Excelente actuación del torero madrileño ante un buen encierro de Garcigrande, con tres toros de nota

Jiménez: capote, muleta y estoque Un puyazo, dos pares de banderillas

Abellán cortó dos orejas por dos magníficas estocadas, y Jesulín se limitó a saludar

Abellán, arrimándose en el toreo de muleta

León

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Una gran corrida del hierro de Garcigrande (lástima de un punto más de fuerza en alguno de los ejemplares) se encontró ayer en la plaza de toros del Parque con tres diestros que aprovecharon de manera bien distinta las condiciones de sus oponentes. Exprimió con serenidad y exquisito gusto las posibilidades del mejor lote de la tarde (o pareció el mejor en sus manos) César Jiménez, que lució en todos los tercios y no desperdició ocasión para hacer valer su destreza con un variadísimo capote, una muleta poderosa y templada y un estoque certero y entregado. Cortó las dos orejas a cada uno de sus oponentes con todo merecimiento. Estuvo pulcro Jesulín, correcto, con conocimiento, cumplió. No anduvo fino a la hora de matar y como tampoco había acabado de llegar al público su actuación se conformó con saludar desde el tercio. Más animoso anduvo Miguel Abellán, que se lució con el capote, aunque anduvo algo enredado con la muleta frente al lote menos claro del noble encierro. Eso sí, se cobró dos estocadas que valieron una oreja cada una. Las dos que le abrieron la puerta grande, que traspasó en compañía de un aclamado César Jiménez. Los toros fueron ovacionados en el arrastre, especialmente tercero, cuarto y sexto. Se les picó lo justo y sólo se colocaron los tres pares de banderillas a dos de los astados, en ambos casos porque el fallo de alguno de los hombres de plata impidió que con dos viajes el toro llevara clavadas las cuatro preceptivas. Cuidados que, en todo caso, permitieron a los toreros el lucimiento. César Jiménez recibió al primero de su lote con suaves verónicas, haciendo gala de su toreo vertical y pausado. Lo llevó al caballo con gaoneras, y quitó por orticinas, un repertorio que encantó al público. El de Fuenlabrada dejó claro que la seriedad no está reñida con la variedad ni la originalidad, y comenzó su faena de muleta con la montera sobre los pies, citando al toro en el centro mismo del ruedo. Así, sin moverse ni inmutarse, dejó pasar cuatro veces al astado con ayudados por alto, despertando una gran ovación y aprovechando la alegre embestida con la que se arrancaba el de Garcigrande. En las tandas por el pitón derecho corrió la mano con temple, bajando el engaño y sin perder la compostura ni la verticalidad, dejándole siempre la muleta en la cara. Sin embargo, tuvieron más sustancia las series al natural, especialmente cuando dio más sitio al toro, sin atosigarle. Sacó así largas tandas que el toro siguió animoso y siempre fijo en el engaño. Embistió pronto y alegre hasta en los adornos finales, y recetó casi en los medios una contundente estocada de rápido efecto, que puso en sus manos las dos primeras orejas, con las que abría la puerta grande. Al que cerró festejo, ovacionado ya en la salida, le recetó un largo saludo capotero, y volvió a encandilar al público regalando variados quites tras un gran puyazo de Ismael Halcón. Con la afición a favor y otro buen toro enfrente, el madrileño se echó de rodillas para iniciar una tanda con la muleta en la que fue saliéndose a los medios, sin perder el temple ni la elegancia en postura tan forzada. Remató con un gran pase de pecho. El toro embestía con transmisión, fijo, humillado y repetidor, aunque no le sobraba fuerza. Por el izquierdo lo llevó largo, bajando mucho la mano. Jiménez anduvo en torero desde la preparación de las tandas hasta los remates, excelentes los de pecho; y no se privó de adornos y circulares, sin perder la elegancia ni el ritmo pausado en ningún momento. Vibrante y larga faena que se desarrolló en su totalidad en los medios, y remató con manoletinas y abaniqueo antes de concluir con un estoconazo que desató el delirio en los tendidos. Excelente actuación del triunfador de la feria del año pasado. Miguel Abellán tuvo una vibrante presentación en la plaza leonesa: cuatro largas cambiadas de recibo en su primero, saliéndose a los medios para rematar con unas chicuelinas que pusieron de pie a los espectadores. El de Garcigrande se fue al caballo que guardaba la puerta y puso el apuros al picador, que en el rifirafe hizo un feo ojal en el costado del toro, censurado por el respetable. El animal tuvo movilidad, y el diestro