El año de la injerencia extranjera

Castilla, aupada al ímpetu expansionista de Navarra, se suma a los intentos de este reino por desestabilizar León y apoderarse de él, situándolo al borde de la guerra civil

Miniatura medieval que representa a Vermudo III, rey de León

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C. Santos de la Mota - león
León

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Pero antes de las consecuencias quizá sea bueno decir, denunciar también para que se tome buena nota en estos mismos tiempos que atravesamos, el escaso apego que sobre lo propio se ha tenido siempre: magnates y familias influyentes desconectadas por completo del tronco alrededor del cual giraban, desinterés por la política más cercana, por la recuperación y el mantenimiento de las peculiaridades, apatía por la expansión, el auge y el orgullo del reino e inhibición total en el compromiso por restablecer la personalidad del país, que era al mismo tiempo la restauración de su propia esencia. No sólo hubo dejación de estos elementos esenciales, sino que continuaron apareciendo los viejos y funestos fantasmas de la resignación, el inmovilismo, la connivencia y hasta la complacencia con el intruso, el ajeno que no venía a aportar nada, como de lo que también hay que sospechar hoy y siempre, sino todo lo contrario, a llevarse la poca personalidad (y con ello la dignidad) que pudiera quedar. Los enemigos están dentro El condado de Castilla (detrás de los condados estaban los hombres) ya era un condado fuerte, y Navarra era un reino imponente, lo que hacía que ambos dos, o incluso nos atreveríamos a decir que cualquiera de los dos por separado, podría plantarse ante León con una cierta soberbia y no exponiendo, quizá, demasiado en ello. De todas maneras aunque así fuera, León, su peso, su poso y su hervor orgulloso, hubiera sabido plantar cara a cualquiera de ellos, pero los enemigos más importantes de León, aquellos que más daño hacían no estaban fuera del reino, como tampoco lo están hoy. Los verdaderos enemigos de León anidaban intramuros, en sus casas, en sus calles, en sus plazas, desinteresados¿ sobre una mullida de ignorancia, de petulancia, aferrados a una fraternidad equivocada, cómplices de una pasividad suicida, alimentando un error que hacía que engordara más otro anterior, con los sentidos puestos en el punto opuesto al que deberían estar dirigidos, ineptos, inaptos, como desligados de esa correa de trasmisión que debía unirles en un mismo afán, llevarlos hasta un mismo interés: la personalidad, la particularidad, la singularidad, la homogeneidad, el sentimiento de ser, antes que la inconcreción, la pobreza y la frialdad de la heterogeneidad de una forma de ser difusa y confusa. Y no se daban cuenta, tampoco hoy, que su nido era cada vez más pobre en su mullida, menos robusto en su estructura, peor cohesionado entre sí y más expuesto y vulnerable en general. Y que poco a poco se iban acercando pájaros cada vez más grandes y pesados. Y que sus picotazos eran tan fuertes, cada vez más fuertes, que hasta el nido regio, el más robusto de todos, temblaba, retumbaba, se desmoronaba lenta, inapelablemente. Sacudida castellana Para entonces, también Castilla empezaba a cansarse de la intromisión navarra sobre una presa (ya entonces, e incluso antes, se vivía en todo el reino con mayor o menor aceptación una renuncia explícita a la fortaleza, una asunción complacida a la fragilidad) que patológica y ancestralmente consideraba suya (qué manías tan antiguas y tan modernas, cuánta terquedad y cuánto abuso psicópata) y decidió hacer un movimiento de estrategia que consistió en pretender unir al heredero de Castilla, el infante García Sánchez, con la hermana de Vermudo III, Sancha de León. El infante castellano ya había llegado a la mayoría de edad, tenía entonces 19 años y la corte de León accedió fijándose la fecha de la boda para la primavera de 1029. De lo que aconceció después lo veremos en el próximo capítulo dedicado, precisamente, a Sancha de León. Lo cierto es que por el momento la influencia de su madrastra Urraca de Navarra (pudo haber sido de cualquier otro lugar) permitió que se fueran cumpliendo los deseos de su hermano Sancho III, anhelando la extensión vascona por todos los Estados cristianos. Naturalmente, a ese deseo unió el de intervenir en la política leonesa. Para ello fomentó las rebeldías de nobles y magnates de toda índole y, aprovechando las disputas internas, la poca homogeneidad en la singularidad