Enrique Rodríguez expone sus pinturas, llenas de mundos imaginarios, en la Casa de las Carnicerías, de Caja España

Homenaje a la fantasía

El pintor de Prado de la Guzpeña expone en la Casa de las Carnicerías

Publicado por
C. Santos - LEÓN.
León

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El pintor leonés Enrique Rodríguez pinta lienzos llenos de fantasías, de mundos imaginarios, de pueblos milagrosos que parecen salidos de la fértil imaginación de un niño, de objetos que se mueven en un escenario de cuento de hadas. Es la suya una pintura construida con paciencia, con enorme cariño, una pintura llena de sensibilidad y con una peculiar iconografía que la distingue. Es artista de cuidada caligrafía, de lenta evolución, en su paleta destacan los colores sencillos, elementales, planos, esos que atraviesan con facilidad la cruda realidad de la superficie del lienzo para penetrar profundamente en el espectador. Enrique Rodríguez (Prado de la Guzpeña 1964) es licenciado en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco y se ha marcado la tarea de llevar su obra hasta los últimos rincones de la provincia leonesa y de las limítrofes de Palencia y Zamora. «Poco a poco intentaré llegar más lejos, pero me interesa mucho llevar una acción cultural a los lugares donde no tienen muchas oportunidades de recibir cultura. Por eso mis exposiciones han tenido una larga itinerancia por diversos lugares. También me interesa mostrar en la capital lo que hago, esta de la Casa de las Carnicerías es mi cuarta exposición individual en León». Contemplar sus cuadros es sumergirse en un mundo de ensoñaciones. «Creo -dice- que estoy entre la verdad y la magia, pero siempre en una continua evolución. He querido hacer el papel de un dios, intentando ser capaz de inventar espacios y paisajes, de crear un mundo diferente, amable, divertido, lleno de movimiento». La pintura de Enrique Rodríguez es como una vacuna que puede curar enfermedades tan perniciosas como el vértigo de esta civilización que ha comenzado desbocada su caminar por el siglo XXI. Es, sin duda, un buen remedio contra ardores belicistas, contra odios y pasiones enconadas. Contemplarla contagia un elemento balsámico, tranquilizador, provocador de sueños felices. «Cuando pinto -comenta- procuro rememorar los escenarios que imaginaba en mi infancia. Intento plasmar objetos que no se desde cuando están en mi memoria pero que siguen siendo tan irreales como cuando lo imaginé... todo ello sujeto a una reglas geométricas y en un espacio evidentemente plano, cada vez más plano». Delicados laberintos invitan al espectador que se acerca a los cuadros de Enrique Rodríguez, a penetrar en la fábula que nos cuenta con la compleja sencillez de sus trazos, con la elemental trascendencia de sus colores, con la sabia distribución de sus pinceladas, con un reloj que marca tiempos muy diferentes a los señalados por los inexorables meridianos del mundo real. Su pintura es el mejor pasaporte para traspasar las fronteras de lo cotidiano y adentrarnos en una nueva dimensión. La pintura de Rodríguez está recomendada para todos los públicos.

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