Diario de León

El público leonés se rindió a la entrega del torero de Granada, aunque no valoró una extraordinaria faena de César Rincón

Desocupado y Fandi, un indulto histórico Rincón, el toque y la distancia

Magnífico encierro de Zalduendo, con cuatro toros que destacaron por su excepcional bravura

María Jesús Muñiz Prieto
León

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Una tarde de las que hacen afición. El público que casi llenó ayer la plaza del Parque vivió un acontecimiento histórico: el indulto de un toro en León; y se rindió ante un Fandi arrollador y espectacular en todos los tercios, pero que en el último de la tarde, octavo toro que saltó al ruedo, después de casi cuatro horas de festejo, tapó las bocas que ponían en duda su capacidad con la muleta y se fundió en un toreo entregado, in crescendo, con Desocupado, número 99, del hierro de Zalduendo. Fue a más el toro y a más también la calidad del toreo, ni se cansó de embestir el astado ni de torear el diestro; ni de aplaudir el público, que premió el conjunto de un gran encierro pidiendo el indulto de este último ejemplar. No dudó ni un segundo en concederlo el presidente, que antes había sido abroncado por no transigir con el rabo al granadino en el primero de su lote, y por no haber estado listo en premiar con la vuelta al ruedo al que hizo cuarto, un toro realmente notable. León tiene nuevo ídolo, el Fandi, y sigue premiando sin contemplaciones todo lo que hace Enrique Ponce. Pero quedó con escaso eco una faena grandiosa de César Rincón a su segundo, un toro también excepcionalmente bueno, que al que el colombiano entendió y lució. Sorprendentemente el público sólo pidió una oreja, en tarde de lluvia de triunfos, para una faena rematada además con un estoconazo recibiendo que por sí solo merecía un trofeo. Tacaño comportamiento y desigual rasero. Al final salieron a hombros el Fandi, Ponce, Rincón y el mayoral; mientras abandonó el coso a pie, y en medio de una sonora bronca, un Juli sin sitio y sin ánimo que pasó por León como alma en pena. El lunar de una tarde realmente triunfal. Cuando saltó al ruedo Desocupado la suerte ya estaba echada: tres toreros a hombros y uno a pie, el Fandi con la afición conquistada y el ganadero con la satisfacción de haber traído a León un encierro importante en una temporada en la que está cosechando éxitos destacables. El de Granada salió, sin embargo, dispuesto a levantar de nuevo de sus asientos a los aficionados, rendidos sin condiciones a sus formas animosas y trepidantes. Recibió con una larga cambiada y sentidas verónicas, llevó al caballo galleando por chicuelinas y quitó por chicuelinas de rodillas. En banderillas ejecutó primero una moviola que fue respondida con un bramido por el público; y cogió después dos pares para recetar un ajustadísimo violín y otro de poder a poder a renglón seguido. Puso la plaza en un puño al retar la pujante embestida del toro corriendo hacia atrás, hasta ganar la partida. Los gritos de Fandi, Fandi eran atronadores. Y entonces, entre la fiesta y la diversión, surgió la faena reposada, honda e inteligente. Inició el trasteo doblándose por bajo y ya en los primeros pases empleó el Fandi suavidad y temple. El toro se arrancaba alegre y el torero le citó erguida la planta y dejándole la muleta en la cara para hacer surgir la ligazón, sin dejarse enganchar y rematando con estupendos pases de pecho. Cambió la muleta a la zurda y el toro reveló lo que guardaba dentro por un excelente pitón izquierdo. Surgieron sentidos naturales de mano baja que el de Zalduendo siguió largo y humillado, sin dejar de perseguir el engaño con nobleza y codicia. Cuando volvió la muleta a la derecha el trasteo no bajó de tono. Ni se cansó de torear el Fandi ni de embestir el toro, hasta que el diestro tiró la espada para torear al natural entregado, y surgieron los primeros pañuelos reclamando el indulto. No se lo pensó el presidente, que sacó el pañuelo naranja mientras toro y torero seguían ejecutando en perfecta armonía una composición que nadie se cansaba de contemplar. El Fandi remataba así una tarde pletórica que inició cortándole dos orejas (el presidente negó el rabo, reclamado unánime y ruidosamente por el público) a otro de los grandes toros del encierro, Espoleto, un castaño choreao que mereció con todos los honores una vuelta al ruedo que se le hurtó. El torero granadino se lanzó al ruedo en cuanto salió el toro para recetarle largas cambiadas, verónicas, ajustadas chicuelinas rematadas con revolera; y llevarle al caballo con faroles y gaoneras. Quitó por navarras y remató con serpentina. Todo un compendio del toreo con el capote. Ya en su primera intervención en banderillas entusiasmó al público, con moviolas, quiebros, violines y toda una exhibición de poderío físico y valor torero. En la muleta el toro se venía de largo, con alegre embestida y viveza. Acudió pronto y repetidor a la muleta del Fandi, que comenzó sin bajar en exceso la mano y alternó pases fundamentales con adornos cambiándose la muleta por la espalda o prodigando los molinetes. Las series tuvieron pases con más o menos intensidad, aunque por el pitón izquierdo logró los mejores momentos de la faena, al ajustarse con más temple. Remató una faena larga con circulares citando de espaldas y molinetes de rodillas, ante un toro que seguía queriendo comerse la muleta y atacó incansable el engaño. Mató recibiendo, y