La portuguesa ejecutó obras de Chopin y Mozart en el más fascinante concierto del certamen
Maria Joao Pires ofreció una lección de maestría en el Festival de Santander
«Sin el piano, yo no soy nada», afirmó la intérprete, una de las cuatro mejores pianistas del mundo

La pianista portuguesa Maria Joao Pires, en un momento de su actuación en el Festival de Santander
Hablar hoy en día de Maria Joao Pires es entrar directamente en el Olimpo del mejor pianismo del siglo, a la vez que contemplar de cerca una de las intérpretes de culto de este instrumento donde a lo largo de casi tres siglos han destacado los mejores intérpretes y virtuosos de la historia. Considerada desde hace décadas como una de las cuatro pianistas mejores del mundo, sus lecturas de Schubert, Chopin o Schumann han entrado por derecho propio en la categoría de leyenda. En Santander eligió uno de esos programas de reclinatorio en los que en ningún momento hay ocasión para la distracción o la relajación, sencillamente porque lo que está creando atrapa al oyente más exigente o menos dotado y no lo suelta hasta que la última nota se extingue en la sala. Esta menuda y seria portuguesa, que empezó a tocar el piano a los tres años y se codea desde los cinco con orquestas como la Filarmónica de Berlín, la de Viena o L'Orchestrede París, ha transformado el concepto de intérprete de salón para dar al público una nueva dimensión de pianista total, a la que no gustan las alabanzas, las efusiones extemporáneas y las muestras de cariño exacerbado de sus incondicionales -los hay por miles en el mundo- porque, como dijo, «sólo la música me ha permitido ser quien soy y por eso debo estarle eternamente agradecida, pero yo sin el piano no soy nada». La pianista, quien también tiene un gran interés por la música de cámara, trabaja, desde 1986, con el violinista francés Augustin Dumay, con el que ha actuado por todo el mundo. En la temporada 1999-2000, Pires se retiró de los escenarios con el fin de desarrollar Belgais , un centro para el estudio de las artes en Portugal, pero retomó su actividad de conciertos en el 2001. Hablar de música, ha dicho en ocasiones, «es como hacer una autopsia, algo que sólo se concibe después de la muerte para determinar su causa. La música es algo vivo, y analizarla, disecarla, no es conveniente; es como matarla un poco». No podía faltar en el programa elegido para Santander su amado Chopin y tres de las cuatro obras del programa llevaban la firma del polaco. Comenzó con la fascinante Fantasía en Fa menor y Fantasía impromptu , en do sostenido menor, de Chopin, y concluyó con la Sonata en Si bemol mayor , de Mozart, y la Sonata número 3 en Si menor , de Chopin. Lleno absoluto en las sala Argenta del Palacio de Festivales y silencio sepulcral hasta que apareció la menuda intérprete. Atacó sin preámbulo alguno esa marcha fúnebre de la Fantasía en Fa menor , obra que no permite al intérprete más que lucimiento siempre que le otorgue a su ejecución el pedal debido y el rubato abrasador que la Pires supo imprimirle. Algo que se repitió en la Fantasía Impomptu que siguió y que dejó a la sala en estado de catarsis. Mozart lo desglosó con el escalpelo de la técnica más acabada para dejarnos ahítos con esa Sonata número 3 . Algo difícil de superar, ni de describir.