El hombre que supo reinar
Decían que era capaz de vender frigoríficos a los esquimales. Seguramente. Y también abanicos y biquinis. Fue un hombre que, cuando ahorraba una peseta, a la media hora la había transformado en un duro. Fue un pura sangre que comenzó a trabajar en la fábrica de neumáticos Pirelli, al poco de acabar la guerra civil. «Cobraba quinientas pesetas a la semana, pero cada día me sacaba mil comprando y vendiendo toda clase de cachivaches. Cogía el periódico y primero leía los anuncios de los que vendían y luego de los que compraban. Entonces hacía de intermediario. En ocasiones tuve que valerme de talones sin fondo, pero siempre acababa pagando». En su pueblo, y hasta los 17 años (cuando marchó a Madrid) ejerció de aprendiz en varios oficios: carpintero, mecánico y pintor de brocha gorda. El fundador del Grupo Planeta -multinacional que controla más de 50 empresas con 4.000 trabajadores- presumía de leer pocos libros. «Mi cultura es la intuición». También alardeaba de no entender de negocios. Recurría a una frase parecida a la de Franco («yo no me meto en política») para explicar la razón de su éxito: «Nunca hablo de negocios». La ironía y la rapidez de reflejos eran en él proverbiales. «No sé los millones que tengo, pero deben de ser muchos».