Los condes consuman su deslealtad
Los nobles castellanos, en especial García Gómez, traicionan una vez más a su gente y a su reino. Mientras unos conspiraban contra su monarca, otros acudían a los árabes
«Castilla estaba obsesionada con borrar el Reino de León»
Abd al-Malik al-Muzaffar envió una expedición contra León en 1005 que llegó hasta las montañas y que tomó el castillo inexpugnable de Luna, donde en tiempos del anterior rey, Vermudo II, y acaso también ahora se guardaban los tesoros del reino. Pocos años más tarde muere Abd al-Malik y en 1009 estalla una guerra civil en Córdoba que termina con el nombramiento de Abd al-Rahmán Sanchuelo, hijo también de Almanzor y por lo tanto hermano de Abd al-Malik. Pero es precisamente ahora, durante el tiempo en que Córdoba está sumida en sus problemas y alejada de otras ambiciones, cuando surgen grandes complicaciones en el seno del reino leonés. El regente Menendo González muere el 6 de octubre de 1008 siendo asesinado en un pueblo de portugal llamado Avenozo, ¿quizá como consecuencia de una lucha política?, ¿tal vez combatiendo contra los normandos que volvían a llenar las costas entre el Miño y el Duero? A todo esto los Banu Gómez se rebelan contra el trono y se sabe que a finales de 1008 llega a Córdoba el conde García de Saldaña mendigando ayuda a los musulmanes contra el gobierno de su rey, es decir, contra el leonés Alfonso V. La traición se consuma Este conde castellano es con toda seguridad el García Gómez cobarde y ruin que en tiempos de Vermudo II no dudó en desasistir a su rey para ponerse de rodillas ante el hagib que Almanzor había dejado en León y presentarle sus respetos, el mismo que osó proclamarse «rey» de León el año 990, cuando más débil y arrinconado se encontraba Vermudo, su rey verdadero. Así de valiente era este ruin y así de innoble este cobarde que desde su condado de Saldaña podía practicar la más pura filosofía camaleónica. Pues bien, este desgraciado en el arte noble de la hombría cabal recibió la ayuda de Abd al-Rahmán Sanchuelo y la expedición contra León se puso en camino, y contra todo pronóstico en pleno invierno contraviniendo los más elementales raciocinios del común de las lógicas y otras expediciones anteriores que nunca partieron acompañándose de la más infernal climatología, pero en las cercanías del Duero, los fríos y los extremos rigores los vencieron sin que los leoneses tuvieran que moverse de su sitio. Disputas internas Cuando Alfonso V empezó realmente su reinado (1007 ó 1008) y tras la muerte, acaso asesinato, de Menendo González, su madre Elvira se retiró a un monasterio y, aunque Alfonso, aparentemente libre de tutores y de pelmas (en algunos casos en el mejor de los sentidos), no pudo, sin embargo, desembarazarse aún de Sancho I García, quien mantenía intacta su política de intervención en los asuntos leoneses, favoreciendo la rebelión de los magnates contra su rey y consiguiendo de hecho la independencia de Castilla respecto de León (1014), es decir, poniendo palos entre los radios de las ruedas del reino de León y usando mil triquiñuelas con el fin de llegar hasta el panal de la miel del reino. Como vemos, la obsesión patológica de Castilla por borrar y adueñarse de León no había sido un hecho puntual que había comenzado con Fernán González y nada más. No. Se había trasmitido de generación en generación, y esta inclinación tan obsesiva llama la atención porque siempre tenía una dirección única: León. Mientras que nunca fue tan agresiva con el resto de los reinos cristianos. Enemigos del reino Las intrigas castellanas continuaron, y así los Banu Gómez prosiguieron su particular lucha contra la corona y contra el reino. Lo sabemos por una carta del propio Alfonso V fechada en el año 1012 y que dice así: «Después de la muerte del obispo Froilán (1007) hubo guerra entre los cristianos, y el que tenía el castillo de San Salvador de Curueño, se levantó con él y se puso a las órdenes de García Gómez, el que estaba con la gente de los ismaelitas.» Aquí vemos otra traición manifiesta, no del obispo Froilán que es a quien le dieron el castillo de Curueño tras la consagración de la coronación de Alfonso V, sino del responsable de aquella fortaleza tras su muerte, alguien cuyo nombre ignoramos, pero que supo arrimarse, nadie sabe por qué, quizá por las torpezas eternas y típicas de la tierra, a aquellos Banu Gómez con ambición de