«El ‘Rock&Ríos’ en León fue uno de mis grandes hitos»
Miguel Ríos llega hoy al Auditorio con todo vendido. «Los Cardiacos fueron una gran banda. Usé su brillante título de ‘Las discográficas no dan la felicidad’», dice
MIguel Ríos en un concierto en Ponferrada.
Clasicazo en el Auditorio. Miguel Ríos significa rock and roll en toda la extensión del género. Ha hecho de todo y, entre otras cosas, poner el rock en los grandes lugares de la cultura en España. Hoy está en el Auditorio de León. Y ya se siente el éxito: no hay entradas.
—Este sábado llega a León con las entradas agotadas. ¿Qué sensación le hace sentir esto?
—Es muy excitante. Lo más cercano a una promesa de felicidad a plazo fijo. Para un tipo como yo, que lleva en el oficio de emocionar 64 años, significa que tus mecenas te sigan permitiendo vivir estupendamente de algo tan difícil, y en estos tiempos, de tu vocación.
—La ciudad de León le acoge de la mejor manera: llenando. ¿Qué imagen tiene de la ciudad?
—León es una ciudad muy acogedora, con un envidiable equipamiento cultural que le da un peso muy consistente en el conjunto de la comunidad autónoma y en el país. Por otra parte es una ciudad monumental, con su imponente Catedral. El antiguo Reino de León, he actuado en Ponferrada y tengo amigos en La Bañeza, es un lugar hospitalario donde, tengo la impresión, se vive muy bien.
—¿Alguna anécdota o momento que recuerde que le haya ocurrido en León?
—La anécdota más simpática que recuerdo fue en la gira Symphonic Ríos en Ponferrada. Giraba con 50 músicos, Los Black Betty Boys, y el director Carlos Checa, la formación más grande con la que he actuado. El concierto era en un auditorio al aire libre y la noche salió lluviosa. El escenario estaba cubierto por una concha, como las de los recintos clásicos, pero el público estaba a la intemperie. La gente, avisada, se vino con sus paraguas, lo que les impedía usar las manos para aplaudir. Como parece que soy un jonki del aplauso, me inventé un movimiento de paraguas para que el público nos dijera si le gustaba.
—¿Qué diría que es lo que más le gusta de la ciudad leonesa?
—Un tapeo con cecina en el casco antiguo, una noche en el Parador de San Marcos, el Musac, el Auditorio que mañana probaré, y, por supuesto, la Catedral.
—Durante su carrera ha tenido varias actuaciones por la provincia, ¿cuál recuerda con más cariño?
—Sin lugar a dudas el Rock&Ríos del 82 en la Plaza Mayor, fue uno de los grandes hitos de mi carrera. Era muy emocionante ver a la gente joven llenando cada hueco desde donde se pudiera ver el escenario.
—¿Será la última vez que le vean en directo en León?
—No lo sé, a estas edades tardías mejor no anticipar. Déjame que termine este. Pero El último vals ni es un disco de despedida, al menos no es mi intención, es una canción de desamor en llamas, que podría haber sucedido en el Hostal San Marcos.
—¿Se acuerda de Los Cardiacos y demás gente de León?
—Claro, gran banda. Creo que usé el brillante título de una de sus canciones Las discográficas no dan la felicidad en una canción. Fueron un clarividente testigo musical de un tiempo en el que las bandas de la periferia madrileña hicieron buenos discos, pero la fama se la llevó La Movida.
—’El último Vals’. ¿Cómo lo valora?
—Qué te voy a decir, creo que es un buen disco de rock, que cuenta historias de un tipo en tránsito por la edad tardía, que, como ha sido su costumbre de siempre, canta lo que ve, lo que siente y lo que teme. Me siento vivo en ese disco y escribirlo ha sido muy placentero.
—De todos sus discos, ¿cuál es al que le tiene más cariño?
—Grabé mi primer disco, un epé, el 2 de enero de 1962. Fue la primera vez que me dijeron que el rock&roll había muerto. Me hicieron grabar una versión de The Twist de Chubby Checker. No he llevado la cuenta de los discos que he hecho y tampoco sé cual es el mejor. Quizá el disco con el que más me entretuve grabando, fue La huerta atómica en el 75.
—Algo que le quede pendiente por realizar o darle a la música.
—Cuando a finales de este año termine la gira de El último vals, me meteré de lleno a trabajar en desarrollar la Fundación Miguel Ríos para el Rock y la Solidaridad, con la que quiero devolver a la sociedad parte de lo que me ha dado en más de seis décadas de carrera.
—Con tantos años de carrera, ¿que le hace sentir la música?
—Cuando me miro a los ojos no siento la edad que tengo. Cuando oigo las armonías rockeras siento la misma emoción que cuando abría las cajas de los discos de Elvis, en la tienda donde trabajada de aprendiz en Granada.
—Por último, ¿qué le diría a su yo joven cuando decide dar el paso y dedicarse a este mundo?
—Que Almacenes Olmedo, donde entré a trabajar después de dejar el colegio, pusiera un sección de discos me cambió la vida. Yo vendía los discos de El dúo dinámico, Los Teen Tops, y los discos americanos que llegaban con un retraso considerable. Me di cuenta que la música moderna era cosa de jóvenes. Paul Anca tenía 15 años cuando cantó Diana. Ahí me decidí ha hacer lo que había hecho en el colegio con éxito.