Escritor

«Ya sé que tengo que morirme, pero me da una rabia tremenda»

El escritor ha recibido la Medalla al Mérito en el Trabajo en la Subdelegación del Gobierno, de manos de la secretaria de Estado de Asuntos Sociales, Amparo Valcarce «Me he librado porque

«He sabido torear. He toreado de izquierda como nadie»

León

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Son tantas las cosas que quedan por hacer... «Todavía tengo unas ambiciones tremendas». Victoriano Crémer (Burgos, 1907) escribe cada día. Artículos, libros, poesía. Prepara sus vacaciones; «Iré a casa de mi hija, a encerrarme a escribir asuntos que tengo pendientes». Hace repaso de una vida intensa entre risas, rememora el pasado más amargo sin rencores, adorna con una charla afable esa voz gruñona que le cubre como un disfraz. Sonríe pícaro cuando se define con un buen chico, se enardece cuando reclama imaginación y dignidad para afrontar el acoso de una sociedad injusta, y se le nubla el rostro cuando habla de su gran ausencia. Trinidad, compañera. Hoy recibe la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, una distinción más que sumar a un currículum que hace ya muchos años que colmó su vanidad. «El enmedallamiento general fue en enero, pero yo no fui. Luego escribí al ministro, no quería que me pasara con la medalla como a Manolo Escobar con el carro». -¿Cómo se puede haber sido tan contrario a la línea oficial establecida y haber sobrevivido sin irse, y sin rectificar? -Yo lo que he sabido es torear. He toreado de izquierda como nadie, porque me han buscado por todos los procedimientos, me han multado, he ido a la cárcel,.. Pero la gente debía pensar que a pesar de todo no era mal chico. Y es verdad que no soy mal chico. Todavía un amigo me dice que su padre le pregunta por mí: «¿Todavía vive aquel jodío rojo que hablaba por la radio?» -También contó con el apoyo de personajes que, a priori, no comulgaban con usted. -Sí, he tenido amigos raros, como el obispo Almarcha, un hombre muy poderoso. Vino a León desde Orihuela con una carga literaria grande, relacionada con Sitgé y Miguel Hérnández. Llegó a León en un momento en que me me estaban buscando con mucha mala leche, se enteró de que me perseguían y dijo: «de ese hombre respondo yo». Mano de santo. Después iba todos los domingos a tomar café al Obispado, y me fumaba un puro con él. Recuerdo un día que un párroco me acusó de no ir a misa. Almarcha le contestó que tampoco iban los primeros cristianos, y me dijo que fuera cuando me diera la gana. Como tengo permiso del obispo, no he vuelto. -Usted no abandonó el país, pero ¿cómo se vive el exilio interior? -Muy mal, todo el mundo recela de ti. A mi nunca me han dado nada, ni un puesto ni nada. Hasta para poder escribir en los periódicos un amigo tuvo que pedirle directamente a Fraga, que era ministro, que me diera el carné. Pero anduve escondido por todos los sitios, hasta debajo de las escaleras, como San Alejo. Era una sociedad en la que no sabías a qué atenerte, y yo tenía más miedo que nadie. Es que te perseguían, venían a tu casa unos señores de negro por la noche, te metían en un coche negro y no sabías dónde ibas. O te sacaban de San Marcos con una manta y ya sospechabas... Al final te hacías a la idea del que sea lo que Dios quiera, como si fuera un perfecto creyente. Como cuando fui a la guerra. ¿Es que iba a haber una bala precisamente para mi? Tenía fe en la suerte y el destino. -En todos estos años, ¿ha dicho alguna vez: me rindo? -No. El día que lo haga estoy perdido, estoy muerto. Yo tengo a todos mis hijos jubilados, y ya me dicen: coño, papá, jubílate. Ahora no hago bien nada, no ando bien, no veo bien, no oigo bien,... Pero estoy seguro que si dejo de hacer lo que hago, aunque sea con dificultad, será el final. Tengo aún muchas ambiciones, aunque me falta el impulso fenomenal de la mujer. -Hace pocos meses estuvo en un congreso de poesía, y era el más mayor de todos los participantes, pero también el que sostenía unas tesis más revolucionarias. ¿Es pose? -No, lo que pasa es que ahora el revolucionarismo que adoptan es de formas literarias. La poesía ha perdido el norte, por eso anda buscando cosas. Hay un núcleo de gente muy interesante y valiosa, sale más preparada de