Desde el abismo a la otra orilla
Un viaje a los infiernos del sinfonismo moderno y un extasiado recorrido por el Beethoven más fulgurante fueron las dos propuestas que el violinista Nicolaj Znaider y Víctor Pablo Pérez nos propusieron el pasado viernes en el Auditorio. Servido con un vitalismo contagioso, el concierto para violín y orquesta nos reveló que Znaider no es un intérprete al uso de sonidos amables y florituras para la galería, sino un músico revolucionario que experimenta con el sonido y la armonía. Los tempi que eligió puede que en ocasiones se excedan en ralentandos y acelerandos, pero la cuerda tiene el sonido dulce y la textura adecuada, muy lejana a la de otros historicistas más pesantes y menos naturales. El arco de Znaider está lleno de fantasía e imaginación, y el sonido que arranca al instrumento es de una dulzura y carnosidad fuera de cualquier comparación. Su Beethoven fue lírico en extremo, con un fraseo declamado envuelto en la suavidad y la afinación correctas que aún resultaron más irreales en el Allegro por la tremenda trasparencia de su sonido con el que en ocasiones parecía quedar extasiado. Un alarde de virtuosismo que se desvaneció ante el derroche de talento e imaginación que otorgó a cada grupo de frases del larguetto, donde los arabescos, las notas picadas, las dobles cuerdas y todas las ornamentaciones fueron expuestas sin el menor atisbo de divismo. «Nuestra travesía en el mundo está rodeada de sufrimiento, de dolor y de injusticia. El arte es el refugio y la única salida». Con estas palabras se expresaba Mahler al concluir la escritura de su Quinta Sinfonía, tal vez la más desgarrada, elegíaca y conmovedora de sus nueve composiciones para gran orquesta. Su arranque tiene un punto de partida, el abismo, que representa la idea de la angustia y la soledad humanas, pero también la de la melancolía por un mundo interior perdido. La lectura que hizo Víctor Pablo se apartó de lo escoliasta para acercarse al hombre de hoy, al hombre de la calle atribulado por sus destino que busca constantemente el camino de la revelación sin conseguirlo. El uso que hizo de la trompa en el scherzo, introduciéndola entre la cuerda grave, y la apocalíptica visión de su primer movimiento sentaron las premisas de lo que íbamos a escuchar. Un abrasador tratado del mejor sinfonismo. Si la marcha fúnebre fue desoladora, el segundo movimiento trató de romper esos conflictos en el coral antes de llegar al scherzo, juguetón y demoníaco y caer como un ave herida sobre ese cinematográfico Adagietto, lied sin palabras al que se le hubiera pedido un poco más de lirismo y algo menos de volumen inicial. El hombre se enfrenta inerme a su soledad y a su destino ineludible. El finale lo diseccionó Víctor Pablo con la fuerza y el empuje de un visionario. Forzó los acentos y ensalzó el viento permitiendo a trompas, oboes y clarinetes ese mortal diálogo que arrastra a la orquesta y con ella al oyente a los abismos de la nada. «Humano, demasiado humano», que diría Nietzsche, así fue esta sinfonía servida por uno de los directores más originales, seguros e inteligentes. Irrepetible.