que poco a poco iba desapareciendo y, en consecuencia, la fragilidad y hasta la connivencia de algunos grupos sociales, las tropas del monarca navarro ocuparon las tierras comprendidas entre los ríos Cea y Pisuerga, más o menos las mismas que Alfonso V le había disputado a su tío castellano Sancho I García, después de que éste se las quitara a aquél cuando aún era un niño. Las tierras de las que hablamos fueron llamadas por Sánchez Albornoz como Campos Góticos Leoneses, ya lo dijimos, y no Campos de Castilla como han venido a quedar para la historia. Nosotros, sin embargo, seguimos considerando a esos lugares Campos Góticos como objetivamente los considerara el insigne historiador, y como en realidad son, quizá un territorio que bien pueda ser el más genuino de todo el reino, plazas y lugares llenos de disputas, de sangre, de rabia, de poder frente a frente, de gente dura, austera, quizá desconfiada de pertenecer a unos y luego a otros, y después a otros y otra vez a los mismos, campos en los que aún se oyen los gritos y los hurras de las victorias, los lamentos y los estertores de la muerte. Y una esperanza, la de los que no murieron ni en alma ni en espíritu, la de los que aún siguen vivos, en la presencia y en la memoria, ansiosos de tener una oportunidad para reponerse de la vieja derrota. Campos de León que hicieron más ancha a Castilla y más estrecho a León, campos ocupados por Castilla que son de León. Y el reino de León, pues, se redujo considerablemente, las disputas fueron continuas y la influencia llegó a ser tan abrumadora que pronto todo haría que cambiase en el verano de 1032. Debía de ser tan evidente el cansancio también en León, preso de la injerencia navarra, que pronto se empezaría a pensar en el matrimonio de Vermudo con la castellana Jimena Sánchez, hija del conde de Castilla Sancho I García. Así pues, en la corte de León se tomó una decisión drástica: la expulsión de la madrastra Urraca de Navarra y de toda esa parte importante de la sociedad manipuladora y dominante que no hacían más que condicionar los derechos y los esfuerzos legítimos del desarrollo propio. Y esto sucedió en 1032, lo que provocó una insurrección general pues buena parte de la sociedad estaba «infestada» de los modos y actitudes navarros, sus influencias y unas injerencias que distorsionaban el verdadero sentido de la peculiaridad y la particularidad leonesas. Sancho III el Mayor de Navarra, confundido y contrariado al principio, ofreció a su segundo hijo, Fernando, como esposo para la hermana de Vermudo III, Sancha, pero con una condición, y es que sólo le dejaría el condado de Castilla hasta las márgenes del río Cea. Agresividad e imperalismo Momentáneamente las armas callaron, pero Sancho III, que había comenzado a llamarse rey de León dos años antes, siguió afirmando este dominio, lo que daba a entender que no había renunciado a sus planes de agresividad ni de imperialismo. Todo parece indicar que tras la expulsión de las familias y de las filosofías navarras se combatió duro, especialmente en 1033, y que Vermudo III seguía reinando y actuando en su capital pese a las anteriores fantasmadas de Sancho el Mayor de autoproclamarse rey de León unos años antes. La confusión, sin embargo, y esta vez sí, creció en 1034, pues aunque una carta leonesa de 9 de enero declaraba que el rey Vermudo reinaba todavía en León, pocas fechas después de esta misiva debieron de entrar los navarros por la fuerza en la ciudad regia, ya que el 13 de enero de ese mismo año, todas las escrituras llevan el nombre del rey Sancho III el Mayor, con lo que éste consiguió su sueño imperial y hegemónico. La ciudad de Astorga cayó en el verano de ese año y los documentos hablan de que el rey Sancho III dominaba desde Barcelona y Ribagorza, en las faldas pirenaicas, hasta Astorga, Zamora y la raya de Portugal. A su lado o de su lado cayeron esas partes humanas que asoman, bien desde la más pura debilidad o, por el contrario, desde la más refinada astucia, es decir, de aquellos que prefieren doblarse, asumiendo sus consecuencias, no sólo para ellos, sino también para todos aquellos a los que representan; o por el contrario se deciden por una postura más determinante y áspera y, enfrentándose al rompimiento y asumiendo otro grado de dignidad, buscan la definición nítida y su inevitable resultado que muy bien puede estar medido con la fragancia del honor histórico o con el triste rumbo del olvido eterno.

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