| Crítica | Danza |
Carmen nunca fue pena mayor
Sin perder compostura, pero visiblemente fatigado, Antonio Canales aún tuvo redaños para dejar jirones del mejor flamenco en el Auditorio Ciudad de León
Antonio Canales, durante su interpretación en «Carmen, Carmela»
Aunque esta vez llegó puntual, tal vez demasiado, el espectáculo tuvo que retrasarse quince minutos debido a problemas de sonido que, por otra parte, no me extraña que ocurran porque a los decibelios a los que sometió una sala abarrotada que no necesita más que la nota suene sin necesidad de incrementarla -hasta umbrales que rozan la sordera-, sólo faltó el pelo de un calvo. Aunque no se guardó, como se hizo en todos las salas de España donde había espectáculos, el minuto de silencio ritual por las víctimas del 11-M, Canales llegó, cantó, bailó y convenció, aunque esta vez menos que hace dos años, cuando protagonizó una velada magnífica con su estupendo programa Bailaor , construido y coreografiado con mucha mayor riqueza que este Carmen, Carmela al que le faltó más enjundia, mayor recreación de las partes esenciales de la obra de Bizet y un poco de más de brío cañí por parte del maestro. Ante un decorado escueto, monotemático y con escaso juego de luces, los dos cantaores, el guitarrista, la caja y los tres protagonistas fueron tejiendo ese flirteo por los diferentes palos, desde la pegadiza seguidilla del arranque hasta la Habanera tradicional y desafiante que Carmen se marca para desesperación de un Don José que no sabe muy bien a qué palo juega la casquivana cigarrera de Triana. Hay que resaltar la sorprendente facilidad de Canales para coreografiar obras argumentales a las que dota de un ritmo adecuado para la escena, y en las que además consigue que sea la propia danza la que transmita la acción. Un mérito enorme si consideramos que es una de las asignaturas pendientes de este país. Aunque no pareció estar en su mejor momento, pues físicamente se le ve ya algo metido en carnes, la verdad es que apenas bailó hasta pasada la mitad de la representación, lo cierto es que el final fue electrizante. El Escamillo de Diego Llori fue colosal por estilo, adecuación a la música y al drama; sus solos, de una hondura conmovedora. Lola Greco, Carmen, fue todo fuego bajo el azul nocturno en el que guitarra, percusión y cante rezumaron aromas de seguiriya. Silencio que rompe el rasgueo de una guitarra, mientras el aire recobra el pulso con una leve bulería, brazos pendulares y redondeo. Baile sobre el primer con su taconeo inhumano, con sus arabescos huidizos que se elevan por entre los dedos como agua en cestos de mimbre. El flamenco lo señorea todo con un aire de bulería monótono y pegadizo. Noche de puro flamenco, que desembocó en un final adulterado (Carmen se mata de un tiro en la boca) pero apoteosis total premiada por aplausos interminables de un público entregado.