Bellido Dolfos, amante de Urraca

Los intentos de escapar de Zamora, las murallas cerradas y las dudas constantes planearon durante muchos años sobre el sacrificado soldado Bellido

La muralla zamorana, testigo de variados acontecimientos

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C. Santos de la Mota - león
León

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Lo que sí nos llama poderosamente la atención es que una vez consumada la muerte del rey invasor de Toro y pretendiente a invadir Zamora y posteriormente todo el reino y la capital de éste, el mismo contra el cual luchaban desde hacía más de siete meses los súbditos del reino de León penando por hambre y por libertad en su propia tierra, los mismos zamoranos «cerrasen las puertas» a su soldado héroe. Era alcalde de Zamora en 1072 Arias Gonzalo, un fiel a su rey Alfonso VI y cómo no a su hermana Urraca Fernández, por lo que nos extraña más todavía que al héroe Bellido Dolfos, de especial amistad con Urraca, y viceversa, se le dejase salir para luego impedirle entrar. Desde el humilde punto de vista de un servidor, quien haya escrito esto o es un tonto, o es un necio, o quizá las dos cosas a la vez. Todos sabemos que la historia la escriben los vencedores, a la que dedican profusión de matices, adornos y requiebros literarios y de la que suelen omitir, naturalmente, todo aquello que reste brillo y esplendor a la sin par victoria. Quiénes son los vencedores Todos sabemos, también, que es a los vencedores a quienes suele corresponder la tarea de contar lo sucedido, entre otras cosas porque los vencidos o están muertos o los que quedan sobreviven tan frágiles que apenas les quedan ganas de escribir ni de contar nada. Es la muerte física y/o psíquica; de aquélla se desprende el descanso infinito, de ésta la tortura ilimitada, una apariencia de mundo al revés, la extrañez de vecina, un hueco negro en el alma. Las victorias, además, ejercen sobre la historia posterior un efecto pretendidamente real y verdadero que de no existir la sana costumbre de la duda y la sospecha, daríamos todos por buena la versión de la historia de la parte triunfante. Nosotros no vamos a discutir nada que no entre dentro de una lógica razonable, e incluso en aquellos casos en los que no se sepa bien si son lógicos o no, tampoco entraremos. Que Bellido salió del sitio de Zamora con la clara intención de defender a su rey llevado por un idealismo y practicismo de soldado razonable que no nos parece descabellado, pues se trataba del mayor servicio que podía hacer a su señor, máxime si nos atenemos a que parecía ser amante de Urraca, hermana ésta de su señor, nos parece desde todo punto de vista no sólo un acto factible, sino obligado como soldado y súbdito al servicio de su rey. Nos parece también un acto heroico, arriesgado, no sé si ejemplar, pero desde luego sí muy valiente. Por lo tanto pudo hacerse y además había que tener agallas para poder llevarlo a cabo. No todos tienen tal grado de valentía ni hasta tal punto están comprometidos. Entendemos, pues, que Bellido salió de entre las murallas de Zamora prácticamente con una cosa asegurada: en el mejor de los casos su muerte a cambio de otra, o peor, la suya propia a cambio de ninguna. Ésta era la más probable de cuantas posibilidades podía esperar. Dice la crónica también que salió «ocultamente». Esto, simplemente, nos parece una perogrullada. Cuando un soldado sale de su guarnición con la intención de matar al rey enemigo, un rey que le asedia y espera el desmoronamiento de la ciudadanía intramuros para adueñarse de ella, ajeno a su país y en actitud inequívoca de conquista mediante victoria militar, normalmente no se ponen pancartas ni se editan ni lanzan edictos, porque si no nos iríamos directamente a la guerra del fallecido Gila. Y esto era más serio. Puntos que no concuerdan En otra parte de la crónica nos encontramos con dos cosas absolutamente contradictorias. Por un lado Bellido (del latín bellitus, bello) era «amante» de Urraca Fernández, y, por otro, que «salió de la ciudad fingiendo pasarse a las filas de éste (Sancho) y le asesinó a traición. Los zamoranos le cerraron entonces sus puertas». O sea, podemos entender que un Bellido amante de Urraca, por lo tanto unido sentimentalmente a