Diario de León

PRESENTACIÓN LITERARIA

Antonio Manilla: «A la literatura hay que llegar ya querido de casa»

Antonio Manilla (León, 1967) presenta este miércoles (19.30 horas) en la Sala Región del ILC su nuevo poemario 'Lo que deja de verse en el fulgor'

Antonio Manilla presenta hoy a las 19.30 horas su nuevo poemario en el ILC, acompañado de Avelino Fierro y Diego Gutiérrez.

Antonio Manilla presenta hoy a las 19.30 horas su nuevo poemario en el ILC, acompañado de Avelino Fierro y Diego Gutiérrez.f. otero

Pacho Rodríguez
León

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Pone de acuerdo al mundo literario, algo que no es fácil. Antonio Manilla es un poeta 10 como nota imaginaria de reconocimiento que ahora presenta su décimo poemario. Vivió esos tiempos que también de vez en cuando se dan en el mundillo cultural cuando se llega a decir de alguien: es el autor de moda. Y eso, que está muy bien puede dar el miedo a que más dura será la caída. Pero no ocurre con este leonés de Cármenes que ahora vuelve con Lo que deja de verse en el fulgor (Colección La cruz del sur, en Pre-textos) y que este miércoles, 19 de febrero, presenta a las 19.30 en la Sala Región del ILC con los comentarios de Avelino Fierro y la música de Diego Gutiérrez.

Hasta aquí llegaría el elogio o el afecto buscado, porque ya el propio Manilla asegura que «pienso que cada escritor tendrá sus motivaciones para escribir, que tampoco tienen que ser las mismas que para publicar. Yo alguna vez dije que ‘escribo para saber quién soy’, y no me he movido mucho de esa idea a lo largo de los años. El autoconocimiento a su vez lleva implícito el de nuestro alrededor, porque no somos burbujas separadas de los otros sino seres que vivimos en sociedad, conectados y hasta interconectados electrónicamente. A la literatura, igual que ocurre con el trabajo, a mí me parece que ya hay que ir querido de casa», asegura. Así que hablemos de su libro: «Lo que deja de verse en el fulgor surge, como todos en mi caso, a partir del momento en el que tengo un puñado de poemas que me parecen presentables en público, que luego hay que poner en vecindad dentro del formato libro mediante cierto trabajo compositivo, casi diría arquitectónico, porque su objeto consiste en dar una armazón al libro que sostenga la lectura. Pero también es cierto que llega tras una antología de mis anteriores veinticinco años de poesía, Lenguas en los árboles (Averso), que me ha hecho replantearme algunas cosas. Releerse es un ejercicio tremendo: ves fallos infantiles, encuentras soluciones mucho mejores que no se te ocurrieron en su momento, en fin, al final es un acicate importante para plantearse cosas en positivo. Podría compararse a esas tres mudanzas de domicilio que se suele decir que equivalen a un incendio porque se van extraviando enseres durante los sucesivos traslados».

Así, si entre traslados e incendios pasa la vida y cambian los tiempos, la creación como cultura es a veces avanzadilla de lo que se avecina. Acerca del lugar que ocupará la poesía, o que ocupa, lo que parece claro es que mucho debería cambiar la tendencia para que Antonio Manilla no estuviera en este presente y futuro. El papel ya es otra historia, porque señala que «si a estas alturas no hemos definido aún el papel de la poesía en el mundo, difícilmente vamos a hacerlo ahora. Hay cientos de teorías, casi cada estética nueva ha enunciado la suya. En el mundo, últimamente también estamos viendo cómo se enuncian políticas que se quieren hacer pasar por novedosas pero que en realidad son los mismos collares de siempre en distintos perros. No sé si poesía, pero cierta sensibilidad humana nos vendría bien. A paladas», afirma y reclama.

La panorámica general combina a la perfección con ese paisaje interior de Manilla, en donde siempre queda claro que no hay opción a la complacencia o un supuesto y salvador piloto automático: «Totalmente de acuerdo, nada más ajeno a la poesía que el piloto automático. La escritura poética es caprichosa, voluble e imprevisible. No importa el oficio o la maña que hayas desarrollado, una de las características del poema es que siempre puede ser el último. Aunque, como decía Picasso, cuando la inspiración llegue, que me pille trabajando. El trabajo del escritor es sobre todo leer, trastear de cuando en cuando, y escuchar, escuchar mucho y en todas partes. Es una labor de nutrición constante».

Lo que sí está claro es que no rehuirá al lector, al que lee con espíritu crítico, en esa búsqueda en la que hay que aceptar la contradicción de no someterse a la aceptación pero tampoco andar por el mundo como un escritor asilvestrado. Sobre esa mezcla de compromiso, el autor juega a la duda de si busca al lector: «No y sí, ambas cosas. No en cuanto al tratamiento de esos temas que algunas veces se ponen de moda. Ahora podrían ser las pérdidas de seres amados, la maternidad y una visión radicalmente femenina del mundo, asuntos que quien haya ejercido de jurado en premios de poesía puede dar fe del carrete que tienen. Pero tampoco olvido esto que decía Julio Llamazares: 'Escribir para uno no es escribir, es pensar'. Seguramente el primer objetivo del lenguaje es la comunicación. El poema es un artefacto de ficción, no un objeto sino un sujeto, activo en el sentido de desarrollar una acción sobre el lector, y por lo tanto aspira a actuar de alguna manera sobre él. Creo que era Conrad quien sostenía que la persuasión es el objetivo de la literatura».

Las reflexiones de Manilla llevan a la conclusión de que la mejor respuesta es la nueva pregunta. Y llevan a apuntar, por ejemplo, que «Andrés Trapiello sostiene que siempre se está escribiendo el mismo libro, aunque no los mismos poemas, y tiene mucho de cierto». O que «si me pides un poema que me parezca perfecto, te doy uno de un solo verso, un endecasílabo de un poeta vivo, José Luis García Martín: Vuelve el sol. No sabe que te has ido. Atrapa en once sílabas el principio de mil posibles historias y seguramente el único final de todas ellas». Y un ruego encarecido: prohibido olvidar a Rafael Berrio que se podría ubicar en los gustos no negociables. «Serían demasiados. Son tantos que prefiero que se hagan presentes entre mis versos, aunque algunos me consta que pueden estar callados durante años. Pero te digo el nombre de ese músico que que compuso siempre como un poeta, un letrista inmenso cuyos poemas a su muerte se recogieron en un libro publicado por La Veleta. Deslumbrante». Como hoy el fulgor de Manilla.

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