aunque la estocada quedó caída la plaza fue un clamor de pañuelos y gritos. No los escuchó todos el presidente, que sí tuvo que aguantar el broncazo posterior. Ponce de León Enrique Ponce tiene en El Parque su feudo, aunque ayer se lo disputara el joven Fandi. El público, especialmente festivo, le brindó la primera ovación cuando se hizo presente en el ruedo, antes siquiera de abrir el capote. Realizó dos faenas muy largas, en los tendidos de sol en los que siempre se encuentra más a gusto en este ruedo, con más cantidad que calidad, dentro siempre de los altos niveles de torería que desgrana el de Chiva en sus intervenciones. Su primer enemigo se mostró poco codicioso ya en el capote, y después de una demostración de eficaz lidia por parte de su experimentada cuadrilla comenzó doblándose para pasar después al animal muy suave, siempre a media altura, con atronadoras ovaciones al final de cada serie. El de Zalduendo embistió más largo por el izquierdo, sin humillar por ninguno de los dos pitones y tirando al final del viaje un molesto gañafón que no logró enganchar la sabia muleta de Ponce. Le dio el sitio y el tiempo que necesitaba, aunque fuera en detrimento de la ligazón, y se centró en el pitón izquierdo para adornarse al final con los molinetes de su peculiar estilo. Terminó con una estocada caída y tendida, de la que se resistió el toro (que mantuvo la boca cerrada hasta en los últimos momentos, tragándose la muerte), y paseó la dos orejas pedidas con fuerza por el respetable. Al que hizo sexto lo recibió por verónicas, y comenzó con su clásica tanda doblando la rodilla, para cambiar después de mano la muleta y sacarse al toro al tercio. Fue un toro noble, que embistió obediente la muleta pero tenía un viaje más corto y más soso que sus hermanos, transmitió menos. A mayores, y de forma sorprendente, enganchó varias veces la muleta de Ponce, que se encontró mejor por el lado izquierdo, especialmente en los pases citando de frente. A partir de ahí, los adornos habituales, el cartucho de pescado, molinetes, cambios de manos,... El toro salía con la cara a media altura y deslució sensiblemente el trasteo. Se volcó en una estocada que cayó desprendida y provocó derrame, y el público consiguió para él una oreja más. El que se llevó la peor parte fue Julián López El Juli, al que el público no perdonó la falta de entrega y la tristeza y desánimo con los que afrontó su compromiso en León. Hasta le costaba sonreir en la vuelta al ruedo con la única oreja que cortó, la de su primero. Toda la tarde lidió con solvencia, pero sin ganas, y eso trascendió a los tendidos. También hubo quien no le perdonó que no pusiera banderillas, ignorando que el madrileño hace ya más de un año que no coge los garapullos. Desajustado Su primer enemigo fue blando y le faltó un poco de motor para repetir las embestidas. El toro (al que colocaron la divisa en el sitio donde se descabella) no le permitió lucirse con el capote más que en un quite por chicuelinas. En la faena tiró de la embestida dejando la muleta en la cara y aprovechando inteligente los errores de colocación para adornarse con martinetes y desplantes. El toro fue noble, pero le costaba humillar sin claudicar; y el torero anduvo atropellado en los naturales, y desajustadillo en general. En el que hizo séptimo intentó el lucimiento de nuevo con el capote, pero el público ya no estaba con él. Incluso escuchó pitos mientras brindaba al respetable. El animal, noble, siguió la muleta con cierta alegría pero pocas fuerzas, y el público no dio importancia a una faena tan profesional como apática. Por el izquierdo el toro se quedaba más corto y lanzaba un gañafón, pero tampoco por el derecho logró el torero sacar más allá de algún pase aislado con algo de enjundia. No estaba el Juli y así no le quiere el público. Ni siquiera fue el Juli de las grandes estocadas, y a este lo despachó con pinchazo y más de media. Fue el único que abandonó el coso a pie, y censurado por el público. César Rincón tardó en confiarse con el que abrió plaza, un toro que sangró mucho en varas y recibió una lidia desordenada. Tenía el de Zalduendo un toque de violencia que fue atemperando la poderosa muleta del colombiano, que le perdió pasos para alargar el viaje y le dio distancia hasta lograr un trasteo más ajustado al final de la faena. Tras un pinchazo recetó un estoconazo recibiendo que derribó de manera fulminante al astado, y cortó una oreja. Pero lo bueno de Rincón estaba por llegar. Lo hizo con Justiciero, un precioso colorado que resultó excelente. Fue un toro más cuajado, con picante y que acudió a la muleta humillando, pero siempre codicioso. El colombiano recibió con enjundiosas verónicas y una excelente media, y el de Zalduendo derribó en el caballo y puso en apuros a un monosabio. Pero en la faena respondió obendiente al sabio y preciso toque de Rincón, sin apartar la cara del engaño. El toro acudió mejor cuando le dio un poco de distancia, y surgieron así pases larguísimos de mano muy baja, y circulares en serie en los que el toro no apartó la mirada de una muleta que persiguió templado y alegre. Rincón finalizó su trasteo con ayudados, y puso el broche de oro matando de nuevo recibiendo, con una estocada en todo lo alto. El público, tan generoso el resto de la tarde, sólo pidió una oreja para el diestro y apenas despidió con palmas al astado.

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