Tenía 50 años y había ganado algunos de los premios más respetados del panorama nacional
Fallece Antonio González, el poeta berciano del paisaje y el sentimiento
La Academia Castellano y Leonesa estaba preparando la primera antología de su obra

Imagen de juventud del poeta de Corullón Antonio González-Guerrero
«Apenas queda sueño/ Para enhebrar la aguja de los mares./ La luz se precipita/ y hay conspiración entre los astros./ Me voy haciendo viejo; sin patria, amor, sin rumbo, y me doy cuenta/ que ya no tengo aliento/ para zarpar de nuevo hacia el ocaso». El cáncer que padecía Antonio González-Guerrero fue más rápido que la gran antología de su obra que preparaban los también leoneses Luis Artigue y Gonzalo González Laiz para la Academia Castellano y Leonesa de la Poesía. El libro estaba ya casi en imprenta cuando en la noche de ayer los amigos, familiares y lectores de González-Guerrero recibían la noticia, no por temida menos terrible, del fallecimiento de un poeta heterodoxo, libre y auténtico. Un poeta de culto, nunca de masas, que había cantado con emoción y acierto tanto a la raíces del pueblo berciano y su céltica memoria como a la perpleja situación vital del hombre actual. Antonio González-Guerrero había nacido en Corullón en 1954, como el también creador Antonio Merayo; al lado de la Villafranca de artistas, poetas y escritores. Era titulado superior en Estudios Franceses Modernos y había trabajado como traductor, compaginando la crítica literaria con la labor poética, colaborando en varias publicaciones especializadas. Su obra obtuvo muchos y muy diferentes galardones, entre los que cabría destacar el Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide, el Premio Nacional Ciudad de Toledo o el Premio Ciudad de Astorga. Escribió unos catorce libros de poesía, toda ella actualmente dispersa a la espera de la antología antes citada, que llevará por título Si vuelvo atrás los ojos aún recuerdo , y que está previsto salga a la luz dentro de dos meses. Berciano por los cuatro costados, gran amante de su pueblo natal y de sus gentes, pertenecía a la misma generación que Juan Carlos Mestre y guardaba gran amistad y sintonía con autores como Antonio Merayo, Carmen Busmayor y Antonio Pereira. A juicio de Luis Artigue, su creación literaria pasó por diferentes etapas: la primera de ellas era heredera de Antonio Machado y la tradición castellana (así, El peso de mi sombra ), una serie de obras publicadas en su mayor parte por la Agrupación Hispana de Escritores. La segunda es la que profundiza en la memoria histórica y sentimental del Bierzo, ( El país de la nieve , por ejemplo), con influencia de Keats y la Irlanda druídica, convirtiéndose en un auténtico bardo de la mitología realizada sobre la base del recuerdo. Una última etapa sería aquella en la que muestra abiertamente su homosexualidad con un verso muy inmediato y pegado al terreno, pero al mismo tiempo culto, que bebe de la vida arrabalera del Madrid nocturno. A esta fase creativa pertenece el que fuera su último poemario, el extraordinario Catulo en Malasaña (2003), editado por Hontanar. Dice Artigue de él que es «el más leonés» de nuestros poetas, por ser el que mejor supo emplear ese «ruralismo mágico» tan caro a esta tierra, y también quien «ha dominado mejor la métrica y la musicalidad del verso». Respetado por la crítica y muy querido por sus lectores, siempre incondicionales, admirador de Quevedo, Teresa de Jesús y conocedor de la peripecia história hispánica, plasmó su nobleza de espíritu y su cariño al viejo Reino desde la libertad, la independencia y la heterodoxia, en libros que para siempre nos hablarán de este gran poeta del paisaje, el ambiente y el sentimiento.