La fuerza de la palabra bien interpretada

Solá y Oteyza lograron agarrar durante dos horas el alma del público leonés con una historia que desnuda los sentimientos

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Pilar Infiesta - león
León

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A veces, el silencio es tan revelador como una buena frase. Y son esos instantes mudos dentro de un teatro abarrotado los que demuestran que los actores han sabido agarrar el alma del público para escribir en sus corazones una historia que, en el caso de El diario de Adán y Eva , fabula sobre nuestros orígenes. Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza demostraron con su interpretación sin máscaras que seguimos siendo los mismos, tantos siglos después. Unos animales movidos por el amor. Durante dos horas, fueron desnudando los sentimientos humanos, sin ñoñez, arrancando carcajadas, pero también alguna lágrima de emoción por la verdad de sus diálogos. Ambos saltaron sin interrupciones de Adán y Eva a Dalmacio y Eloísa con el recurso de la antigua radio en el aire y de los flash back o saltos en el tiempo. Así, además de contar con voces imposibles cómo los primeros moradores bíblicos del planeta descubrieron que se necesitaban, este matrimonio de actores desgranó sobre el escenario la pasión de dos locutores de la Argentina de los cincuenta, unidos por la palabra de los seriales a los que pusieron voz durante seis años. Dos tramas a las que añaden los recuerdos entrañables del personaje masculino, cuando llega, sólo a ojos de otros, a la ancianiedad y es entrevistado por la hija de su ex compañera Eloísa. Precisamente, con la interpretación de este joven viejo cargado de experiencia, irónico, sincero y picante, Solá logró meterse a los espectadores en el bolsillo casi al comenzar la obra, cuando, durante más de veinte minutos seguidos, empezó a relatar deprisa, con humor y tristeza, mil y una peripecias de su vida. Sorprendió tanto su memoria, como las frases elaboradas que repetía sin parar, con palabras y adjetivos perfectamente engarzados a los otros como las bolas de un collar. No se veía al actor, se veía al personaje, tan real, tan creíble, que sus emociones fueron mimetizadas por el público. Sin olvidar, que su pierna derecha ni un instante dejó de bailotear emulando el tembleque de Dalmacio. Salvar el teatro Emperador Tras la función, Miguel Ángel Solá aprovechó la buena comunión que se había establecido con los 800 espectadores para lanzar una defensa de los edificios de teatro antiguos. Él presenció la destrucción de más de 3.000 de estos monumentos en Argentina y reclamó que los leoneses intentaran salvar el Emperador. Los nuevos teatros «son más fríos, sus paredes no están impregnadas de las palabras y los sentimientos del paso del tiempo», dijo. Desde luego, la obra no dejó indiferente a los leoneses. El aplauso es por hacernos pensar y reír.

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