FERIA DE SAN ISIDRO
Joselito toca techo y fondo
Joselito, entregado a la hora de entrar a matar ayer en Las Ventas
Noble y mansito, dulce, suave y dócil, el primero de corrida, castaño albardado, alto de agujas, con el hierro de Concha y Sierra pero de la parte nueva de la ganadería y con encaste Marqués de Domecq, fue, tras fría salida y trámite en dos varas, toros de los que van y vienen. Casi inocuamente: al trantrán, la carita a media altura, de no asustarse nadie. Joselito anduvo con él relajado y cómodo. Ni era empresa bélica ni cabía inventar la pólvora. Apertura por estatuarios, en los medios y dando más espacio que distancia al toro, muleteo despegadito en principio y mucho más reunido después, ligazón que el toro propició con sus largos viajes en línea. La seca pinturería de un molinete, los remates a pies juntos, una excesiva preparación de igualada, una desmedida faena. Ni gota de violencia, ni ataques, ni rozar, ni frotar. Y con el ambiente medio incondicional, Joselito atacó con la espada en la suerte contraria. Se le fue la mano. No hubo premio. Roto sólo tras la primera vara, el cuarto, un toro de Victoriano del Río de bellísimas hechuras, salió tambaleante del caballo, se trastabilló y fue devuelto. El sobrero de El Torreón, descarado, bizco y cuajado, fue toro importante. Por su manera de galopar, no siempre con el mismo ritmo, pero de galopar; por su prontitud al venirse, aunque no siempre viniera toreado; por su codicia al repetir, aunque a veces lo hiciera descabaladamente. Joselito hizo con él uno de los que serán esfuerzos mayores de su temporada: irse a la distancia, asentarse para aguantar el primer viaje del toro por las dos manos y, puesto más de perfil que al medio pecho, hasta meter los riñones esperando las codiciosas repeticiones. Sin embargo, lo que fue, en propósito, proyecto de faena de caros vuelos empezó a frustrarse casi desde el inicio. No porque Joselito renunciara o se echara para atrás, sino porque no le llegó a coger al toro el aire nunca. Por torear en la inercia sin gobernar el viaje, lo que ya le había pasado con el capote; porque unos golpes de viento dificultaron torear limpio en momentos clave; por abusar de los muletazos de abajo arriba; por no templarse de verdad; por prolongar sin razón aparente una faena tan desgobernada; y por acabar, sin más, perdiéndole pasos al toro. Los fieles al torero, inmensa mayoría, estuvieron esperando y esperando incluso cuando ya el toro estaba ido y en otra órbita. Lo que hizo Joselito al fin fue tundirlo con la espada de inmenso sopapo. El segundo, castaño lombardo, atacado de carnes, despuntadillo, se empleó en los lances de saludo de Caballero, pero ya no lo hizo más. Ni en el caballo ni apenas luego. Como un fardo el toro, pero a la vez vacío. Claudicó cuando tuvo que trabajar sólo un poco. Se acabó frenando y rebrincando. Como si topara y se apoyara en los cuartos traseros. Ni pudo con los kilos, ni tuvo ánimo ofensivo. El trasteo de Caballero fue mero trámite, simple convención. No acompañó la suerte al torero de Albacete, porque el quinto, único superviviente al cabo de la corrida prevista de Victoriano del Río, tuvo son en el capote, pero se desinfló después de varas, escarbó y se vino abajo en la muleta. Frustrante lote. Terciado, bien armado, distraído y trotón de salida, el tercero, muy en el tipo clásico de Juan Pedro y Salvador Domecq, vino a ser toro de interés. No que rompiera ni peleara con particular carácter, pero, noble, tuvo fijeza, empujó y quiso. Buen toro. Iván García, seguro con las banderillas se avino con él en mandona apertura por abajo. Firme y entregado luego, terco y tesonero, pero sin traerse al toro cuando hubo que hacerlo. Entre dos aguas la cosa. La estocada fue un lujo. El sexto, con mucha fachada y poco fondo, derribó, escarbó y se fue de la muleta no a las primeras de cambio, pero sí a las segundas. Sólo el afán de Iván, sereno. Y buen banderillero.