León, tierra de espías
Al servicio de los monarcas y en las principales guerras del siglo XX hubo agentes secretos leoneses que tuvieron un papel decisivo en la historia
Lorenzo San Miguel, uno de los espías leoneses más famosos.
Algunos cambiaron el curso de la Historia, pero sus nombres no aparecen en ella. Mensajeros, confidentes, guerrilleros, buscavidas o diplomáticos ejercieron el viejo oficio de espías desde los tiempos de la conquista romana en el último bastión de Hispania. La información siempre ha sido el arma más poderosa. Si los nazis hubieran sabido el lugar del desembarco de los aliados, probablemente el desenlace de la Segunda Guerra Mundial habría sido bien distinto.
La ciudad de Lancia fue refugio de los astures que planeron sorprender en el Esla a las legiones romanas, pero fueron derrotados por culpa de los ‘espías’ brigaecinos, que avisaron del rápido despliegue astur al legado de Augusto.
En julio del año 997, el temible caudillo Almanzor, tras conquistar León y Astorga, se dirige hacia Santiago. Mientras avanza con sus tropas, descubre a un falso leñador leonés que se había introducido en su ejército con el propósito de informar al rey Vermudo de sus movimientos. El paladín del Islam no tuvo piedad, lo degolló al instante.
Felipe III creó la figura del «espía mayor». El vallisoletano Juan Velázquez de Velasco, primero en ocupar el cargo en 1598, está considerado por algunos historiadores como el fundador de los servicios secretos españoles.
Hay casos curiosos de espías, más conocidos por otros oficios, como Cervantes o el poeta Garcilaso de la Vega, que trabajó para Carlos I; y el torero Juan de Valencia, descendiente del tercer hijo del rey Alfonso X el Sabio, Juan, señor de la villa de Valencia de Campos, que él mudó a Valencia de Don Juan. Sus antepasados se trasladaron a Indias en tiempos de su abuelo, que marchó en 1493 con el segundo viaje de Cristóbal Colón. Juan de Valencia tuvo tres hijos con Isabel Ponce de León sin haberse casado. En 1651 fue nombrado «Superintendente de las correspondencias secretas y Espía Mayor de Su Majestad Felipe IV», con el encargo de vigilar las fronteras y las casas de los embajadores.
El mismísimo Quevedo, cautivo en San Marcos de León, llevó a cabo misiones secretas en Italia por orden del duque de Osuna, virrey de Nápoles.
Al servicio de su majestad
Baltasar de Zúñiga, comendador mayor de León en la Orden de Santiago, fue agente al servicio de su majestad Felipe II. Tras formar parte de la Armada Invencible, había ingresado en la carrera diplomática avalado por su cuñado Enrique de Guzmán, II conde de Olivares, embajador en Roma. Zuñiga pasó por algunas de las legaciones más intrigantes de la época, como Flandes, París y Praga, desde donde enviaba informes políticos y sobre intereses comerciales para la corona. Los historiadores Carlos Carnicer y Javier Marcos en Espías de Felipe II (La Esfera de los Libros), explican que Felipe II sabía que los servicios secretos eran «el fuego que alimentaba las calderas de la política exterior».
«Rodeada de enemigos y poseedora de un extenso imperio codiciado por otros países, España defendió sus dominios con las armas, la diplomacia y la información secreta», relata Fernando Martínez Laínez en Espías del imperio (Espasa).
Pedro de Toledo, que llegó a ser virrey de Nápoles, leonés por matrimonio con María Osorio Pimentel, II marquesa de Villafranca del Bierzo, fue un gran mecenas de artistas y reconstruyó el castillo de los marqueses de Villafranca y el monasterio de La Anunciada en esta localidad berciana.
Pedro de Toledo creo una red de espías y convirtió Nápoles en el principal centro de operaciones del espionaje hispano en el sur de Europa.
Felipe II organizó una sofisticada red de criptógrafos, para asegurar que los mensajes de sus espías no fueran descifrados por el enemigo. La reina Isabel I puso precio a la cabeza de Luis Valle de la Cerda, un genio de los mensajes encriptados, porque descifró sus planes de apoyo militar y financiero a los rebeldes holandeses a cambio de futuras cesiones de puertos en los Países Bajos. Los servicios secretos españoles fueron punteros entre los siglos XVI y XVII.
Un espía con capilla
En el claustro de la Catedral de León, una de sus capillas más enignáticas —reabierta hace poco tras años de ser utilizada como trastero— se encuentra el mausoleo de Bernardino de Rebolledo y Villamizar, noble, militar, poeta y espía de Felipe IV en Dinamarca. El conde de Rebolledo combatió en Italia y con los Tercios de Flandes. Tras labrarse una exitosa carrera militar, jugó un papel decisivo en la firma del Tratado de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años. Sus éxitos fueron tales que, en 1638, recibió el título de conde del Sacro Imperio, con la denominación de conde de Rebolledo, otorgado por el emperador Fernando III y refrendado por Felipe IV.
