Diario de León

REEDICIÓN DE UN ÉXITO

El cazurrismo según Trapiello

‘Cazurros. O rebecos... o castrones’, libro recopilatorio de las columnas en Diario de León del escritor de Manzaneda de Torío, publicado por Lobo Sapiens, alcanza una nueva edición en la que el éxito radica en 700 páginas de historias locales y universales y un estilo único

Pedro García Trapiello, escritor y columnista de Diario de León, en una imagen de archivo.

Pedro García Trapiello, escritor y columnista de Diario de León, en una imagen de archivo.JESÚS F. SALVADORES

Pacho Rodríguez
León

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El cazurrismo ni se crea ni se destruye. Peor todavía: ni se transforma. Está ahí como una forma de total permanencia aunque sea de la nada. Hay honrosas excepciones, lo que normaliza la condición, no es defecto ni virtud, simplemente es, que sirven para entender algo allá a lo lejos en lo alto de alguna montaña o en el final del Páramo. Cuando a toda esta canción le pone letra Pedro García Trapiello la cosa se convierte en una columna, que es lo que muchos eligen para empezar a leer este periódico al calor del café en un bar. Y Trapiello, Pedro, Trapi, elijan al que quieran, pasa a papel esa columna que en realidad escribe mientras vive el día, por la mañana, tarde o noche o viendo al Real Madrid. Y cuenta, entonces, por ejemplo que «ha nevado ya algo en serio por esas montañas y a mi, cuando se arranca a nevar estrenándose el invierno, se me ponen las ganas de cabaña y leña o de cocina de casona...». O que «al padre Isla le tengo yo muy visto, como todos los leoneses, y muy poco o nada leído, como todos los cazurros...». Y añade otro día que «de entre los perros, un mayoral es mastín, mastinazo, pureza genética que no es hija de ordenanzas ni de reales sociedades caninas de ‘a chupar del bote’. Sino de esmeradas selecciones y cruces que durante siglos han hecho pastores y ganaderos (por la cuenta que les traía)». En fin, miles de columnas que en horizontal serían un viaje por la provincia, por el tiempo y por su vida, entre escenas leonesas, literaturas y amores perros, que de todo hay en la viña de Trapiello cuando se pone a escribir y su voz de tenor radiofónica se modula en diferentes formas para, en plural y singular, reivindicar que ha vivido y que esta vida pide otra. Ese día a día es un libro de 700 páginas que editó Lobo Sapiens y que ahora regresa en una segunda edición como ‘penúltima’ antología bajo el título de Cazurros. O rebecos... o castrones. Con Cazurros valía, pero si Trapiello explica en titular, se queda corto. Quien compra este libro se lleva un trozo de León y de Diario de León en las columnas libres de Trapiello. Y si asoma la nostalgia será en forma de sonrisa. Y si llega el recuerdo, será revolución de sentimientos.

José Antonio Martínez Reñones es quien está al frente de Lobo Sapiens y quien indica que «iniciamos el curso editorial no con una obra nueva, sino con una nueva edición (la segunda), cuya primera edición tuvo una salida exitosa durante el último trimestre del pasado año. Entendemos que esta antología de sus más aceradas columnas en torno a los leoneses y a lo leonés ha sido acogida por buena parte de la ciudadanía como uno de los grandes esfuerzos creativos y ensayísticos sobre lo nuestro. Un esfuerzo que, no nos cabe duda, atravesará la criba de la Historia y ahí seguirá cuando las generaciones venideras quieran adentrarse en los tuétanos de esta época de cambios de vértigo, enormes avances e, inexorablemente, una larga cuneta de sueños rotos».

«Bien está el cronista crónico, experto en actos de gala, rastros benéficos, rifas, zarzuelas y avemarías, pero no sobra ni estorba otro especializado en velatorios sin vela campanas sin badajo...». Y así es Pedro García Trapiello. Ya lo dice Antonio Gamoneda.

De esta obra que recopila, interpela y provoca, ya desde el título, explica el propio Pedro García Trapiello que logró la controversia cuando Antonio Gamoneda, autor de la introducción le sugería algo así como que si no bastaba con Cazurros, lo que no logró sabiendo que en manos del autor de Manzaneda de Torío era una petición que difícilmente concedería. «La prosa de Don Pedro, su soberana metonimia plateada o purpúrea, su prodigiosa semántica, como aquel astro impar de Quevedo fosforece. Felicitación, sí, universal y unívoca, y que Don Pedro comprenda que, del Barroco hasta aquí, y aún después, no siendo algún viernes, no haya sombrajo ni sombra que a oscurecerle se atreva», dice Antonio Gamoneda. También se rescata a Victoriano Crémer: «Y el estilo de este Trapiello leonés es tan peculiar, tan sometido a la razón y a la inteligencia creadora del autor, que así que mantiene con sus escritos un primer contacto, queda el lector prendado y prendido». Más ilustres se asoman a este recomendable libro, que es de relato y de consulta, para saber qué pasó y qué pensó Trapiello. «Como aroma de monte, como elegante denuncia misteriosa, como aullido hermoso, como libertad que nos abre los ojos y el alma. Un lujo en la provincia», dice Antonio Colinas. «Solo en Quevedo, Cela o en Valle encontré esa pasión léxica que se desborda como pechuga de guaja primaveral. El tío lleva a la espalda un cuévano de palabras y palabros de esos que se mueven en el pedrero», centra Venancio Iglesias para que remate Antonio Pereira: «...y qué pluma, señores de la sala».

«A mi madre Laurita, de cuya boca mamé muchas voces de la tierra, viejos saberes de pueblo llano y sentencias redondas de padre maestro y dómine de «pan, palo y catecismo». A mi hermano Seve, que dejó impronta bellísima y corazón bien ancho en tantas ilustraciones que iluminaron mis letras... y a Susana, que sufre los avatares de este oficio siendo mi puente para salir de ellos». Dedica así su libro Pedro García Trapiello para homenajear a su paisaje humano en figuras que fueron detonante, ánimo y mantenimiento en lo más alto de la vocación de contar. León será muchas veces el lienzo en el que él que también dibuja, guioniza y narra, retrate los hechos casi siempre con los nombres propios de lugares y personas sobre los que discurre también una existencia, la suya, a la que llegó para ser testigo y partícipe.

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