esa mujer, actúe de esa manera, quizá cuando el asedio era ya prolongado, quizá llevando más allá el último recurso, quizá al hacer gala de su valor extremo dedicando conscientemente su más que probable muerte a su amante. Estas cosas pueden ser razonables y perfectamente factibles en ciertos momentos de tensión y/o desesperación cuando la gravedad de la situación puede estar llegando al límite. No debemos perder de vista la perspectiva de aquellos años, aquel tiempo, la sociedad y su mentalidad. Hoy nadie daría una gota de sangre por nadie, pero en aquellos años la sangre corría con más fluidez, tenía menos valor, había otro honor, otro despecho y, aunque la vida siempre vale igual, es decir, no es cuantificable, lo cierto es que su medida de valor puesta en práctica por aquella sociedad era inferior a la de hoy. Pero Bellido «salió de la ciudad fingiendo pasarse a las filas de éste (Sancho)». Naturalmente esto sobrepasa cualquier comprensión, al menos la nuestra, porque ya no es que no nos parezca lógico el escrito que venimos refutando, es que podemos asegurar que se trata de una aberración humana, una malformación estructural de las coordenadas del pensamiento o un alboroto atolondrado de la psique. Dudas razonables Y nosotros no podemos creer así ni a los soldados zamoranos, ni a los autores de la crónica a no ser desde un pensamiento avieso, o todo lo contrario, ingenuo, ni a su señora, Urraca Fernández, que era de «talento muy notable» como ya dejamos escrito en el anterior capítulo. Además, si amantes los dos, ¿Bellido se iba a pasar a las filas del enemigo? Y en todo caso, Bellido, como amante de Urraca Fernández, no debía de ser un soldado cualquiera, quizá fuera caballero, tendría mando, ejercería influencia, desplegaría poder. Y Urraca Fernández, señora de Zamora, ¿permitiría dejar salir a su amante, a un soldado relevante, para que se uniera a las filas militares contra las cuales ella misma se estaba defendiendo? Y otra contradicción. «Los zamoranos le cerraron entonces sus puertas.» Nosotros pensamos que si era amante de Urraca Fernández, ésta debía saber y estar al tanto, seguro, de los planes de su amado, precisamente por eso y con el consentimiento de Urraca le dejaron salir. ¿Y luego no le dejaron entrar? Urraca, su amante, ¿no le permitió entrar? Unión leonesa O sea, se estaba llevando a cabo una heroica resistencia de la ciudad de Zamora que encarnaba en esos momentos el espíritu leonés, el único baluarte del reino que aún mantenía la dignidad de León frente a la colonialista Castilla (Alfonso VI versus Sancho II). El objetivo final, el más natural, el ineludible era derrotar al enemigo, y cuando éste cae fulminado en la figura de su máximo representante, que es nada menos que el rey y que debe significar ipso facto la victoria de un bando, resulta que al héroe, al soldado relevante, al que ha propiciado con su arrojo que el rey enemigo muera, «se le cierran las puertas», y todo esto con el consentimiento y el beneplácito¿ no sólo de la señora de Zamora, su amante, tan inclinada también a la predilección por su hermano Alfonso VI, como alejada de las simpatías para con su otro hermano, Sancho II, contra el cual se había defendido, sino también con la bendición de su propio rey si es que pudo venir de Toledo y se encontraba dentro de la fortaleza zamorana. Muy extraño. El resultado final Y si no le dejaron entrar, ¿por qué le dejaron salir? ¿Para unirse a las filas enemigas? El genial humorista Gila no lo hubiera mejorado. Lo que vino después ya no nos importa tanto. Díaz de Vivar pudo perseguirle, según nos cuentan, y herir a su caballo, pero ya es extraño también que un soldado solo, fuera de su fortaleza, después de haber matado a un rey y rodeado de uno de los contingentes militares más fuertes de la época y del mundo cristiano peninsular, pudiera huir y el gran «Campeador» no fuera capaz más que de «herir levemente a su caballo», con lo que suponemos que el medio más rápido de huida de Bellido Dolfos terminó y hubo de ingeniárselas por sus escasos medios, más escasos aún si damos crédito al gentío de sabuesos tras su rastro, encabezados por el afamado «Cid». Demasiado poco, demasiado incompleto, demasiado confuso.

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