"Fernando el Católico abrió las puertas a la modernidad»

El catedrático leonés Salvador Rus da voz «al rey que cerró la Edad Mediia» en 'El último Trastámara'

Salvador Rus reivindica la figura de Fernando el Católico como gran modernizador.Miriam Chacón

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César Combarros (Ical)
Redacción

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Autor de numerosas publicaciones sobre pensamiento político, historia y cultura europea, el catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad de León Salvador Rus Rufino se lanza a la ficción de la mano de la novela histórica en El último Trastámara (Almuzara, 21,95 euros), un recorrido vital, en primera persona, por la vida y obra de Fernando el Católico, «el rey que cerró la Edad Media y abrió las puertas, sin miedo, al Nuevo Mundo que se estaba formando: la modernidad».

«Lo que hizo fue cortar con el mundo medieval. Renovó el planteamiento de la monarquía para que dejara de ser un patrimonio territorial limitado y para ser patrimonio universal, desbordando los límites de un territorio. Él consiguió hacer del mar Atlántico una autopista por donde circulaban los barcos y del mar Mediterráneo un lago español», resume.

El volumen, que llega ya mismo a las librerías españolas, tendrá su puesta de largo hoy a las 19.30 horas en el Palacio Real de Valladolid, con una presentación donde el autor estará acompañado por el jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra, Amador Enseñat y Berea, y por Fernando Conde.

Rus explica que la decisión de dar el salto a la ficción la adoptó cuando, como lector entusiasta del género, se dio cuenta de que pese a la proliferación de novelas históricas conducidas por «personajes muy de segunda fila» no se había escrito ninguna que tuviera a Fernando II de Aragón como protagonista.

«Yo ya había escrito una biografía política de él y varios artículos, además de haber editado las referencias sobre él en textos, por ejemplo, de Maquiavelo y otros autores. Conocía lo que decían de él entre los historiadores del siglo XVIII, que era muy elogioso, y me parecía que era una figura que había quedado oscurecida desde mediados del siglo XIX», señala.

Rus se pregunta cuántas estatuas o libros hay sobre Fernando y cuántos hay sobre Isabel la Católica. Para Rus, «Fernando fue un personaje central porque es quien lleva a España del mundo medieval al mundo moderno y la convierte en la primera potencia mundial, una realidad que se mantuvo durante los siguientes 150 años. Él fue quien logró que el paralelo de la Historia pasara por España y se mantuviera ahí, con un imperio que estaba asentado en cuatro continentes: Europa, África, Asia y América».

En primera persona

Elegido su protagonista, la gran pregunta a la que se enfrentó era cómo contar su historia. Tras escribir una primera versión de la novela que le dejó «más o menos satisfecho», se dio cuenta de que en ella predominaba «mucho» de su faceta como historiador y profesor universitario, pero menos literatura, algo que decidió subsanar en una segunda versión, que afrontó a partir de la decisión clave de intentar «hablar por la boca del rey», y dejar que fuera él mismo quien narrase su historia. Así lo hizo desde la perspectiva de acercarse a la muerte y rememorar cuanto había vivido, al estilo de las ‘Memorias de Adriano’, de Marguerite Yourcenar. «Al final apenas sabía si yo era Fernando o si Fernando era yo», bromea ahora.

Con la dificultad añadida de intentar mantener en todo momento «la tensión de la narración», realidad y ficción conviven en un relato que se apoya en los hechos y escritos que marcaron su vida, aspectos que complementa con elementos imaginados como su reacción a la muerte del príncipe de Viana, las conversaciones con su madre y con su padre, su formación en Cataluña, sus participaciones en distintas campañas militares aun siendo muy joven y su preparación para el matrimonio con Isabel.

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El libro culmina con Fernando mirando al cielo desde la Alhambra tras «su mayor éxito político y militar» hasta entonces, la conquista de Granada, y Rus deja la puerta abierta a la posibilidad de dar continuidad a la historia más adelante, para plasmar cómo ampliaría años después su mirada hacia los cuatro puntos cardinales: al oeste con la integración de las Indias Occidentales, hacia el norte, con Europa, hacia el este por Italia y el Mediterráneo, y hacia el sur con el norte de África. «No fue poco lo que consiguió para alguien que heredó un reino endeudado, poco poblado y disperso, como era Aragón, y fue capaz de convertir esa tienda de barrio mal avenida y mal financiada en una multinacional».