las universidades de lo que salimos nosotros, que éramos gente hecha a sí misma y por lo tanto mal hecha, como todo lo que se forma libremente. Pero ahora los poetas no influyen porque lo que hacen no interesa. Hoy no encajaría, por ejemplo, la poesía de Bécquer. «Volverán las oscuras golondrinas...» Muy bonito, pues buen viaje. Sin embargo continúan teniendo vigencia Alberti, Neruda, Vallejo, Valente,... ¿Por qué? Porque hablan del hombre. -¿Qué pintaría «Espadaña» en la época del marketing literario? -Tendría el mismo valor que entonces, porque estamos en la misma situación que en los años cuarenta. Incluso he tenido el propósito de reeditarla. Hoy se necesita también rehabilitar la hombredad de la sociedad española. El hombre es un títere en manos de los políticos, los economistas, los estadistas,... Nos están explotando, y a mi no me importa, porque soy un hombre explotable. Pero no perdono que se condene a toda la sociedad como si el hombre no tuviera ningún valor, y lo que fuera importante fueran las centrales nucleares, o yo qué sé. -La ironía, ¿ayuda a vivir? -Desde luego. Hubo un tiempo en que yo era muy trágico, ahora no lo soy por reacción. Me ponían unas multas de la leche, me metían en la cárcel un día y otro. Yo decía: joder, ¡otra vez a la cárcel! Soy incorregible, pero nunca he hecho mal a nadie, no he pisado ni a una mosca. Es un compromiso conmigo mismo y con la sociedad en la que vivo que he mantenido hasta hoy. Una cuestión de dignidad personal. -Ahora el Gobierno le reconoce con una Medalla al Mérito en el Trabajo. ¿Le premian por haber trabajado mucho o por haber trabajado bien? -Yo qué sé. Ni sé quién me ha propuesto. Todos los años se celebra un enmedallamiento general, y en enero una señorita me llamó para felicitarme porque me habían concedido una medalla, junto a otros veintitantos personajes, y que tenía que ir a Madrid a por ella, pero yo le dije que era un señor muy mayor y que ya no estaba para viajes. No me negué a recibirla, que va, pero no iba por ella ni a Madrid ni a Trobajo. Como transcurría el tiempo y no sabía nada de ella, le escribí una carta al ministro de Trabajo, en tono humorístico. Le decía que qué cojona era de mi medalla, no vaya a ser que me pasara lo que a Escobar con el carro, que no sabía dónde estaba. Y tuvo su efecto. -¿De dónde saca la energía para seguir adelante todos los días? -No es energía, es costumbre. Tengo unos horarios muy estrictos, cuando llega la hora subo a mi desván, pero no sé lo que voy a hacer. Me siento, meto un papel en la máquina y me pongo a escribir. (Saca del bolsillo de su camisa un taco de post-it amarillos y un bolígrafo). De vez en cuando voy por la calle, veo algo y lo apunto, porque se me olvidan las cosas, ya no tengo cabeza. Estoy a punto de caer en el pozo negro del alzheimer. Llega un momento en que no te acuerdas, se producen esos blancos trementos en los nombres y las palabras. Antes te surgían las palabras a borbotones. -¿Y cuál es el secreto de la lucidez? -No es un secreto, es también el trabajo. A veces me dicen que me conservo muy bien, yo creo que no, que estoy muy mal, porque todavía tengo unas ambiciones tremendas. Hasta se me van los ojos detrás de las chicas guapas. Normal, todavía soy de carne y hueso, no de bronce, aunque todo llegará... Pero lo paso muy mal cuando se me olvidan las cosas. Hay quien dice que quien muere descansa; yo no descanso desde que pienso que tengo que morir. Tengo miedo. Sé que me tengo que morir, pero me da una rabia tremenda. -Pero usted sigue imparable... -Yo he sido muy pobre, y he pasado muchas hambres, pero he sido un hombre muy feliz. Primero porque he encontrado mis libros, mis juegos,... Y sobre todo porque he tenido a mi lado una mujer ejemplar. Y sigo pensando lo mismo que a los veinte años, es mentira que el tiempo transforme a los hombres. Tengo fe en que algún día la sociedad deje de ser injusta, pero ya no tengo fuerzas para aquel peregrinaje social y revolucionario que me llevaba por los pueblos convencido de que la revolución estaba al alcance de la mano. Soy menos revolucionario de lo que quisiera, pero tengo los mismos sentimientos. No hay nada que haya cambiado en mi.

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