gobernaciones que tienen poco respeto con lo que somos. Habla de nuestra fragilidad, de esa extraña situación que tenemos un poco los seres humanos de que nos lleven, nos traigan, nos malvendan y, en algún sentido, nos pierdan.

—El Instituto Cervantes publica el día 25 el fotolibro ‘Los días y las cosas’...

—Es de Lisbeth Salas, que es una extraordinaria fotógrafa que hace este tipo de libros. Es una mirada sobre mis recuerdos, pero visto por ella, con una dimensión gráfica y poética. Es muy interesante. He hecho un trabajo con ella que me ha resultado muy grato.

—Le han fichado como pregonero de la Feria del Libro de Valladolid...

—Sí, me requirieron hace tiempo. He ido mucho a la feria de Valladolid y tengo buena amistad con el gremio de libreros.

—¿Le ha cambiado la vida desde que le concedieron el Cervantes?

—Se me ha complicado un poco. Me ha traído muchísimos requerimientos y colaboraciones con toda la parte de celebraciones. Hay muchos actos en Alcalá; también una exposición. Digamos que he suspendido mi rutina de escritor.

—El cartel del Día del Libro lo ha ilustrado Luci Gutiérrez inspirado en su frase: ‘Vivo contando y cuento viviendo, la ficción es una parte imprescindible de la existencia»....

—‘Vivo contando y cuento viviendo’ sería el posible título del discurso que tengo que dar en la recepción del Cervantes. Resume, como metáfora, la idea de alguien que vive en lo imaginario y que al contar alarga o expande o hace más intensa su vida.

—¿Cuántas novelas tiene en el refrigerador?

—No las contabilizo para no asustarme. Tengo asumida mi condición de escritor prolífico y tengo muy determinado el mundo y el territorio donde se desarrollan todas mis historias, esa provincia innominada, las Ciudades de Sombra,... como me muevo con libertad por ese territorio que surgió de la necesidad de ser propietario de él, surgen muchas historias. Soy consciente de que mi obra puede acabar teniendo —si prospera— una totalidad integradora. Toda estaría luego en un tapiz en el que mis novelas tendrían un sentido unitario. Tengo la conciencia de que lo que voy escribiendo y las novelas que refrigero son partes de esa totalidad, aunque, obviamente, tienen una cualidad por sí mismas cada una. Tengo un destino de escritor póstumo, no de un escritor que gane la posteridad.

—¿Cuánto hace que no pisa el territorio real de Celama (el Páramo)?

—Hace dos años estuve con mi hermano Antón y con Vicente Díez, un gran amigo que vive allí. Hicimos un viaje bastante completo por todo el Páramo. Ese territorio real del que salió Celama, del que tengo un gran débito, se ha ido transformando, ya no es árido. Ahora parece que estás en la campiña francesa, con los resultados del regadío. Me encanta ahora este Páramo verde.

—¿Cuál es su compromiso como escritor?

—Estar comprometido y ser responsable conmigo mismo. Más allá de mis ideas y de mi concepto de la condición humana, mi compromiso es más interior, con el novelista que soy. No perder el reto de escribir con mucha ambición —ser en eso lo que no soy en la vida— y usar la escritura y mi imaginación para que ese mundo literario no decaiga y sea cada vez más potente. Y que pueda haber un momento que, si siento que hay repetición, sepa retirarme.

—¿Y cuál es su compromiso como ciudadano?

—La gente de mi generación, que padecimos tanto el franquismo, que es una de las cosas más terribles de nuestra vida, esos 40 años imperdonables, tenemos derecho a un tipo de exigencia que no nos haga conformistas y, desde luego, que no nos sometan a polarizaciones. En el mundo en el que estamos gobernados, que no deje de haber ejemplaridad. Los ciudadanos tenemos derecho a exigir que se entiendan quienes nos gobiernan. Que sean cuidadosos los amos de la pista.

—¿Qué piensa sobre lo que está pasando con la Ley de Memoria Democrática?

—Sería parco en decirlo. No entiendo mucho que se legisle sobre la memoria. Respeto total, pero no me hago a la idea de que la memoria sea legislable. Lo único que sé es que el Estado debería contribuir, a través de reglamentaciones, a que la gente pueda recabar su pasado, sus muertos y la manera de encontrar lo que nos robaron y se perdió. Y que el Estado ayude al que tenga la necesidad de recuperación de los seres perdidos y masacrados de una forma tan terrible. De legislación no entiendo. Hay que tener un sentido serio del pasado. A lo mejor, una memoria histórica es una terminología más abierta y menos comprometedora.

—¿Qué le diría a un negacionista?

—Nada. Que entendiera que ese tipo de actitudes son absolutamente inadecuadas, impresentables, injustas y mentirosas. El negacionismo, como actitud, me parece penoso.