madrileño cambió varias veces los terrenos buscando aquellos en los que el toro le ayudara más; y rematando con alardes mirando al tendido para buscar la ovación al final de cada serie. Fue una faena realizada en el tercio, con una embestida cada vez más corta en la muleta por el derecho. Al natural al toro le costaba más humillar, lo que sumado a cierta tardanza en acometer al engaño hizo que la faena adoleciera de la deseable ligazón. Grandes estocadas Fue un trasteo voluntarioso aunque un tanto descompuesto, animado con alardes, molinetes y abaniqueos finales. Lo mejor, la estocada, fulminante. También el remate fue lo mejor de su segunda actuación, y le valió el trofeo que le permitía acompañar a Jiménez a hombros. El que hizo quinto fue un toro cuajado con el que Abellán se estiró con el capote, saliéndose a los medios y rematando con una media de gran calidad. Realizó un quite de ajustadas chicuelinas y ovacionada revolera, antes de desgranar una faena sin la ligazón necesaria, con pases más ajustados que otros, aunque en general les faltó largura. Todo ello ante un astado de embestida pronta, aunque algo rebrincada, de la que el madrileño tiró mejor por el pitón izquierdo, bajando la mano y cerrando tandas con airosos remates que animaron las palmas. Pinchó arriba antes de irse detrás del acero en una estocada entera de la que salió trastabillado, aunque sin consecuencias. El toro rodó sin puntilla. Sin peros A la actuación de Jesulín de Ubrique no se le pueden poner grandes peros, ni siquiera fallos censurables con los aceros, pero el público se limitó a reconocer cortesmente sus trasteos. En el que abrió plaza, un toro noble pero flojo (que dio trabajo al carpintero al levantar un burladero de salida), le toreó con suavidad y temple, alegrando la embestida con molinetes y cuidando una falta de fuerzas que hacía que el astado se fuera al suelo en cuanto le bajaba la mano. Por el izquierdo se adivinaba una embestida más codiciosa, pero la debilidad impedía al toro seguir el engaño más allá del tercer muletazo. Hubo muchos pases en la faena, la mayoría en labores de enfermero, y con un público a favor que aplaudió incansable, pero el asunto no fue a más. Remató labor de estocada trasera y caída, y los pitos se los llevó el puntillero, poco acertado, la verdad. También hubo protestas al arrastre del toro. El que hizo cuarto también tuvo su punto de flojedaz, acentuada por una casi voltereta que dio en los lances de recibo, pero fue un buen toro. Jesulín procedió e nuevo a un trasteo limpio y pulcro, que fue respondido con la misma limpieza y pulcritud por el público. Se fue entonando y sacó tandas de largos pases, sin que en ningún momento le tropezara la muleta. Por los dos pitones fue bien el de Garcigrande, largo, repetidor y con gran fijeza. El único punto negro fue esa falta de fuerzas, que le hacía claudicar cuando el de Ubrique le forzaba en algún remate. Terminó la faena con un pinchazo hondo arriba, y una entera desprendida, de la que el toro tardó en morir. Jesulín evito marrar con el descabello, porque el toro se tapaba, y prolongó en exceso una agonía que impacientó al público. Sonaba el aviso cuando cayó el toro, y el diestro saludó desde el tercio. El encierro de Domingo Hernández, con el hierro de Garcigrande, tuvo gran calidad, con algunos toros excelentes. La falta de fuerzas fue más notoria en algunos ejemplares que en otros, pero en la muleta lucieron en general (salvo el primero) boyantía suficiente como para permitir el triunfo de los toreros. Embestida fija y noble que permitió desplegar faenas y recursos con cierta comodidad por parte de los diestros. Sin embargo, parte del éxito de la corrida estuvo en el exquisito cuidado que los toreros tuvieron a la hora de administrar castigo a sus enemigos. Así, cada toro recibió un único puyazo, algunos de ellos ni siquiera podrían ser considerados tales. Pero es lo que hay. También en los pares de banderillas se cuidaron mucho los toreros de restar embestidas a los animales, se colocaron en general dos pares, para que los animales lucieran en el morrillo los preceptivos cuatro garapullos; y sólo entró por tercera vez el subalterno en dos ejemplares, a los que el anterior interviniente no consiguió dejar prendido el número obligatorio de rehiletes. Lástima que la justeza de fuerzas relegue suertes antaño fundamentales del toreo. Aunque el último picador dejó claro con un excelente puyazo, arriba y breve, que no poco no está reñido con lo bueno.

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