Su último concierto, el martes en París, no tuvo la expectación de siempre
Las eternas despedidas del tenor Pavarotti cansan a los melómanos
Los entendidos acusan a la estrella de convertirse en un mercader del mundo de la lírica

Pavarotti durante una representación de Aída
La larga despedida de Luciano Pavarotti de los escenarios deja un sabor amargo entre los melómanos, que acusan al tenor más conocido del mundo de haberse convertido en una suerte de mercader del bel canto. La carrera de uno de los cantantes líricos más populares y amados del siglo XX, iniciada en el lejano 1961 en Irlanda encarnando al duque de Mantua de Rigoletto ¡, se apaga lentamente en buena parte por las mediocres exhibiciones realizadas en el curso de varios años de anunciadas giras mundiales de despedida. Sus legendarios «do de pecho», sus magníficas interpretaciones de Verdi, su divismo natural, que le valieron las portadas de las más importantes revistas del mundo y la aclamación como el nuevo Caruso, han pasado al olvido con conciertos en estadios y salas sin acústica para un público poco exigente apabullado por su mastodóntica figura y su fama. El rey del agudo, que cumplirá 70 años el próximo 12 de octubre, dueño de un voz entre las más bellas de las últimas décadas, está perdiendo su carisma según muchos expertos y críticos, para convertirse en un «tenor globalizado», una especie de fábrica de dinero que no logra jubilarse. Pese a haber anunciado en numerosas ocasiones su inminente retiro, Pavarotti, nacido en Módena, una tranquila ciudad de Reggio Emilia, en el norte de la península, hijo de un simple panadero, decidió realizar una gira de despedida por el mundo, iniciándola por América Latina (Venezuela y México) pasando por Europa, Estados Unidos, Australia, y concluyéndola en diciembre de este año en Hong Kong, Shanghai y Pekín. No se descarta que se extienda al 2006, con lo que se confirmarían las sospechas de que el tenor no logra cerrar definitivamente una de las carreras más espectaculares de la lírica. Su último concierto en París, el martes pasado, no despertó la expectación de antaño y el Palacio de deportes París-Bercy no se llenó, en parte por el elevado coste de las entradas, un elemento que ha causado estupor en Europa.