La semana sabática
En que el cronista decide tomarse la jornada para asuntos propios y pide al lector que lea el capítulo

La verdad es que este capítulo que hoy nos toca no es ni largo ni corto, y lo cierto también es que pasar, lo que se dice pasar, no pasa nada. No puedo ocultarles que hay un escatológico pasaje en el que Sancho, en medio de la noche y muerto de miedo por unos ruidos acompasados que llegan de entre un bosque próximo, se hace sus necesidades agarrado a una pierna de don Quijote, que se mantiene montado en Rocinante. La escena es bastante gamberra, pero ruego al desocupado lector que haga hoy el trabajo por mí, que no me apetece contarla, y vaya directo a su ejemplar de este libro, ese que se niega a abrir, porque total para qué si ya lee lo que pasa los martes en el periódico. A mí lo que me apetece contar esta mañana es otra cosa. Por ejemplo, ¿ustedes se han dado cuenta de lo poco que duerme nuestro héroe? Aunque parezca increíble, desde la segunda salida sólo han trascurrido cuatro días. En el primero es derribado por los molinos, y por la noche permanece despierto para mayor gloria de su amada Dulcinea. A la mañana siguiente no desayuna. Se encuentra con el vizcaíno y lo vence en feroz combate. Luego come algo en el camino. Esa noche es la de la gran juerga con los cabreros, donde cenan un festín, menos mal. Pero luego don Quijote se resiste al sueño por mor de la tal Dulcinea. Al tercer día, sin que se haga la menor mención a un desayuno, se van todos al entierro de Grisóstomo. Luego, caballero y escudero hacen comida y siesta en el prado de los yangüeses, donde, por culpa de Rocinante acaban recibiendo una paliza. Don Quijote, que no se puede mover a causa de los golpes, es llevado como un fardo a lomos del asno hasta una venta del camino real. Este tercer día se acaba con una nueva paliza: la que le propina el arriero al caballero por culpa de Maritornes. La noche se pasa en vela, y ya en la mañana del cuarto día don Quijote decide prepararse el bálsamo de Fierabrás para curarse los golpes, pero se lo bebe y vomita los higadillos. Tan malo queda que se acaba durmiendo profundamente durante tres horas. Luego, ya repuesto, nuestro héroe se va de la venta. Entonces se encuentran en medio de la batalla de las ovejas, y recibe dos pedradas: la una en las costillas y la otra en toda la boca, que le hace perder tres o cuatro muelas. De nuevo vomita, esta vez contra Sancho. Esa noche, la del cuarto día, se encuentran a la fúnebre comitiva de curas con antorchas, a los que pone en fuga y Sancho roba las provisiones. Por fin cenan abundantemente, pero don Quijote tampoco duerme, sino que se pasa la noche montado sobre un Rocinante paralítico. Yo no entiendo como el cuerpo le aguanta esa vida tan mala que lleva. ¡A ver si va a resultar que la historia que cuenta Cervantes es inventada!