El «niño rey» que no supo gobernar
Elvira, «la prudentísima monja», fue la única que consiguió insuflar energía en el alma de su sobrino Ramiro, y está considerada la auténtica regidora de León en aquel tiempo
El gobierno de un niño, aunque regido por mujeres adultas, no facilitó el asentamiento de la autoridad regia, permitiendo o consintiendo sin más remedio, al menos momentáneamente, levantamientos y desastres de insumisión que se tradujo rápidamente en un alarmante rompimiento de la cohesión social y militar y que llevó a una más que suprema y consciente debilidad como bien se demostró entre los años 970 a 973, debilidad que no sólo tocó al reino, sino, y especialmente, al resto de satélites que al fragmentarse cayeron también en esa desazón de flojedad. Así, entre los años que acabamos de apuntar llegan hasta el califa Al-Hakam numerosos magnates desde distintos lugares, tratando de entenderse directamente con Córdoba. Y allí arriban con regalos de esclavos y de alhajas, quienes son recibidos con los mismos honores que los representantes reales. Son embajadas de Barcelona, a cuya cabeza iba un tal Bofill, de Pamplona, de León, representada por un tal Aloito, de Castilla, que iba encabezada por García Fernández, seguramente el hijo de Fernán González, y otra embajada enviada por el conde de Monzón, Fernando Ansúrez. El carácter de Elvira La autoridad regia venía desde lejos haciéndose muy débil, con más razón ahora que estaba encarnada y sostenida por un niño que, aunque regido por personas adultas, su tía y su madre (Teresa pronto ingresó en un convento), ambas no parecían proyectar la energía suficiente para hacer que el evidente desconcierto y la indisciplina retornaran a la sujeción de la autoridad. Ni tía ni madre parecían de momento conseguir insuflar en sus súbditos, particularmente en sus nobles y hombres de determinación, la fuerza necesaria que hiciera reconducir esa dirección inercial agresiva que ya había provocado peligrosas derrotas y pavorosos saqueos. León, sin embargo, se mantuvo en un cierto orden gracias sobre todo a su tía Elvira, quien parecía ser de carácter y determinación, la «prudentísima monja», hija del rey Ramiro II, quien finalmente pudo imponerse a los magnates del reino con el apoyo siempre determinante del clero, en quien probablemente repercutía en forma de eco la influencia de la otrora monja, o quién sabe si no también los efluvios y emanaciones del imponente Ramiro II enterrado en aquel monasterio que él mismo mandó construir y donde su hija Elvira había profesado, pidiendo más de lo que menos había (disciplina y orden) y menos de lo que tanto sobraba (luchas particulares y pobres ambiciones). No eran éstos sus tiempos, y si lo hubieran sido los hubiera cambiado, seguro. Pero aquellas divisiones de fuerzas cristianas convergieron hacia la unidad, convencidas de que no había otra solución si pretendían dejar de ser monaguillos del califa cordobés, y en 974 unieron sus efectivos para luchar contra los moros, un encuentro bélico que tuvo lugar en San Esteban de Gormaz y donde a pesar de su unión fueron derrotados y «muertos más de veinte sacerdotes y magnates cristianos, a quienes se despojó de los escudos, los yelmos y demás armas». A partir de este momento su tía Elvira parece que desaparece de la corte, no se sabe muy bien si es que fue muerta en esa batalla de San Esteban de Gormaz o volvió a recluirse en el monasterio. Mayoría de edad De todas maneras no nos parece mayormente significativo, pues este tiempo coincidía, precisamente, con la mayoría de edad de Ramiro III y por lo tanto con la asunción total de sus responsabilidades. Fue ella, sin duda ninguna, eso sí, quien ejerció el gobierno efectivo de León hasta su muerte. Y a ella se le atribuye que tras gestiones suyas con el partido eclesiástico, el