Publicado por
MIGUEL ÁNGEL NEPOMUCENO
León

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AUNQUE la noticia no pilló por sorpresa a nadie por el estado crítico en el que se encontraba la soprano desde hacía dos semanas en una clínica de Barcelona, sin embargo todo el mundo de la lírica recibió con consternación su deceso acaecido en la madrugada de ayer. Victoria de los Ángeles López, la mejor embajadora que nunca tuvo el arte lírico español, acababa de dejar este mundo en el que desde hace años no quería permanecer. Besada por los dioses y tocada por un destino incierto, su vida fue tan incandescente como la de las heroínas que tantas noches recreaba en los escenarios. Su voz pertenece a la más alta jerarquía de la interpretación musical y su arte, una lección permanente en la búsqueda de una perfección inalcanzable. Tremendamente humana y sincera, tuvimos el honor de compartir con ella momentos inolvidables de su carrera, y de leer las críticas alemanas cuando en el año 1961 era aclamada como reina absoluta en el Bayreuth de Wieland Wagner, al dejar para los restos una incomparable Elisabeth del Tanhäusser de Sawalisch, que no ha tenido parangón latino en todo el siglo, luego la volvimos a escuchar en la Atlántida con Toldrá, y en una Mimí hecha con fibras de ternura y desolación al lado de un inigualable Bjorling, al que tanto quería y admiraba en una lluviosa tarde neoyorquina, y en aquella Carmen , hermosa y rompedora que nos legó, con un Beechman en el podio que no sabía muy bien si la tenía o la soñaba. En el viejo Reino A León llegó por segunda vez en su carrera artística el 16 de mayo del año 1995, cuando su voz sólo era ya una sombra de su fascinante pasado, pero, así y todo, encandiló al público. Tocada por la desgracia familiar, la muerte y la desolación pugnaban por yugular una vida que había sido hecha para el arte. Su mirada ya no tenía el brillo de antaño y su voz casi apagada dejaba traslucir la apatía y la angustia que la atenazaban cada día. Sus recitales se habían convertido en una especie de despedida continua, nunca concluida. En aquella tarde primaveral leonesa, horas antes de su recital en el teatro Emperador de la capital leonesa, en el que estuvo acompañada por ese gran pianista que es Albert Guinovart, Victoria de los Ángeles nos comentaba con lágrimas contenidas mirándome con aquellos ojos como noches: «Mi vida ya está cumplida y canto para no morirme. Sólo la música y los recuerdos me hacen estar aún en los escenarios.» Y cambiando el semblante me espetó sonriente: «¿Sabes que mi abuela era zamorana?». Así era Victoria de los Ángeles, humana, sensible y llena de ternura. Con ella, el pasado, el presente y el futuro se conjugan con un mismo verbo: fascinar. Y su legado, preservado para siempre del olvido, hará de su escucha la llave maestra de los sueños, de los recuerdos y de nuestra vida. Victoria de los Ángeles López, hasta siempre.   

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