| Crítica de música | Concierto de Zukerman y Neikrug |
Locura sobre cuatro cuerdas
Si la capacidad de seducción de un intérprete hay que medirla por los efectos gestuales y la teatralidad escénica, además de por un virtuosismo despiadado, entonces Pinckas Zukerman no tendría mucho que hacer en los dos primeros apartados, pues el israelí no es amigo de las grandes demostraciones visuales cuando se encarama sobre las cuatro cuerdas de su mágico violín. Su capacidad para encandilar a los públicos más dispares es esa introversión, esa claridad y esa elegancia de exposición que muestra en cada uno de sus conciertos, ya sea en solitario o acompañado por el excelente pianista Marc Neikrug, con el que la complicidad y el entendimiento sólo necesitan nombre. Zukerman colocó las premisas de lo que íbamos a poder escuchar en el resto del concierto con la impecable Sonata de Mozart Kv.481 , una obra pletórica de energía, de firme estructura y de insondable profundidad que tiene en ese a dagio central su razón de ser. El allegretto expresivo con el que concluyó esta impecable sonata parece más el de un joven Beethoven que la de un Mozart de salón. El acompañamiento de Neikrug al piano fue sencillamente decisivo para que todo el edificio sonoro íntimo, delicado, cargado de matices, incidiera sobre el lenguaje expresivo muy articulado y transparente de Zukerman. La obra, conocida también como la Thurner-Sonate en honor al lago Thun donde Brahms pasó varios veranos propicios para su creatividad, tuvo un inicio muy wagneriano con guiños al tema del canto del concurso de los Maestros Cantores de Nüremberg, tras él, se pasó a otro de colores muy líricos hasta llegar a la coda reexpositiva de sesenta y dos compases sobre el tema inicial muy libre. El andante tranquilo fue una suerte de diálogo entre ambos instrumentos en los que los dos solistas lucieron sus mejores recursos tanto técnicos como virtuosísticos. Pinckas mostró su ya legendario «toque de arco» para hacer del episodio una auténtica lección de expresividad y legato. El allegro siguiente fue un canto majestuoso del violín, lleno de ternura y delicadeza hasta llegar al tema inicial que retomó para conducirlo hasta la coda final que es un remanso de paz en notas sinuosas. Pero si todo lo anterior fue un canto a la excelencia, la cima la alcanzó la famosa Sonata nº 10 de Beethoven, donde Pinckas volvió a mostrar su tremendo y amplio sonido al que añadió un refinamiento y musicalidad fuera de lo común. La variedad de matices y la perfección del discurso violinístico estuvieron a la altura de una concepción de gran amplitud de miras. La suya es una figura que solo puede parangonarse, en los últimos tiempos, a la de Itzhak Perlman y, en otro grado, a Gidon Kremer proyectándose en el tiempo, en la dimensión de un Isaac Stern, David Oistrakh o Henryk Szeryng, por citar a los más recientes. ¡ Para los anales!