acceso al trono leonés empezara a ser, a partir de ese momento, hereditario, y no como hasta entonces, electivo, siguiendo una tradición goda. Hacia el año 981, a mediados de julio, en Atienza (Guadalajara), ya empezaba a surgir la figura todavía desconocida de Ibn Abi Amir, que luego se transformaría en Al-Mansur billah, «el vencedor por Allah», y que entre nosotros sería conocido como Almanzor. En el otoño de ese mismo año las tropas leonesas, navarras y castellanas se unieron contra Almanzor, en Rueda, pero no pudieron vencerlo y éste avanzó hacia León que era sin duda el objetivo prioritario, donde no lograron penetrar a pesar de los repetidos asaltos. Es más, «en uno de los encuentros con los leoneses, viendo Almanzor la desbandada de los suyos, despojóse de su casco de oro y se sentó en el suelo. Este gesto produjo un efecto tan inesperado que sus huestes, deseosas de reparar el primer fracaso, se lanzaron de nuevo contra los sitiados, y hubieran entrado en la ciudad a no ser por una tempestad furiosa de agua y de nieve que se desencadenó», en Histoire des Musulmans d'Espagne , de Lévi-Provenzal. A Ramiro III, sin embargo, las derrotas sufridas contra un incipiente Almanzor le volvieron impopular. El cronista Sampiro alude a «sus pocos años y escasa inteligencia», cosa harto normal, pues al no tener años tampoco podía ni tener ni ejercer la inteligencia, si es que la tenía, de lo que nosotros no podemos dudar, y de «hipócrita y soberbio» lo tilda el obispo Pelayo. Nosotros no vamos a contradecir tales afirmaciones, pero sí podemos pensar en las circunstancias en las que llegó al trono, en la edad en la que fue entronizado, en el entorno en el cual vivió, en los asesores que escuchó, en las grandezas que soñó y en las mentiras que engulló, y, en fin, en todo aquello de lo que estuvo rodeado de repente un niño sobre el que había una predispuesta inclinación irresistible y farsante en muchos casos a la adulación, y que de pronto se vio que era dueño en su mano, que la tenía en la mano, de la estrella más brillante de cuantas nadie pudiera imaginar. En eso sí podemos pensar. Y si un simple oropel hace a veces perder la cabeza a un adulto, y hoy, que todo brilla mucho más y también mucho más estamos acostumbrados a los destellos, qué influencia no ejercería en un niño una capa, un cetro y una corona reales, unas reverencias ostentosas y unas sumisiones increíbles. De modo que no son extrañas esas afirmaciones ni las consecuencias de un crecimiento de responsabilidad acelerado, tutelado, pero acelerado. Sampiro también afirma que «maltrató de obra y de palabra» a los condes gallegos, y que éstos se rebelaron por repetidos fracasos militares del rey leonés, lo que condujo en Galicia a un desligamiento de la sumisión a la autoridad de León y a que se entronizara allí a Vermudo II (982) como rey de Galicia, proclamación que se llevó a cabo el 11 de noviembre en Santiago de Compostela. Guerra civil El monarca de León, o sea, Ramiro III, organizó rápidamente la defensa de su trono y salió con su ejército al encuentro de los partidarios de su primo, lo que evidentemente significaba una nueva guerra civil que hacía que, ganase quien ganase, no habría más que un perdedor que sería común a los dos: León. La batalla tuvo lugar en Portilla de Arenas, cerca de Monteroso, en la provincia de Lugo, y esto tuvo lugar en el invierno de 982-983. Para algunos historiadores la batalla no debió de finalizar con claridad, ya que Ramiro regresó a León y Vermudo organizó su corte en Galicia. Pero más tarde Vermudo logró alcanzar León (984) y apoderarse de la ciudad con la ayuda de la mayoría de la nobleza gallega y escoltado por tropas musulmanas. Después de la derrota, Ramiro III fue abandonado por sus seguidores y se refugió en la maragata Astorga y allí murió.