EL GRAN PIONERO

El primer director de cine ‘Bien de Interés Cultural’

Ignacio Francia publica un libro sobre Leopodo Alonso, pionero del documental en Castilla y León con ‘Canal de Castilla’

La Filmoteca de Castilla y León lleva a cabo un trabajo fundamental para la recuperación de documentos audiovisuales. david arranz

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césar combarro
SALAMANCA

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Fue pionero de tantas cosas…». Es frase suspendida en el aire de la directora de la Filmoteca de Castilla y León, Maite Conesa, resume a la perfección el espíritu que embriagaba al inquieto salmantino Leopoldo Alonso (1877-1949), «uno de los grandes creadores del lenguaje documental visual del siglo XX». Apasionado aviador, abogado arrepentido, prestigioso fotógrafo, periodista, corresponsal de guerra, operador de cámara, cuentista y entregado documentalista, fue ante todo un «hombre de aventura» entregado a mil y una causas que el periodista Ignacio Francia recoge ahora en su libro Leopoldo Alonso y la aventura de la imagen (Filmoteca de Castilla y León, 12 euros), la primera monografía dedicada al primer director de cine salmantino y, probablemente, también de Castilla y León.

Su película El Canal de Castilla (1931) fue en 2020 la primera de todo el cine español en conseguir la declaración como Bien de Interés Cultural, y cuando desde la Dirección General de Patrimonio de la Junta se empezó a recopilar toda la información necesaria para incoar ese expediente, en la Filmoteca regional confirmaron que Leopoldo Alonso era «muchísimo más desconocido» de lo que pensaban de antemano.

Ya en los tiempos con Juan Antonio Pérez Millán al frente de la institución, el añorado gestor había intentado sin éxito animar al periodista Ignacio Francia a que emprendiera una investigación en torno al primer cineasta charro. En la preparación de su libro Salamanca en el cine (2009), Francia había recuperado algunas de las menciones que hubo en la prensa de la época cuando se estrenó Salamanca (1929), la primera entrega que Alonso dirigió con su productora Información Cinematográfica Española (ICE) dentro de la serie Estampas españolas, considerada por el periodista como «el antecedente del No-Do». Sin embargo, «no existían más fuentes a las que recurrir para profundizar, porque los historiadores no se habían ocupado de él», apunta.

La situación dio un giro inesperado poco después, cuando el sociólogo Javier Alonso Torrens, amigo personal de Francia, leyó Salamanca en el cine y sorprendió al autor al confesarle que Leopoldo Alonso era su abuelo. «Ahí llegó la luz. Fue un punto de partida porque nos permitió encontrar un camino abierto para explorar todo lo que pudo representar aquel hombre», comenta Francia, que cuando años más tarde comenzó a trabajar en el libro, tuvo acceso a toda la correspondencia que la familia conservaba de los años en los que el abuelo les escribía desde Madrid, mientras ellos estaban en Ciudad Rodrigo.

Yo sabía que me iba a meter en un entresijo de situaciones, que sería una investigación larga y que era imposible saber por dónde saldría. Antes de dedicarse al cine, Leopoldo Alonso había sido un gran fotógrafo, uno de los ocho o diez fotógrafos más reconocidos de la época, a la altura de los Campúa, Alfonso, Díez Canseco, etcétera, pero ni siquiera sabíamos cuándo y dónde había comenzado a publicar esas imágenes, y había que rastrearlo. Así, buceó entre miles y miles de hojas de semanarios de aquellos años, y entre otras sorpresas pudo encontrar su firma en publicaciones como la revista Summa, donde publicaban los grandes intelectuales de la época, desde Ortega a Unamuno, pasando por Valle-Inclán o Pérez de Ayala. «Le encomendaron la sección de Deportes, y lo que hizo estaba en consonancia con la altura del resto de personas que allí escribían. Su primera colaboración la dedica a defender la aviación como deporte y demuestra por qué es un deporte. Era un nombre singular y te lo encontrabas en sitios donde a priori nunca pensabas que podría estar», señala el autor.

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Francia recalca que Alonso se diferenciaba del resto de grandes fotógrafos del momento por su cultura. «Había estudiado Derecho y pudo ser un gran abogado e incluso un gran político, porque su padre consiguió trabajo en el despacho de Maura; pero él buscaba otra cosa y fue así como llegó a la prensa. Luego, con el paso de los años, se animaría a escribir».