monarquía antes de que la debilidad del reino se fortaleciera. Pero Alfonso V supo conservar la adhesión de la familia más poderosa de la región atlántica casándose con una hija de su tutor asesinado, llamada Elvira Menéndez. Y también encontró la ayuda incondicional de otra familia de estirpe muy conocida en la llanura leonesa: la de los Laínez o Flagíniz, de la que uno de ellos, Pedro Fernández, hijo de Fernando Laínez, recibiría especiales recompensas por haber contribuido eficazmente a desarticular rebeldías y reforzar la autoridad regia. Pero los Banu Gómez y el conde de Castilla no cejarán en extender su influencia para realizar la vieja aspiración de anexionarse los Campos Góticos Leoneses, esas tierras comprendidas entre los ríos Cea y Pisuerga, tanto, que el mismo Alfonso V reconocerá y recordará más tarde que García Gómez (de los Banu) y Sancho I García (conde de Castilla) fueron «las dos sombras negras» en los tiempos de su infancia. Enemistad y enfrentamiento En 1014 las «buenas relaciones» entre León y Castilla (entendamos Burgos) se rompen definitivamente y a León empiezan a llegar gran cantidad de evadidos del condado de Castilla que son recibidos con júbilo y ellos además jubilosos quizá de «liberarse» o de llegar a casa, entre ellos los Vela: Rodrigo Vela e Íñigo Vela. Así como en Castilla encuentran refugio los que dejan León. Los Vela, acérrimos anticastellanos, forman entonces un partido de claros tintes proleoneses, que es lo mismo que decir en situación opuesta a la castellana. En 1017, Alfonso V y su consejo, que estaba formado por una buena representación de los Vela (uno de ellos no tardará en tener un puesto preeminente, Rodrigo Vela) llegan al acuerdo de arrojar a los castellanos de las tierras ocupadas en la frontera más occidental de Castilla. Pero esto no sucedió hasta la muerte de Sancho I García y la sucesión de su hijo, el infante García II Sánchez (bisnieto de Fernán González) que estaba tutelado por el obispo de Burgos-Oca, llamado Pedro, por algunos miembros de la familia condal y por la abadesa Urraca de Covarruvias, tía del infante. Y aquello debió de suceder rápido, pues ya el 14 de marzo de 1017 el rey Alfonso V entregaba a su «fiel» Pedro Fernández diversas tierras y castillos cerca de la desembocadura del Cea diciendo: «que se los quitaba a nuestro infidelísimo y a nuestro adversario, el conde Sancho, que día y noche perpetraba el mal contra nos». Así, pues, Alfonso V recuperaba todo o parte de lo que le habían quitado a León durante el tiempo de su minoridad. Y es justamente también en 1017 cuando se construye la basílica de San Juan. Sorpresa ante el cambio Pero bruscamente el rey leonés se encuentra con la oposición agresiva de Sancho III el Mayor de Navarra, quien se ha convertido en protector del pequeño conde castellano García Sánchez, que no tendría más de siete años. Pero mientras se convierte en «protector» no duda en invadir la parte oriental de Castilla, es decir, arrebatarle una franja para compensarle con la conquista de otra: la parte oriental del reino leonés. Entre 1020 y 1022 las relaciones entre León y Pamplona fueron muy tensas, aunque un suceso inesperado calmó la tirantez, ya que Alfonso V enviudó de Elvira Menéndez y él, que tenía entonces alrededor de veintisiete años, pensó en otro matrimonio que pudiera traerle alguna ventaja política. Y puso sus ojos en una hermana de Sancho III el Mayor, Urraca. Así, pues, se pudo establecer una especie de statu quo con Navarra a través de ese matrimonio que debió de tener lugar hacia 1023 o 1024. Había parentesco entre ellos, pues eran primos segundos, pero esto no importaba todavía demasiado en las costumbres de aquel tiempo, aunque ya empezaban a introducirse en España las normas estrictas de la iglesia romana que no cesaba de recordar a la cristiandad. Esto, de todas maneras pudo significar un impedimento o cuando menos un conato de duda, ya que Sancho III quiso consultarlo con un buen amigo suyo y un hombre de muy probada sabiduría, el abad Oliba, de Ripoll (Gerona), quien ya se había opuesto con anterioridad a ese matrimonio, quizá en 1022. Pero a pesar de la opinión negativa del abad Oliba, las necesidades de unos y de otros hicieron que el matrimonio se consumara por esas fechas que ya hemos apuntado, entre 1023 o 1024, y que vino a significar una solución momentánea en la pugna entre leoneses y navarros.