OPINIÓN Alfonso García

Mundo de asombro y contraste

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León

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Las estelas que la memoria deja en las personas nunca se sabe hasta dónde permiten situar los límites. Hay casos, como el de Elena Santiago, en que se remontan a la infancia y allí parecen instalarse definitivamente. Y cuando la vocación literaria, nacida con claridad y decisión en ese momento de la vida, toma cuerpo definitivamente, aflora entonces la riqueza que le sirvió de cimiento. «Estoy escribiendo desde los once años», dice la autora. Y es que ya entonces atesoraba los mundos mágicos que había atrapado, que estaba viviendo en su Veguellina natal, mirando, asustada quizá, los secretos del desván o encaramada a cualquier atalaya de la vivienda familiar, donde un mundo definidamente rural e íntimo llenaba el contenido de su vida y sus querencias. Parece que el ambiente obligaba a ser escritora, como pintor -en su línea de múltiples coincidencias- llegaría a ser su hermano Santiago. Este mundo secreto, lleno de intimidad, de intimismo mejor, necesitará con el paso del tiempo ir estilizándose para convertirse en verdadero sustrato literario. Esta sería la primera consideración que pudiera hacerse a la obra de Elena Santiago, porque de ella se desprenden, a mi juicio, bastantes de las características que la definen. En esa espontaneidad de la infancia crecen muchos de sus personajes literarios, de una naturalidad que llegan a ser transparentes, capaces permanentemente de sentir el zarpazo del asombro. Quizá por todo ello hay en su obra un notable espacio para la soledad, incluso en algunos momentos para una sutil carga de amargura, especialmente cuando toma cuerpo la presencia del amor o de la muerte. Todo cuanto queda dicho, de forma tan necesariamente sintética, podría hacer pensar a alguien que se trata de una obra profundamente intuitiva. Nada más lejos de la realidad. Capaz de amalgamar muchos y muy diversos recursos -atienda el lector a ese rico mundo de símbolos-, trabaja la palabra con un mimo y un cuidado, que la confiere una especial fuerza expresiva, hasta hacerla personal y única. Sencillez y pulcritud en su concepción narrativa, y una excelente apoyatura en la fuerza del diálogo son elementos que agilizan el desarrollo del mundo del que quiere hacernos partícipe y que, por ello, nos permite un fácil acceso. Los registros temáticos, por su parte, nunca son restringidos, sino abiertos y amplios. Estas consideraciones nos conducen a la vivencia de una atmósfera de mundos en que cualquier historia adquiere contraste y singularidad. Aunque Elena Santiago inició su andadura literaria en el campo de la poesía, ya se advertía que detrás había una narradora. Una narradora que comienza a tener presencia y sitio concreto en la década de los 70. Sus Cuentos, de relativamente reciente publicación -cuarenta y cuatro relatos, veintiuno de ellos inéditos-, es una excelente muestra de su narrativa corta, muy amplia y, sobre todo, profundamente sugeridora. Es el segundo volumen que recoge sus cuentos -el anterior había sido Relato con lluvia y otros cuentos-, dispersos por múltiples publicaciones periódicas. Pero no es conveniente desligar su narrativa corta de la novelística, pues cuento y novela mantienen en su obra una indiscutible conexión narrativa. Es más, hasta podríamos afirmar que lo segundo clarifica al primero, aunque, posiblemente con mejor criterio, habrá que hablar de complementariedad. Son, en este sentido, retos de una misma vocación que se sujeta a distintas actitudes técnicas. Depuradas, en cualquier caso, hasta convertirlas, en ambas ocasiones, en textos que ganan al lector. Una docena de novelas -La oscuridad somos nosotros, Ácidos días, Manuela y el mundo, Una mujer malva, Alguien sube, Gente oscura, Veva, El amante asombrado, Mermelinda, Amor quieto, Ángeles oscuros, Asomada al invierno-, además de otros textos diversos, los poéticos por supuesto, son testimonio de atractivos mundos en que se advierte la personalidad literaria de una autora que nos conduce por un camino de asombros y contrastes, insólito y personalísimo.

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