—¿Le preocupa una sociedad manipulada por las ‘fake news’?

—El mundo en el que vivimos es hijo del progreso y en las sociedades desarrolladas como la nuestra, con todas las contradicciones, vivimos en los mejores tiempos. Es verdad que esta sociedad tan llena de innovaciones tecnológicas tiene muchas complicaciones y es algo que hay que saber digerir; también hay que saber mantener una administración adecuada de todo lo que tenemos.

—En las últimas novelas ha explotado su vena más humorística. ¿El humor es una tabla de salvación?

—El humor es un elemento de lucidez. Es, probablemente, una de las invenciones humanas más honorables para dar una medida relativizadora de todo lo que nos sucede y para tener una conciencia de lo ridículos que podemos llegar a ser. Desde el humor se pueden obtener buenos espejos para que nos miremos y sepamos cómo somos y entendamos lo que nos pasa. El humor es un don misterioso, que se tiene o no. Administrar bien el humor es difícil, pero es muy gratificante. Hay que distinguir entre el buen humorismo y los graciosos.

—Es académico de la RAE, premio Cervantes, ¿tiene más ambiciones?

—No. Todas mis ambiciones son literarias, están en el ámbito de la creación. Cuando era joven decía que escribía para la eternidad, lo cual era algo fatuo y estúpido, pero era una manera de marcarme cierto punto de ambición creadora. En lo otro, en lo que la literatura te da, en el relieve social, en los reconocimientos, me han ido llegado de manera exageradamente generosa y los he aceptado bien y no han realimentado mi ego. En ese terreno, a lo único que aspiro es a la tranquilidad.

—Cumplidos los 80, ¿qué ve cuando vuelve la vista atrás?

—Siento calma y siento mucho las ausencias y las desgracias que uno ha tenido en la vida. Sí tengo también cierta pesadumbre en el sentido de que un octogenario está en una edad anciana y la vejez no es muy gratificante, tiene muchos deméritos y hay que entenderlo así. No podemos engañarnos en que la vejez, como la edad de la experiencia, es la posibilidad de llegar a un periscopio extraordinario. En la vejez hace falta paciencia.

—¿La literatura le compensa la vida?

—Sí, sin duda. Tengo vendida mi alma al diablo desde hace muchísimo tiempo. Le vendí al diablo todo lo que supone de aprecio de la vida real, en contraste con lo que sería la exuberancia de una vida imaginaria fuerte y poderosa, esa idea un poco estrafalaria de que escribiendo mis novelas y leyendo novelas accedo a otra realidad con mayores posibilidades de lucidez y de entendimiento de las cosas. El arte está atado a la vida, no es un asunto elitista, ni un adorno, es un elemento crucial para que la vida sea más intensa y más hermosa.

—¿No cree que la realidad se parece cada vez más a esas atmósferas y a esos personajes atribulados que pueblan sus novelas?

—Mis personajes son seres un poco atrabiliarios, que viven unas situaciones de extravío y de dolencia personal, pero tienen un punto entrañable. Son muy literarios. Lo que ocurre es que en los personajes literarios y dramáticos siempre hay un reflejo, a veces oscuro o a veces nítido, de la realidad. Los seres humanos somos unos bichos extraños, curiosos, misteriosos, raros y para conocernos necesitamos mirarnos en muchos espejos. El que se mire en los espejos de mis personajes espero que encuentre algo que le ayude a comprenderse a sí mismo.

—Decía ayer el director León de Aranoa que las películas se escriben desde la indignación y el enfado con la realidad. ¿Te pasa igual con la literatura?

—No, en absoluto. No escribo con enfado, sino para ir más allá de lo real y para que lo imaginario me ilumine y de intensidad a lo que le pido a la vida.

—Dentro de la semana cervantina hay un acto en el que hablará sobre ‘Repensar el mundo’. ¿Qué hay que cambiar?

—Es un reto que tengo y todavía tengo que hacer un ejercicio personal para aportar algo a esa reunión. Intentaré contar algo de mi experiencia personal y de la experiencia de escritor y de lo que el arte sirve de contribución para que en el mundo haya más complejidad y más posibilidades de entendimiento de uno mismo y de entendimiento con los otros.

—La entrega del Cervantes tiene muchas liturgias, ¿cómo lo lleva?

—Tiene un ceremonial que hay que aceptar, con la presidencia de los reyes, discursos académicos y un público cercano y de amigos. Lo asumo. Hace casi veinte años ingresé en la RAE y había un ceremonial bastante ritualizado. Vestiré mi chaqué e iré allí a ver lo que pasa.

—¿Ya tiene el discurso?

—Sí, titulado, terminado y entregado. Existe la costumbre de mantenerlo en secreto hasta que subes al púlpito.

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