Una red contra Hitler
Sin duda, uno de los espías leoneses más destacados fue Lorenzo San Miguel. Hijo de un ferroviario que residió algún tiempo en México, tejió una red de colaboradores leoneses con los servicios secretos británicos que, entre otras misiones, llevó a cabo la voladura de las dos bases de submarinos alemanes en Vigo y Ferrol, cuyo objetivo era cortar el suministro a los barcos aliados y aislar a los ingleses. Un acontecimiento clave para el éxito del desembarco de Normandía.
«La explosión fue tan potente que se escuchó en Lugo, pero no salió en la prensa de la época», según el guardia civil leonés José Antonio Landera, autor, junto al también agente de la benemérita y periodista de investigación José Luis Cervero, del libro El tercer ruido. Espionaje en España durante la Segunda Guerra Mundial (Ediciones Mountainsoft Caminos y Cumbres), donde se desvela la identidad de los espías y cómo operaban.
Lorenzo San Miguel, responsable del llamado Grupo Norte (integrado por 67 agentes y 83 colaboradores) llegó a planificar el desembarco de los ingleses en Asturias si los nazis llegaban a cruzar los Pirineos. San Miguel fue asesinado cuando uno de sus colaboradores, el obrero de Duro Felguera Florentino Arias Moral, le denunció al descubrir que había tenido relaciones sentimentales con su esposa y había intentado seducir también a su hermana.
«El 10 de octubre de 1943, una comitiva de guardias civiles conducida por el delator y dirigida por el teniente coronel José Blanco Novo se personó en el último piso del número 34 de la avenida Condesa de Sagasta, donde pillaron a Lorenzo dormido como un tronco». El espía apenas tuvo tiempo de desperezarse porque le acribillaron a tiros.
La red que había creado, adiestrados por los servicios secretos ingleses, montó estaciones de radió y pasó información detallada de los movimientos de tropas y de las entradas y salidas de barcos de las costas de Asturias y Galicia. Hacían seguimiento del despegue y aterrizaje de aviones en La Virgen del Camino. Entre los agentes figura Tomás Tranche, fundador de la Cultural. Algunas empresas, según El tercer ruido, fueron en una tapadera de los servicios secretos ingleses, como Riegos y Fuerzas del Ebro. Los espías leoneses cobraban entre 150 y 3.000 pesetas mensuales —una auténtica fortuna para la época—.
Uno de los colaboradores imprescindibles de San Miguel fue Manuel Rivero, con domicilio en Suero de Quiñones. Sabía que tenía los días contados y que sería descubierto por los servicios franquistas. Había sido telegrafista de la marina mercante británica. El documental Flores para un espía, desvela su historia. El día de la muerte de San Miguel, la Secreta sorprendió a Rivero en casa. El intento de su mujer de esconder el radiotelégrafo fue inútil. Acabó siendo fusilado en Oviedo en mayo de 1944.
El agente inglés en el Bierzo
En 2002 la apertura de archivos del Foreign Office sacó a la luz que Alexander Easton era el verdadero nombre de «El inglés», un espía que sirvió de intermediario durante la Segunda Guerra Mundial entre la guerrilla antifranquista berciana y los servicios secretos británicos. Cuando Alexander Easton se instaló en Carracedo en 1931 arrastrado por el mito del oro de las Médulas no imaginaba que acabaría trabajando para los servicios secretos de su país ni que sería enlace de la guerrilla antifranquista del Bierzo.
Nacido en Edimburgo en 1895, Easton luchó en la Primera Guerra Mundial y trabajó en España como técnico en la construcción de líneas férreas. La apacible vida que llevaba en Carracedo se vio alterada en 1941 cuando entró en contacto con el Special Operations Executive, un cuerpo de la inteligencia británica creado para recoger información y sabotear el abastecimieto de materias primas a los nazis. Un año después se convirtió en el intermediario de la Federación de Guerrillas de León-Galicia con los servicios secretos británicos. Colaboró con la guerrilla hasta su expulsión de España en 1948.
Aviones espías
El Archivo Histórico Provincial de León preserva los fotoplanos, conocidos como el «Vuelo americano» (23.412 imágenes). La primera intención fue bélica. Aviones militares norteamericanos, que ya habían sobrevolado y fotografiado parte de España al final de la Segunda Guerra Mundial, retornaron en 1956 con el inicio de la Guerra Fría. Desde sus privilegiados 5.500 metros de altitud, captaron en la provincia leonesa miles de fotografías, un material cartográfico de inestimable valor. Retrataron fincas, montes, pueblos, carreteras, caminos y ríos.