El francés que mutiló San Isidoro

El comandante Édouard-Jean-Baptiste Milhaud fue el responsable de la destrucción del Panteón Real y del expolio napoleónico; viajaba con un experto que le recomendaba qué robar

El sargento francés Jean-Baptiste MilhaudDL

León

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Se titula Los robos de Napoleón en España y en él, Francisco García del Junco, escribe la película de cómo la invasión napoleónica de España se programó como el saqueo del patrimonio nacional. Destaca en la investigación que los generales franceses no llegaban solos sino que se hicieron acompañar de buitres, sabuesos que conocían dónde estaba el negocio, qué piezas habían que llevarse a Francia. «Un día de diciembre de 1808, el ejército francés, tras llegar a León, se dirigió a la Colegiata de San Isidoro. Una vez allí, y tras dejar claro que eran sus cañones los que mandaban, dieron cuatro horas a los canónigos para que desalojaran el templo y sus dependencias. Los canónigos tenían sobradas noticias para temer lo peor. Pues no. No habían imaginado que lo peor era peor de lo que suponían». García del Junco echa mano de las palabras del abad Viñayo, que explicó cómo la Colegiata se convirtió en cuartel de tropa de dragones, que hicieron del Panteón Real un abrevadero. Los sarcófagos que custodiaban los reyes de León se abrieron para buscar joyas, sacaron los huesos y los desperdigaron. Desocuparon el convento, se alojó allí al ejército francés, se destrozaron urnas, se profanó la iglesia, se robaron multitud de bienes y los sarcófagos y tumbas de los reyes se convirtieron en abrevadero para sus caballos. García del Junco explica que los sacerdotes se habían apresurado a coger los huesos de reyes, reinas e infantes para custodiarles en Santa Marina. Además, rescataron relicarios y, en el Altar Mayor, escondieron pergaminos valiosos para que la afrancesada no hiciera hoguera con ellos. Lo mismo hicieron con el cáliz de doña Urraca. Los canónigos la sacaron del monasterio por la noche para que hubiera pocos testigos, y la escondieron. A pesar de todo, de León salieron cuarenta carretas de obras de arte.

Los generales que permitieron el expolio fueron cuatro: Bessières, Loison, Carrier y Boyer. Pero, si hay un nombre grabado en letras de fuego entre los leoneses de la época, ese es Édouard-Jean-Baptiste Milhaud, cuyo paso por la provincia fue breve pero profundamente destructivo. Su estancia se enmarca en la persecución que el ejército de Napoleón realizó contra las tropas británicas de Moore a finales de diciembre de 1808. A su llegada a la provincia, Milhaud —que ya ostentaba el título de Conde del Imperio— actuó como comandante de la División de Vanguardia del Cuerpo de Ejército del Mariscal Bessières. Con el fin de aplacar cualquier atisbo de insurgencia civil o guerra de guerrillas, dictó un severo y célebre bando militar impreso en diciembre de 1808. En él, declaraba a los alcaldes, curas y eclesiásticos locales «responsables personalmente sobre su cabeza» de cualquier agresión o asesinato que sufrieran los soldados franceses o los partidarios del José Bonaparte en sus respectivos territorios. El castigo por no controlar a los rebeldes locales era la ejecución directa de las autoridades civiles y religiosas. Su división de dragones entró en la ciudad de León en pleno invierno, y tomó San Isidoro para reconvertirlo en cuartel logístico improvisado. Sus naves y estancias sirvieron de establos y cuadras para los caballos de los dragones franceses. Guiados por la codicia y la búsqueda de oro, plata o insignias reales, reventaron y profanaron los sepulcros de piedra de los antiguos reyes, reinas e infantes. Este violento expolio dio origen a una célebre leyenda popular recogida por cronistas locales. Según la tradición oral leonesa, tras la profanación cometida por los dragones de Milhaud, un brote de locura o extrañas enfermedades afectó a los soldados que habían manipulado los restos reales. El pueblo atribuyó estas bajas a una maldición o castigo místico de los antiguos monarcas leoneses, quienes «salieron de sus tumbas» para castigar la crueldad al invasor.

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