El pianismo galáctico de las Labèque
El programa no presentaba fisuras. Y las obras figuraban entre las más atractivas del repertorio pianístico de todos los tiempos. Sin embargo las hermanas Labéque no llenaron, cuando se esperaba lo contrario. El alumnado y los profesionales de la docencia, salvo honrosas excepciones, ignoran por decreto el Auditorio, a pesar de ser los mismos que hace poco más de dos años se rasgaban las vestiduras porque en León no teníamos un espacio apropiado para la música. Y no será ahora porque los precios sean caros, pues a los profesionales precisamente y a los estudiantes se les han hecho descuentos especiales, incluso regalado las localidades de tribuna con el mismo resultado: el desprecio y la indiferencia. Tal vez se nos está ofertando más de lo que sabemos apreciar y ante eso no vale el razonamiento, sólo el predicar con el ejemplo. Las hermanas Labèque son uno de los dúos pianísticos más sólidos y espectaculares del mundo. Utilizando dos pianos Steinway las exquisitas intérpretes nos brindaron uno de esos programas que crean afición a la fuerza. Partiendo de un Debussy algo plúmbeo pero de difícil ejecutoria en el fraseo, con un scherzando de antología, pasaron a un Mozart específico para dos pianos. Su sonata Kv 448, escrita precisamente para dos pianofortes, la diseccionaron de principio a fin aunque el piano de Katia, (la más fogosa), presentó graves problemas de afinación y como nos señaló la propia intérprete al concluir: «Son pianos muy usados, que necesitan una atención constante, pero el, mío se quejaba de vez en cuando, y eso que la sala de este Auditorio es excelente, aunque un poquito seca. El nuevo auditorio de Lucerna es una muestra de por dónde deben caminar, ya que cuenta con paneles movibles que permiten adaptar la acústica a las características de cada concierto. Y es que a veces se construyen edificios muy bellos pero se descuidan sus componentes musicales, que, al final, son los únicos determinantes. Ahora bien, una buena sala siempre construye un buen público. En todo el mundo pasa eso». La hermosa Fantasía de Schubert en fa menor, op.103 D 940, a cuatro manos, tuvo en ambas pianistas unas traductoras de excepción. Personalmente hubiera preferido un rubato más acentuado que subrayase más su lirismo desbordado en lugar del desgarro con el que Katia la ofreció, pero el resultado, pese a los continuos bramidos que la más mayor de las hermanas lanzó durante todo el concierto, fue de lo mejor de la velada. Las Danzas Húngaras de Brahms, con alguna licencia en el tempo y en el fraseo, tuvieron en ellas a dos soberbias intérpretes, especialmente en la espectacular Katia, que vibra y hace vibrar a los auditorios con su pianismo «a fuego», poderoso y cortante. Ambas buscan más que encuentran y lo que encuentran lo convierten en oro. La propina de Michel Camilo, fue lo más refrescante de la noche y donde las dos hermanas se encontraron, en su salsa. ¡Qué vuelvan pronto!